Biblioteca:La agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern/Capítulo IV. Entre el APRA y la Internacional: El Partido Socialista
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La cuestión del partido fue —como lo ha precisado José Aricó— el centro del debate entre los socialistas peruanos y la Internacional en Buenos Aires. Meses antes, la misma cuestión había generado la polémica con los apristas.[1] Pero el tema del partido —que obsesiona los años finales de Mariátegui y alimenta su vocación polémica— no era una preocupación reciente. Por el contrario, era de antigua data y, como en muchos otros temas, comprenderlo obliga a remontarse a sus años de iniciación.
Cuando llegan a Lima las primeras noticias de la Revolución Rusa, Juan Croniqueur no puede evitar un cierto entusiasmo frente a esa posibilidad de la rebelión contra lo establecido que parecía emerger luego de la Gran Guerra. Desde su columna «Voces» en El Tiempo, denota su admiración tanto por Lenin como por Trotsky: encarnan la imagen del «revolucionario», cada uno a su manera, pero ambos empeñados en variar el curso de los acontecimientos. Desde luego que estas declaraciones no son bien recibidas en el periodismo de la República Aristocrática y algún colega termina motejándolo de «bolcheviki». Mariátegui no rechaza el sobrenombre y, por el contrario, lo asume con simpatía. Todavía no era marxista. Menos todavía leninista. Apenas se iniciaba en el conocimiento del socialismo. Pero el camino hacia Marx empezó, en su caso, con una adhesión romántica a la revolución como posibilidad. Páginas atrás nos referimos a sus escritos sobre Rumi Maqui. En cierta manera fueron continuados a fines de 1917 con sus notas editoriales sobre la naciente Rusia soviética.
Pero el joven periodista Mariátegui interroga a los sucesos mundiales desde el Perú. No debe llamar la atención, entonces, que frente a la Revolución Rusa termine por preguntarse acerca de su posibilidad como solución para la sociedad peruana. ¿Se podía importar el socialismo? «Nosotros que, motejados de bolchevikis, no nos hemos defendido con grima de este mote sino que lo hemos abrazado con ardimiento y fervor, tenemos que holgarnos y refocilarnos de que el socialismo comience a aclimatarse entre nosotros como una planta extranjera que halla amor en este suelo donde tan bien saben medrar y prosperar próvidamente la rica caña de azúcar y el generoso algodón mitafifi».[2] Encontramos así una sencilla y primera formulación de temas que luego serán desarrollados con detenimiento. La crítica del capitalismo no implicará —como ya anotamos— el rechazo absoluto de la cultura occidental. Necesitábamos importar el socialismo, pero, como ocurrió antes con los cultivos europeos, era preciso descubrir la tierra adecuada, las condiciones climáticas precisas que permitieran su crecimiento: el socialismo nunca fue pensado como un calco. Esa nueva planta europea exigía de un conocimiento imprescindible del terreno. Pero en 1917 o 1918 estos temas eran todavía brumosos, imprecisos, desdibujados...
En efecto. El socialismo al que alude Juan Croniqueur era apenas la preocupación de algunos intelectuales, alejados de la naciente clase obrera (que se enrumbaba por los senderos del anarquismo) y en cierta manera próximos incluso a la clase dominante: pensamos en Víctor Maúrtua o en Alberto Ulloa. Este último, provisto de una especie de «anticapitalismo romántico», reúne una tertulia donde, en relación con algunos jóvenes escritores como Martínez de la Torre y César Falcón, se piensa en un Partido Socialista en el estilo de la II Internacional. Pero Mariátegui —según testimonio de Jorge Basadre— termina oponiéndose a la idea por considerarla prematura.[3]
La necesidad del partido llega a ser una convicción en Europa. «Desde Europa me concerté con algunos peruanos para la acción socialista», dirá Mariátegui a Glusberg en una referencia autobiográfica fechada en enero de 1928.[4] Es cierto que un grupo de peruanos, animados por el ejemplo soviético, se reúnen en Génova, intercambian ideas y confiesan un propósito; pero la cita de Mariátegui no debe llevar a pensar en el diseño —desde Europa— del posible Partido Socialista. Simplemente quiere decir que en Europa la idea prosiguió macerándose. El hecho es importante, además, en función de su realización posterior, porque ocurre que el desarrollo político de Mariátegui transcurre paralelamente con la constitución de la Internacional Comunista: el congreso para su fundación ocurrió entre el 2 y el 6 de marzo de 1919. Allí se fijaron las veintiuna condiciones, por iniciativa del propio Lenin, obligatorias para todos los partidos que quisieran incluirse en sus filas.[5] El II Congreso, al año siguiente, estará definido por una línea que terminó abusando del radicalismo: sin embargo, el poder no pudo ser tomado por asalto ni en Alemania ni en Polonia. Esos fracasos obligarán a un replanteamiento estratégico que culmina en el III Congreso. A lo largo de sus sesiones, entre el 22 de junio y el 12 de julio de 1921, se pone en cuestión la imagen de las organizaciones bolchevizadas, especies de destacamentos de combate, donde el número era relegado siempre en función de la calidad acerada del militante, todo lo cual será sustituido por la consigna de «ir a las masas» y de esa manera reemplazar la guerra de asaltos por un prolongado sitio de la fortaleza capitalista. La sociedad burguesa estaba deteriorada, pero no se derrumbaba tan fácilmente como parecía años atrás. Todo lo contrario: mostraba poder resistir diversos embates. Un elemental realismo exigía no persistir en un camino que deparaba pocos éxitos. Surge así también la idea del «frente único proletario», se insiste en las necesarias alianzas con otras clases y ya no se piensa en partidos monolíticamente obreros.[6]
La orientación del III Congreso, de esta manera, difiere de la orientación inicial de la Internacional y también, desde luego, de la que tendrá el VI Congreso de 1928. Este último señaló un viraje conducente a imponer la táctica de «clase contra clase», la proletarización de los cuadros y la depuración de las filas en función de una inminente crisis del capitalismo: un ánimo similar al de 1919. El VI Congreso inspiró a la reunión de Buenos Aires. Fue también el congreso de Eudocio Ravines. En cambio, el III Congreso —con su línea amplia y su estrategia a largo plazo— fue el que formó a Mariátegui: una especie de alumno libre de la Internacional teniendo en cuenta que, a diferencia de Ravines, no se adscribió y mantuvo su absoluta independencia —quizá a pesar suyo— por lo menos hasta septiembre de 1927.
El partido era necesario e imprescindible para introducir en el Perú esa especie de planta europea que era el socialismo, pero el partido no era exactamente el inicio de esa tarea, sino casi su estación final. La idea intuida en el Perú, madurada en Europa, debía discutirse y prepararse al regreso. Es en ese derrotero que se inscribe el proyecto de Amauta y toda la labor publicista desplegada por Mariátegui. También sus conferencias en las Universidades Populares González Prada y sus charlas con los jóvenes dirigentes obreros, como Larrea, Portocarrero o el ferroviario Avelino Navarro. El partido exigía el desarrollo de la «conciencia de clase». La conciencia obrera se formaba —como lo recordaría el propio Portocarrero en Buenos Aires— en la fábrica. Pero no solo en la fábrica: también en la vida cotidiana de los trabajadores. De ahí, por ejemplo, la importancia de la fiesta de la planta, esa reunión proletaria que ocurría una vez al año en Vitarte y adonde acudían no solo textiles, sino obreros y artesanos de Lima, junto con estudiantes y jóvenes intelectuales. La fiesta duraba todo un día: al lado del deporte (en esas reuniones se fueron gestando célebres equipos del fútbol nacional), se escuchaba música, recitaba alguna escritora como Ángela Ramos o Blanca Luz Brum y no faltaba un discurso, en el viejo estilo de Manuel González Prada, como el que leyó en una ocasión José Carlos Mariátegui: llegaba en auto, acompañado de sus hijos y su esposa, como cualquier otra familia. Pero así, silenciosamente, se iba formando la conciencia de clase, porque esa fiesta era también una ocasión para que obreros y artesanos intercambiaran sus experiencias, se reencontraran los dirigentes sindicales y se gestaran proyectos comunes, en una época en que todavía no existía una central de trabajadores, ni tampoco un aparato sindical.[7]
Sería tedioso enumerar las continuas invocaciones de Mariátegui sobre la necesidad de formar «conciencia de clase». De los viejos anarquistas, con los que discrepó a su regreso de Europa, terminó recogiendo el entusiasmo por el sindicato. El sindicalismo era también un puente entre el pensamiento de Mariátegui y Sorel. En cierta manera el desarrollo de una vida sindical, la organización del proletariado, devenía en uno de los pilares para levantar el edificio partidario. «La organización de los obreros y campesinos, con carácter netamente clasista, constituye el objeto de nuestro esfuerzo y nuestra propaganda»,[8] sería el primer objetivo del Partido Socialista. Aricó y Germaná han sugerido que el sindicato en Mariátegui terminó por ser más importante que el partido.[9] En realidad se trata de una exageración, necesaria para mostrar que el partido no era pensado fuera ni tampoco por encima de la clase, sino que se iría formando al interior del movimiento de masas. En los «conceptos» iniciales del comité destinado a organizar el Partido Socialista, se plantean como tareas complementarias y paralelas la organización sindical y el partido.
En el Perú, el sector de vanguardia del proletariado estaba constituido —desde la perspectiva de Mariátegui— por los mineros. Ellos combinaban una doble condición al ser paralelamente obreros y campesinos: laboraban temporalmente en los campamentos mientras sus familias permanecían en sus comunidades o parcelas. Esta dualidad hacía que los mineros fueran los personajes imprescindibles para dirigir una revolución donde contaba tanto el aporte obrero como el campesino. En esos trabajadores se combinaba de manera peculiar lo moderno y lo occidental que podía encontrarse en el sindicalismo, con todas las antiguas tradiciones andinas.
A lo anterior debía añadirse la alta concentración laboral del proletariado minero: cerca del 30 % trabajaba en la sierra central en los campamentos de la Cerro de Pasco Corporation. La mayoría de los operarios procedían del valle del Mantaro, escenario de una importante movilización regional cuando los campesinos que sufrieron los efectos devastadores del humo y el relave de la fundición de La Oroya, apoyados por la burguesía mercantil local, por intelectuales como Nicolás Terreros, e incluso por un equipo de técnicos, emprendieron una serie de reclamaciones contra la empresa norteamericana. Aunque ubicado en cauces legales, fue un movimiento de gran envergadura que consiguió imponer a la empresa el pago de algunas indemnizaciones a los propietarios del valle. De esta manera, en la región central, a la vez que surgía el proletariado, se formaba un movimiento de claro perfil antimperialista, todo lo cual acrecentaba la importancia del proletariado minero.
En la tarea de construcción del Partido Socialista, Mariátegui logró establecer diversas vinculaciones con los trabajadores de Morococha, La Oroya y Cerro, campamentos de la empresa norteamericana. Mencionamos que Adrián Sovero y Gamaniel Blanco empezaron como agentes de Amauta en la zona. Cuando Portocarrero regresó de Moscú, Mariátegui le propuso que viajara a Morococha para que tomara contacto con ellos. Desde luego que no le dio instrucciones precisas. Debía primero observar, aprender de los trabajadores, conocer el lugar y solo al final actuar.[10] Años después, Mariátegui propondría una misión similar a Jorge del Prado. A su vez, Sovero y Blanco, a los que se sumó Loli,[11] visitaron a Mariátegui en Lima: una foto que los presenta reunidos en el Parque de la Exposición lo testimonia. Partido y sindicato se confundían: la historia del socialismo no puede desligarse de la historia de la CGTP.
Las vinculaciones con el proletariado minero se acrecentaron después de la catástrofe de Morococha: en diciembre de 1928, por un descuido de la empresa, el hundimiento de una laguna destruyó varias secciones y túneles ocasionando un derrumbe y la muerte consiguiente de veintiséis operarios. Labor recogió la justa indignación.[12] Fue en cierta manera el punto de arranque para desplegar la organización sindical. Al respecto era escasa la experiencia de los mineros. Salvo algunos antecedentes en 1919, carecían de historia sindical. En cambio sí tenían una prolongada historia de motines y movilizaciones. No se trataba, con estos antecedentes, de alentar un aparente radicalismo que condujera al enfrentamiento anticipado cuando todavía no había echado raíces el sindicalismo. El trabajo era paciente: empezaba por el sindicato local, seguiría la constitución de un organismo regional, el Sindicato de Mineros y Fundidores del Centro, para después establecer una Federación de Mineros a nivel nacional. No debía atemorizarse a nadie y siempre era necesario el concurso del mayor número posible de trabajadores. Las reivindicaciones debían, como aconsejó Mariátegui a Portocarrero, ser descubiertas en el lugar. Era la misma actitud cotidiana que a su vez observaba Mariátegui con cualquier visitante: siempre escuchaba, sabía atender, no interrumpía el hilo de un pensamiento. De Lima, en cambio, se podía mandar sugerencias sobre el estilo de trabajo: «Lo que interesa, ante esto —decía Mariátegui a Arroyo Posadas en noviembre de 1929—, es que los obreros aprovechen la experiencia de su movimiento, consoliden y desarrollen su organización, obtengan la formación en La Oroya, Cerro de Pasco y demás centros mineros del departamento de secciones del Sindicato, etc. No deben caer, por ningún motivo, en la trampa de una provocación».[13] Al igual que Arroyo, Abelardo Solís y otros intelectuales jaujinos colaboraban en la organización de los mineros. Era una tarea de largo aliento. No estaba destinada a derrocar a Leguía, ni debía empeñarse en luchas menudas que sacrificaran todo lo alcanzado. Los inicios son siempre difíciles, lentos, requieren de paciencia y tenacidad, sobre todo cuando las tareas tienen la opacidad de la vida clandestina. Todo se hacía bajo la más estricta reserva. Era un cuidado imprescindible para sortear la vigilancia de Leguía, pero también porque el Partido Socialista era una organización, como veremos, insurreccional. Aspecto peculiar, porque de un lado utilizaba los mecanismos legales (los sindicatos debían, según consejo de Mariátegui, ser reconocidos ante el Ministerio de Trabajo), pero de otro lado, en el largo plazo, existía el convencimiento de que el poder tendría que ser asaltado, tomado por las armas.
La carta a Arroyo Posadas —citada líneas atrás— muestra un rostro poco habitual de Mariátegui: era un organizador, un político. No se limitaba a sus ensayos, a desarrollar polémicamente sus planteamientos sobre la realidad peruana. También actuaba, en el más lato sentido de la palabra. En Lima, eran frecuentes las visitas de los obreros a la casa de Washington izquierda. Mariátegui colaboró con el periódico El Obrero Textil y cuando, en mayo de 1924, sufrió la amputación de su pierna derecha, los obreros del sindicato textil «La Victoria» realizaron una colecta a su favor. Jesús Rivera y Eliseo García, obreros de ese mismo sindicato, frecuentaron la casa de Mariátegui y pudieron contar con su asesoramiento —realizado de manera natural y espontánea— para sus reclamos laborales. Todo esto ha sido referido por Antonio Rengifo como resultado de una paciente pesquisa en los Libros de Actas del Sindicato La Victoria.[14]
Pero la tarea paciente y silenciosa de organización del Partido Socialista, emprendida desde el regreso de Europa por medio de la docencia en las Universidades Populares, sufrió una verdadera conmoción cuando Haya de la Torre desde México, el 22 de enero de 1928, lanzó un supuesto Partido Nacionalista Libertador que llevaría su candidatura a la presidencia de la República. Mariátegui, como todos los intelectuales progresistas de Lima o provincias, no había ocultado sus simpatías por el APRA: un movimiento continental fundado por Haya en México y que agrupaba a círculos de intelectuales especialmente en Lima, México, La Habana y Costa Rica. No era entonces un partido político nacional; la escasa organización y todavía poca coherencia doctrinaria, recordaban más a una corriente de opinión. Mariátegui no tenía por qué discrepar con la convocatoria antimperialista de Haya. En los 7 Ensayos testimonia sus múltiples coincidencias con Por la emancipación de América Latina, libro publicado en Buenos Aires, en 1927.
Mariátegui, sin embargo, siempre mantuvo su autonomía con relación al aprismo. En una carta dirigida a Miguel Ángel Urquieta y fechada el 2 de mayo de 1927 —varios meses antes de que se desencadenara la polémica con Haya—, Mariátegui establecía un nítido distingo: «Yo, por mi parte, trabajo porque un movimiento de renovación peruana se oriente hacia el socialismo», para añadir líneas después: «Le recomiendo considerar atentamente el programa de la APRA. Pienso por mi parte que nos toca participar en su acción sin renunciar a la organización de un movimiento más específicamente peruano que encuadre dentro de nuestras filas a los que no son capaces de elevarse a un plano continental. La APRA además está aún por precisarse y definirse. Esto se conseguirá solo a través de la acción».[15]
Haya admiraba a la Revolución Soviética, incluso había estado en Rusia y conversado con Trotsky y Lunacharsky, pero creía que el socialismo era una etapa todavía imposible en América Latina, porque antes era preciso superar el atraso, hacer la revolución burguesa que Europa había hecho durante los siglos xviii y xix, es decir, acondicionar a la sociedad peruana con el ritmo histórico que desde el Viejo Continente se irradiaba al mundo. En otras palabras, lo anterior significaba que el socialismo solo era posible si antes se construía el capitalismo, para que así existiera una burguesía y un proletariado en el cabal sentido de la palabra. Estas ideas terminaron expuestas en El antimperialismo y el APRA, libro redactado en 1928, del cual se difundirían algunos fragmentos impresos hasta 1936, cuando salió la edición definitiva en Santiago de Chile. Esto ha hecho que algunos —como José Aricó o Carlos Franco— consideren anacrónica su mención al tratar de la polémica con Mariátegui.[16] Pero ocurre que las ideas de ese libro se difundieron también por otros medios: artículos de Haya, comentarios y notas polémicas de sus amigos como Luis Heysen, por todo lo cual no sorprendía que en 1929 se le citara como un texto ya editado.[17]
A diferencia del aprismo y del comunismo ortodoxo, para Mariátegui el socialismo era una cuestión a la orden del día y el camino imprescindible para superar el atraso. Desde esta situación inicial, a medida que Haya y Mariátegui fueron precisando sus concepciones, terminaron divergiendo y distanciándose cada vez más. La tendencia se mostró con claridad en la caracterización del fenómeno imperialista. Páginas atrás indicamos que para la Internacional la dependencia mantenía el atraso porque servía de sustento a la feudalidad. El aprismo, en cambio —conduciendo su discrepancia hacia la derecha—, formuló la sugestiva teoría según la cual el imperialismo era una etapa necesaria en la medida en que introducía el capitalismo en los países atrasados, pero solo significaba progreso si las inversiones podían ser controladas por un Estado moderno, sustentado en las clases productoras. Los socialistas peruanos retrucaban considerando que si bien el imperialismo podía modificar las viejas estructuras feudales, acarreaba también todos los perjuicios propios del capitalismo, de manera tal que solo se podía alcanzar la independencia, transformar el país y edificar la nación pasando por la ruptura con el imperialismo. Ocurre que para los socialistas ni capitalismo ni imperialismo eran sinónimos de progreso, porque tampoco aspiraban a repetir en el Perú la historia europea. Pensando el problema del socialismo desde el interior de la tradición histórica peruana, arribaron a una respuesta autónoma, que los terminó conduciendo por un sendero a la izquierda de la Internacional: terminaron por asemejarse —en este aspecto— a la «ultraizquierda» de entonces.
A las discrepancias anotadas, debe añadirse la caracterización diferente que proponían Haya y Mariátegui sobre el régimen de Leguía. Tuvieron también tácticas diferentes. Difiriendo del trabajo silencioso que desplegaba Mariátegui, Haya incorporó en su práctica política los viejos elementos del caudillismo. Se terminó formulando así lo que sería la discrepancia definitiva.
Fueron dos concepciones diferentes sobre el «partido» las que se enfrentaron. En algunas interpretaciones recientes se ha sugerido que mientras el aprismo propugnaba un estilo de organización «político-militar», concebida desde el exterior y destinada a capturar rápidamente el poder sustentándose en un aparato armado, los socialistas peruanos estarían pensando en una organización de masas, inscrita dentro de los marcos democráticos y pacientemente construida. Pero esta imagen, que evoca de inmediato la figura contemporánea de la guerrilla contrapuesta desfavorablemente con los partidos socialdemócratas, solo es concebible para 1928 a costa de forzar la interpretación y omitir la lectura de las fuentes.
Decir que el Partido Nacionalista Libertador era toda una organización político-militar es interpretar más allá de los propios acontecimientos. Siendo un nombre acuñado desde México, no teniendo un respaldo real en el interior del país, sin haber llegado a funcionar, no se puede afirmar en qué tipo de organización devendría. Por otro lado, el necesario aparato militar inherente al partido de la revolución fue una problemática planteada también por Mariátegui, de manera que confundir el lento trabajo al interior de las masas con la aspiración a constituir un partido fiel a las reglas del «juego democrático», es una adulteración evidente de su pensamiento.
La objeción a Haya no podía derivar nunca en cuestionar el proyecto de una revolución armada. Fueron temas más simples, en cierta manera, los que estuvieron en debate. Mariátegui criticó dos procedimientos: emplear el bluff, la mentira, al momento de lanzar una organización partidaria y, por otro lado, tratar de sustentarla exclusivamente en el mesianismo de Haya. El respeto a la verdadera tradición nacional no incluía la incorporación del viejo caudillismo criollo y la política de conspiración en el partido. Todo lo contrario. El partido llamado a edificar el Perú nuevo, debía introducir nuevos métodos y estilos en la política, distanciándose con nitidez de la llamada «politiquería» criolla. No se trataba de montar una organización en torno a una persona. Los procedimientos del aprismo parecían repetir al pierolismo o al billinghurstismo, movimientos que en el pasado tuvieron su justificación, pero mostraron también todas sus limitaciones. El desafío consistía en hacer algo diferente. Pero, finalmente, lo grave era que Haya, al lanzar esa especie inverosímil del Partido Nacionalista Libertador, terminaba por liquidar el carácter de frente del aprismo, lo convertía de corriente de opinión en partido y todo esto sucedía sin que se hubiera hecho consulta alguna y menos discusión: un procedimiento poco democrático que además podía conducir a un enfrentamiento prematuro con Leguía, cuando las fuerzas eran escasas, todavía no estaban consolidadas y se ponía en peligro todo el paciente trabajo desplegado por los grupos de Lima y provincias.
La recusación del caudillismo sería interpretada por Haya como la incapacidad política de Mariátegui, su falta de decisión y coraje. El socialismo, a su vez, serviría para que Haya lo presentara como un repetidor de modelos extranjeros, un «europeísta».[18] Ambas acusaciones podían tener un cierto impacto entre los exiliados y los grupos provincianos, angustiados por la lentitud de los acontecimientos y ansiosos por encontrar un desenlace en el enfrentamiento con Leguía. Mariátegui y Haya se entregaron febrilmente, cada uno por su lado, a un intercambio epistolar exponiendo en una y otra ocasión sus argumentos y de esa manera a la vez que precisaron sus discrepancias terminaron ahondándolas.
«Haya se ha obstinado —dirá Mariátegui en carta dirigida a Moisés Arroyo— en imponernos sin condiciones su caudillaje. Y yo habría asumido una gravísima responsabilidad si, constatada su resistencia absoluta a situarse en un terreno más serio y leal, no hubiese tomado posición contra las desviaciones sucesivas a que el aprismo nos iba conduciendo. Si de algo he pecado, ha sido de espíritu tolerante y conciliador. Abrí a Haya, atenido a sus protestas revolucionarias marxistas —he averiguado después que en materia de marxismo no ha aprendido nada— un crédito de confianza quizá excesivo».[19] De manera tal que en julio de 1929, fecha de la carta citada, Mariátegui rectificaba su elogioso juicio sobre Haya impreso en los 7 Ensayos. Ambos se sentían emplazados en terrenos antagónicos. Terminaban en conclusiones opuestas porque habían partido de perspectivas diferentes: «No se trata, pues, de discrepancias entre marxistas —precisaba Mariátegui meses después a Esteban Pavletich, exiliado en México—. Haya se ha situado en un terreno de caudillaje personal oportunista y pequeño burgués», para terminar afirmando rotundamente que «en cuanto a Haya, ninguna duda es posible respecto a su viraje a la derecha».[20]
El aprismo terminará comparado con el fascismo. En los artículos que Mariátegui escribe sobre la Revolución Mexicana en el transcurso de 1929, se plantea una identificación entre el «Estado regulador» establecido en ese país y el «Estado fascista», donde subyace una evidente similitud entre las realizaciones políticas mexicanas y los proyectos de Haya de la Torre.[21] De esta manera, la caracterización del aprismo como socialfascismo comenzó a esbozarse por obra del propio Mariátegui; después sería retomada por los comunistas peruanos en el proceso electoral de 1931. Además, la crítica al aprismo condujo a una reformulación del papel de los intelectuales en el pensamiento de Mariátegui. Los rasgos revolucionarios atribuidos en 1927 a las capas medias fueron después minimizados, aunque a la postre siempre se rescató la contribución imprescindible de los intelectuales «honestos»: el calificativo introducía una discriminación que años antes, bajo el influjo de Barbusse y Clarté, no habría sido formulada. Se admitió la posibilidad de alianzas con organizaciones o grupos de la pequeña burguesía, «siempre que estos representen efectivamente un movimiento de masas», en octubre de 1928. Pero el entusiasmo de Mariátegui por las expresiones nacionalistas se atenuó, convencido de que sin el socialismo, ese sentimiento podía enrumbarse hacia posiciones conservadoras y reaccionarias. De esta manera la polémica lo obligó también a precisar la articulación entre el socialismo y la nación y, en ocasiones, así como exageró el derechismo de Haya, terminó por considerar que el término «socialismo» era suficiente como definición de su proyecto, aunque en otras siguió considerando imprescindible añadir su carácter «peruano» o «indoamericano».
La separación entre Haya y Mariátegui no puede interpretarse como la escisión entre lo nacional y el marxismo. De un lado se habrían ido los nacionalistas, las capas medias y los intelectuales, y de otro lado habría quedado el socialismo: la clase obrera condenada al aislamiento. De haber sido esta la figura, Mariátegui hubiera terminado arrastrado por la Internacional, pero si pudo mantener su independencia con relación a Buenos Aires, fue porque la escisión entre socialismo y nación no llegó a producirse. Socialistas y apristas terminaron por encarnar dos maneras de entender el problema. Haya pretendía negar al socialismo como tarea inmediata en nombre de las peculiaridades de América Latina. Pero la afirmación persistente del socialismo hecha por Mariátegui era, a su manera, una defensa irreductible de la especificidad andina. La tradición nacional no debía llevar a la negación del aporte europeo, ni menos a posturas chauvinistas. El equilibrio era difícil de lograr y el origen teórico del error aprista radicaba precisamente en la ruptura de ese equilibrio cuando el sendero caudillista los condujo a una «desviación “nacionalista” que ha liquidado teórica y prácticamente al APRA», como creía Mariátegui en una carta remitida al pintor argentino José Malanca, el 11 de junio de 1929.[22]
En la carta anterior encontramos una de las primeras menciones a la «liquidación del APRA»: un pronóstico reiterado en los análisis de izquierda y derecha en el país. Evidentemente Mariátegui aquí también se equivocó. Pero en 1929, cuando el grupo de Lima mostraba su acuerdo con Mariátegui y posiciones similares se adoptaban en Chiclayo, Jauja, Cusco, Arequipa, Puno y también fuera del Perú, en México, París, Buenos Aires, parecía que el aprismo terminaba reducido a Haya de la Torre y algunos estrechos colaboradores como Seoane, Heysen, Orrego, los redactores de La Sierra... Mariátegui prosiguió su labor de convencimiento. Cuando Luis Alberto Sánchez viajó a Chile invitado como conferencista de la Universidad de Chile, por su intermedio envió una carta a Manuel Seoane en la que trataba de argumentar el presumible derrotero fascista del APRA. Hacía casi un año que la correspondencia entre Mariátegui y Haya estaba definitivamente cortada.[23] Mariátegui se quejó de no haber recibido nunca explicación alguna de Haya y este a su vez diría después que la extensa carta donde daba razón de sus motivos para el lanzamiento del Partido Nacionalista Libertador, había sido depositada en el correo. No intentó, en los meses que siguieron, volver a escribirla. Es preciso reconocer que habría sido inútil: la línea de demarcación, por lo menos desde la trinchera de Mariátegui, era muy clara, no había por lo tanto posibilidad de conciliación ni de confluencia alguna. Haya repuso no solo recurriendo a argumentos, sino que también, con cierta soberbia, aludió a la enfermedad de Mariátegui, al posible ánimo afiebrado que guiaba sus comunicaciones y a esa invalidez evidente que contrarrestaba cualquier proyecto político.[24] Surgió así en la acritud de la discusión esa imagen que reducía a Mariátegui al inmovilismo y que lo retrataba como un intelectual. Años después Luis Heysen propondrá la figura de «decadente D’Annunziano» aludiendo a ciertas proclividades de su adolescencia —supuesto esteticismo— que permanecieron en el adulto.[25]
La caballerosidad que enmarcaba a otras polémicas de los años veinte se esfumó en el enfrentamiento entre Haya y Mariátegui. Al margen de las ideas, los sentimientos también quedaron irreconciliables. Aunque no lo recordaran en 1929, los dos polemistas habían sido camaradas años antes y habían compartido las mismas preocupaciones. El lector de la polémica entre socialistas y apristas tiene la ventaja de poder encontrar una diferenciación nítida entre una y otra posición, pero el trazo de la frontera acabó realizándose a costa de algunas exageraciones por parte de Mariátegui (cierto menosprecio por los intelectuales, desdén por las capas medias, excesiva identificación entre aprismo y fascismo) y una evidente dosis de menosprecio altanero y acidez verbal aportada por Haya.
Pero en función de la polémica con la Internacional Comunista —el tema de este ensayo—, interesa señalar que la disidencia con el aprismo planteó como cuestión inmediata la formación del partido: el trabajo tuvo que acelerarse y se terminaron acortando algunas etapas, pero no se podía proceder de otra manera. La polémica no fue una cuestión meramente intelectual: ante todo se trató de una disputa política y la cuestión del poder envolvió en todo momento la discusión. En efecto, para replicar a Haya no era suficiente proponer una alternativa diferente; había que desarrollarla en la práctica: la refutación del Partido Nacionalista Libertador exigía el establecimiento del Partido Socialista. Es así como el 16 de septiembre de 1928, en una tarde nublada, siete hombres convocados por Mariátegui se reunieron,[26] con las debidas preocupaciones, en el camino a La Herradura, que en ese entonces quedaba muy distante de la capital: eran los obreros Portocarrero, Navarro, Hinojosa y Borja, junto con el vendedor ambulante Bernardo Regman y el empleado de seguros Ricardo Martínez de la Torre. Mariátegui no pudo asistir. Fue una conversación preparatoria, donde se intercambiaron opiniones y se preparó una reunión mayor que tuvo lugar el 7 de octubre, en Barranco, en la casa del ferroviario Avelino Navarro, y a la que, aparte de los nombrados, acudieron Luciano Castillo y un joven universitario del norte, Chávez León. Se acordó el establecimiento de un grupo organizador del Partido Socialista y además se designaron algunos cargos provisionales como el de Secretario General, asignado desde luego a José Carlos Mariátegui, y el de Secretario Sindical a Julio Portocarrero; fueron los dos personajes más importantes.
La fundación del partido tenía un sentido solo simbólico y no literal, porque quedaba constituido apenas un núcleo inicial, «un comité organizador». Ningún cargo era definitivo. Había que invitar todavía a otros, como Larrea, Pesce, Navarro Madrid, Zerpa, Zárate, sin olvidar el concurso de todos los amigos de provincias. Nunca dejaron de insistir sobre la necesidad de «trabajar en las masas obreras y campesinas»: el Partido Socialista sería una organización de mayorías, desarrollada en el interior del movimiento popular. Recién entonces se podría convocar a un verdadero congreso y liquidar la etapa preparatoria. Todos eran conscientes de obedecer a una cierta improvisación, forzada por las circunstancias, como era evidente si se considera que no obstante la importancia asignada al campesinado y a la cultura indígena, no se puede mencionar a un solo campesino en el grupo inicial.
¿Cómo estaría organizado el partido? ¿Cuál sería la relación entre los dirigentes y las bases? ¿Cómo se ejercería la democracia interna? ¿De qué manera se relacionarían las células y el Comité Central? ¿Dónde debían constituirse los principales núcleos? Estas preguntas no tenían, en su mayoría, respuestas categóricas. Hemos indicado ya la prioridad asignada a los mineros, la necesidad de buscar la confluencia entre obreros y campesinos, la línea de masas, la importancia del sindicalismo... Pero si faltan mayores precisiones se debe a que el estilo de trabajo seguido recusaba la definición de un plan diseñado de antemano, porque de otra manera no se podrían recoger las experiencias y las enseñanzas de los trabajadores: no se trataba de imponer una organización fuera del movimiento de masas. Un error de Haya —según Mariátegui— era haber hecho política lejos del Perú. Por eso él hacía lo indecible, obligándose incluso a algunos silencios, por persistir en el país. El mismo argumento sería repetido a Eudocio Ravines para instarlo a regresar y también a Esteban Pavletich: «Es aconsejable y, sobre todo, necesario, el regreso de todos los compañeros que puedan volver al país. Si Ud. está en grado de regresar, debe aprestarse al viaje. Fuera del país, los elementos que no siguen una severa disciplina de estudios, se desvinculan de nuestra clase obrera, se alejan de nuestros problemas, si no se han incorporado absolutamente en el movimiento proletario de los países en que residen. Aquí, en cambio, mantendrían su contacto con nuestras masas y nuestros problemas».[27] El aspecto organizativo del partido debía, en conclusión, resolverse al interior del movimiento de masas. Allí también se iría elaborando el programa del cual se hizo solo un esbozo preliminar que fue leído por Portocarrero en Buenos Aires.
El partido se definía como adscrito al «marxismo» y al «leninismo militante». No se trataba de la formulación estaliniana del «marxismo-leninismo» aunque en una ocasión lo utilizará Mariátegui (aparece en el programa del Partido Socialista). En todo caso, la fórmula todavía no reflejaba la rigidez dogmática posterior. Mariátegui nunca negó los aportes de Trotsky y hasta el final de su vida mantuvo su visión favorable de Sorel; por el contrario, criticó las tempranas desviaciones burocráticas de la Unión Soviética y se mostró contrario al autoritarismo. El Partido Socialista, así como se vinculaba con la III Internacional, mantenía también relaciones con los primeros grupos trotskistas franceses, con Pierre Naville y los redactores de La Verité, como ha sido anotado por Robert Paris.[28]
Leninismo significaba positivamente una adhesión al marxismo revolucionario. Desde sus iniciales conferencias en las Universidades Populares González Prada, hasta su ardorosa Defensa del marxismo esgrimida en las páginas de Amauta, Mariátegui delimitó con claridad sus objeciones y discrepancias con el socialismo de la II Internacional: domesticado por las clases dominantes, alejado del mito revolucionario, adocenado, encerrado en la repetición de citas, aburridamente ortodoxo, incapaz de cualquier creatividad. Revolución era sinónimo de heterodoxia y herejía, pero también de asalto al poder. Defender la concepción de un partido de masas no hacía de Mariátegui un precursor del «eurocomunismo».
El esbozo de programa leído por Julio Portocarrero en Buenos Aires no hubiera podido ser acusado de «reformista», ni menos de «socialdemócrata». Los seis puntos principales deben ser citados in extenso porque, salvo en las Actas del Congreso, la reproducción de Martínez de la Torre y la cita de ellos en un folleto de Vanguardia Revolucionaria (1965), se trata de un texto soslayado, omitido y desterrado por razones que pueden resultar obvias luego de su lectura:
- Expropiación, sin indemnización, de los latifundios; entrega de una parte a los «ayllus» y comunidades, prestando todo el contingente de la técnica agrícola moderna. Repartición del resto entre los colonos, arrendatarios y yanacones.
- Confiscación de las empresas extranjeras: minas, industrias, bancos y de las empresas más importantes de la burguesía nacional.
- Desconocimiento de la deuda del Estado y liquidación de todo control por parte del imperialismo.
- Jornada de ocho horas en la ciudad y en las dependencias agrícolas del Estado y abolición de toda forma de servidumbre y semiesclavitud.
- Armamento inmediato de los obreros y de los campesinos y transformación del ejército y la policía en milicia obrera y campesina.
- Instauración de los municipios de obreros, campesinos y soldados, en lugar de la dominación de clase de los grandes propietarios de la tierra y de la Iglesia.[29]
El programa sellaba la ruptura definitiva con el aprismo al articular los motivos antimperialistas con el socialismo. Reiteraba la alianza entre obreros y campesinos al incorporar a los ayllus en la revolución agraria, pero no se limitaba a la lucha contra la feudalidad; se encaminaba hacia el socialismo. El socialismo tendría que pasar por la destrucción de la forma de dominación oligárquica, lo que significaba, para un buen lector de Lenin, la destrucción de los aparatos de coerción del Estado, el armamento consiguiente de las masas y la formación de milicias. Mariátegui no era cualquier clase de político; al definirse como socialista, se definía también como un político revolucionario. Jamás pensó en una transición pacífica hacia el socialismo: el poder debía ser disputado y arrebatado a la clase dominante. Acertó Luis Alberto Sánchez cuando, en una breve nota necrológica publicada en Mundial el 26 de abril de 1930, compendió la vida de José Carlos Mariátegui con palabras que implicaban un reproche a Haya: «El revolucionario típico fue Mariátegui».[30]
Pero también en el programa resultaron nuevas discrepancias con la Internacional. En ese entonces los comunistas admitían la lucha armada, pero hubieran preferido que se propusiera la organización de «soviets» y no de «municipios» como sostenía Mariátegui. A la postre fue solo una de las muchas objeciones planteadas a Pesce y Portocarrero.
Los municipios obreros y las milicias populares, el asalto violento del Estado y la edificación del socialismo, estas metas trazadas a largo plazo por un grupo reducido de hombres en una organización que carecía todavía de un perfil definido, debían armonizarse con el oscuro trabajo de organización y desarrollo de la conciencia de clase en el presente inmediato. En la medida que siempre se pensó al Partido Socialista como la expresión de las grandes masas —obreros, campesinos, artesanos y algunos intelectuales—, era imprescindible saber articular el trabajo legal, el empleo de los mecanismos que admitía la clase dominante, con la praxis clandestina. En otras palabras, se trataba de un esfuerzo tanto de la inteligencia como de la imaginación para poder combinar la utopía en la estrategia con el realismo más elemental y necesario en la táctica. No eran cuestiones fáciles de resolver. Apenas comenzaban a ser planteadas cuando llegó la invitación para Montevideo y luego para Buenos Aires. De manera que las dudas e incertidumbres de Portocarrero y Pesce se explicaban porque —a diferencia de Humbert-Droz o de Codovilla— no tenían una alternativa clara: recién la estaban construyendo.
El trabajo legal exigía la defensa de los escasos resquicios democráticos concedidos por la clase dominante: «No puedo pensar que la libertad de prensa en el Perú sea indiferente a la Asociación Nacional de Periodistas, fundada para defender todos los derechos y fueros del periodista. Si las noticias e ideas que se consiente divulgar a los periódicos están subordinadas al criterio policial, la prensa se convierte en un comunicado de policía. En esas condiciones, la dignidad de la función periodística se muestra atacada y rebajada. Entre la censura irresponsable y vergonzante y la censura pública, el periodista, en todo caso, debe exigir que se implante francamente esta última».[31] En los principios programáticos del Partido Socialista se reclama «actuar pública y legalmente». Existían entonces dos programas: uno, público, legal y táctico; el otro, estratégico y clandestino.
Tanto la polémica con Haya como la discusión entablada con la Internacional Comunista no sorprendieron a Mariátegui, persona habituada al intercambio de ideas y al enfrentamiento de posiciones. No tenía una concepción armónica e idílica del socialismo: sabía que al interior de las fuerzas revolucionarias las contradicciones persistían y era necesario desplegar nuevas batallas. Tal vez pensando en su propio derrotero o quizá inspirado en el reciente enfrentamiento entre Trotsky y Stalin, comentando la novela El cemento para Repertorio Hebreo (julio-agosto de 1929), sintió la necesidad de anotar algunas reflexiones donde, a pesar de su introversión característica, trasluce experiencias vividas con intensidad: «La revolución no es una idílica apoteosis de ángeles del renacimiento, sino la tremenda y dolorosa batalla de una clase por crear un orden nuevo. Ninguna revolución, ni la del cristianismo ni la de la Reforma ni la de la burguesía, se ha cumplido sin tragedia. La revolución socialista, que mueve a los hombres al combate sin promesas ultraterrenas, que solicita de ellos una tremenda e incondicional entrega, no puede ser una excepción en esta inexorable ley de la historia. No se ha inventado aún la revolución anestésica, paradisíaca, y es indispensable afirmar que no será jamás posible, porque el hombre no alcanzará nunca la cima de su nueva creación, sino a través de un esfuerzo difícil y penoso, en el que el dolor y la alegría se igualarán en intensidad».[32] Revolución era así sinónimo de agonía: lucha y batalla cotidiana, sucesión de éxitos y fracasos, pero donde lo importante era saber persistir, durar. El verbo «agonizar» adquiría de esta manera un contenido opuesto precisamente al de muerte.
Emerge así en los textos y en la vida, desde el interior mismo de la historia, la figura de Mariátegui como un político revolucionario, alejado de los afanes caudillistas, educado en el sobrio trabajo clandestino, con la paciencia de los viejos topos: en el estilo de trabajo radicaba la mejor filiación entre Mariátegui y Lenin. Fue —en el sentido unamuniano—, un agonista, es decir, un combatiente.
El hombre sentado en la silla de ruedas: la misma imagen inmóvil en las fotos tomadas por Malanca o Martínez de la Torre. Para sus enemigos y opositores se trataba simplemente del «cojo» Mariátegui; para la mayoría de sus lectores era el imprescindible comentarista de los sucesos y los personajes mundiales; para los asistentes cotidianos a Washington izquierda, era el hombre alegre, siempre dispuesto a escuchar, atento a la cultura de su tiempo, interesado en todas las innovaciones; en la intimidad familiar era el esposo, el padre o el tío en quien siempre se encontraba un gesto de cariño…, pero más allá de estas imágenes, sin pretender negar a ninguna de ellas, hemos querido recuperar al político, oculto en el anonimato de la vida clandestina. Uno de los rasgos distintivos e irreductibles de José Carlos Mariátegui fue esa voluntad erguida desde la silla de ruedas y que a pesar de su inmovilidad, en contra de las determinaciones que desde su infancia lo condenaban a la contemplación, permite la emergencia polémica y batalladora del político: asombra esa tenacidad de Mariátegui, que detrás de un escritorio, en una ciudad perdida en el mapa mundial del socialismo, escribe cartas, concibe libros, discute y conversa, impulsa la organización del movimiento obrero y combate paralelamente en dos extensos frentes contra el aprismo y la Internacional, en un escenario polémico que trasciende al Perú para incluir a Buenos Aires, México y París…
Insistimos en que este temperamento batallador pasó inadvertido para muchos de sus contemporáneos. La silla de ruedas parecía confirmar la imagen del «intelectual» —en el sentido estático y despectivo del término— enrostrada tanto por Haya como por Codovilla. Poco tiempo después de la muerte de Mariátegui, Alberto Ulloa, que lo conoció desde sus años de iniciación en La Prensa, pretendió resumir su biografía en palabras estrictas: «Mutilado, inválido, puesto por un destino torturador e impío en la imposibilidad de ser un hombre de acción».[33] La descripción era cierta, pero la conclusión falsa. La vida de Mariátegui fue precisamente una rebeldía contra ese destino. A la postre, cuando la policía denunció el supuesto «complot comunista» y las amenazas al orden que se estarían urdiendo en la casa de Washington izquierda, no se trataba de una simple paranoia policíaca: nos termina pareciendo verosímil que desde esa casa un inválido estuviera cavilando el asalto al poder. En la desproporción entre la utopía y los medios para alcanzarla radica la grandeza del personaje.
- ↑ La polémica con el APRA no será tratada específicamente en las páginas que siguen porque nuestro interés manifiesto desde el inicio de este ensayo es la polémica con la Komintern. Existen, además, estudios suficientemente documentados y valiosos sobre el tema como los de César Germaná, Julio Cotler, Diego Messeguer, Ricardo Luna, Carlos Franco, para mencionar solo algunos, y en la otra ribera a Luis Alberto Sánchez. Sin embargo, no podremos abstenernos de realizar referencias y alusiones a la discusión con Haya, no solo porque se entrecruzaron en el tiempo, sino porque, como ha sido observado por Sinesio López, ambas forman parte de un mismo proceso.
- ↑ «Bolchevikis, aquí», en El Tiempo, Lima, año III, 637, 9 de abril de 1918, p. 1.
- ↑ César Lévano, «La República es una promesa no cumplida», entrevista a Jorge Basadre en Caretas, Lima, 464, 20 de septiembre-20 de octubre de 1972, p. 40. Cfr. Guillermo Rouillón, La creación heroica de José Carlos Mariátegui, t. i, Lima, Editorial Arica, 1975.
- ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Samuel Glusberg, Lima, 10 de enero de 1928, Archivo José Carlos Mariátegui. Por error mecanográfico figura 1927.
- ↑ Las veintiuna condiciones a que se refiere el autor fueron adoptadas en el II Congreso de 1920 [CA].
- ↑ Annie Kriegel, «La IIIe Internationale», en Jacques Droz, ed., Histoire générale du socialisme, París, Presses universitaires de France, 1977, t. iii, pp. 73-115. En el tomo iv de este mismo libro, para lo referente a América Latina, consultar el artículo de Robert Paris y Madeleine Rebérioux, «Socialisme et communisme en Amérique Latine», pp. 165-255.
- ↑ Entrevistas a Julio Portocarrero (2 de junio de 1980) y Lino Larrea (29 de mayo de 1980).
- ↑ «Puntos iniciales del Comité Organizador del P. S.», 7 de octubre de 1928, Archivo Arroyo Posadas. Dejamos para otro ensayo nuestras observaciones sobre Mariátegui y el movimiento obrero. En esa ocasión nos ocuparemos de la CGTP.
- ↑ José Aricó, «Introducción», Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, ed.cit., p. liii [MM].
- ↑ Entrevista a Julio Portocarrero (3 de julio de 1980).
- ↑ Alejandro Loli, dirigente de la Federación de Trabajadores Mineros de Morococha [CA].
- ↑ Labor, Lima, 4, 29 de diciembre de 1928, p. 2.
- ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Moisés Arroyo Posadas, 16 de noviembre de 1929, Archivo Arroyo Posadas.
- ↑ Antonio Rengifo, «Mariátegui y el sindicato textil “La Victoria”», en Cuadernos Médico-Sociales, Lima, año IV, 6/7, julio-diciembre de 1978 [MM].
- ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Miguel Ángel Urquieta, 2 de mayo de 1927, en Oiga, Lima, 398, 6 de noviembre de 1970.
- ↑ José Aricó, «Mariátegui y la formación del Partido Socialista del Perú», en Socialismo y Participación, Lima, CEDEP, 11, 1980, p. 145, nota 8; Carlos Franco, comunicación verbal [MM].
- ↑ Luis Heysen, «¡Comprendamos mejor el Apra!», en Repertorio Americano, San José, t. xx, 5, febrero de 1930, pp. 79 y 80.
- ↑ Carta de Haya de la Torre a José Carlos Mariátegui, México, 20 de mayo de 1928, en José Carlos Mariátegui, Correspondencia, 1915-1930, ed. cit., t. ii, p. 379. Véase también: Carta de Haya de la Torre a César Mendoza, Berlín, septiembre de 1929, El Proceso Haya de la Torre, en Víctor Raúl Haya de la Torre, Obras completas, Librería Editorial Juan Mejía Baca, Lima, 1976, vol. 5; carta de Haya de la Torre a Eudocio Ravines, s/f, en Alberto Flores Galindo, Tiempo de plagas, Lima, El Caballo Rojo Ediciones, 1988, pp. 85 y 86 [MM].
- ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Moisés Arroyo Posadas, Lima, 30 de julio de 1929, Archivo Arroyo Posadas.
- ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Esteban Pavletich, Lima, 25 de septiembre de 1929, en Unidad, Lima, 585, 16 de junio de 1976, p. 5.
- ↑ José Carlos Mariátegui, Temas de nuestra América, Lima, Biblioteca Amauta, 1960, p. 70.
- ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a José Malanca, Lima, 11 de junio de 1929, en Unidad, Lima, 585, 16 de junio de 1976, p. 5.
- ↑ Luis Alberto Sánchez, «Datos para una semblanza de José Carlos Mariátegui», en Manuel Aquézolo Castro, compilador, La polémica del indigenismo: textos y documentos, Lima, Mosca Azul Editores, 1976; carta de José Carlos Mariátegui a Luis Alberto Sánchez, Lima, 26 de marzo de 1930, Biblioteca Nacional del Perú.
- ↑ Carta de Haya de la Torre a Eudocio Ravines, Berlín, 30 de marzo de 1929, en Alberto Flores Galindo, Tiempo de plagas, ed. cit., pp. 100-103 [MM].
- ↑ Luis E. Heysen, «Mariátegui, bolchevique D’Annunziano», en Claridad, Buenos Aires, 10 de mayo de 1930 [MM].
- ↑ En realidad, como explica a continuación Flores Galindo, solo se reunieron seis, pues Mariátegui no pudo asistir y fue representado por Martínez de la Torre [CA].
- ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Esteban Pavletich, Lima, 25 de septiembre de 1929, en Unidad, Lima, 585, 16 de junio de 1976, p. 5.
- ↑ Robert Paris, «El diálogo creador de José Carlos Mariátegui», en José Carlos Mariátegui, Correspondencia, ed. cit., t. i, p. xxxiv [MM].
- ↑ SSIC, El movimiento revolucionario latinoamericano, ed. cit., p. 154. Este texto, aunque redactado por el grupo de París, fue asumido por Mariátegui y forma parte de los documentos iniciales del Partido Socialista.
- ↑ Mundial, Lima, 514, 26 de abril de 1930 [CA].
- ↑ César Miró, Asalto en Washington Izquierda, Lima, Librería Editorial Minerva, 1974, p. 38.
- ↑ José Carlos Mariátegui, «Preludio de elogio de “El cemento” y del realismo proletario», en Repertorio Hebreo, Lima, año I, 3-4, julio-agosto de 1929, pp. 11 y 12.
- ↑ Alberto Ulloa, «José Carlos Mariátegui», en Nueva Revista Peruana, Lima, año II, 6, 1º de junio de 1930, pp. 261-179 [MM].