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Biblioteca:La agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern/Capítulo III. Amauta como tarea colectiva

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Lo europeo y lo nacional, esas dos vertientes del pensamiento de Mariátegui, eran también dos grandes tendencias intelectuales en el Perú durante la década de 1920. Terminaron escindidas en temas contrapuestos: lo artístico frente a lo social, la vanguardia literaria por un lado, el indigenismo por otro.[1] En un caso predominó la poesía y la imaginación, en el otro el género predilecto terminó siendo el ensayo. Pero en ambas vertientes los intelectuales buscaron agruparse, formar círculos y editar revistas: fue precisamente una época de múltiples revistas como Flechas, Poliedro —donde Mariátegui publicó una prosa poética—, Guerrilla, la efímera Jarana con un único número, otra de múltiple nombre llamada Trampolín-Hangar-Rascacielos-Timonel; a las que sería necesario añadir, desde la otra ribera, publicaciones como La Sierra, editada en Lima, Atusparia en Huaraz, Kosko y Kuntur del Cusco, Boletín Titikaka de Puno. El pensamiento conservador consiguió persistir, con algunas variantes y escisiones, en Mercurio Peruano.

Al interior de este panorama prolífico, el rasgo distintivo de Amauta —iniciada en septiembre de 1926— es esa extraña capacidad de poder orquestar esfuerzos variados y aparentemente contrapuestos: fue una revista social, donde escribieron ensayistas como Romero, Orrego[2] y Martínez de la Torre, pero no faltó nunca la poesía, la pintura o el cine. La filiación marxista confluyó con el psicoanálisis: precisamente el primer número de Amauta se inaugura con un texto de Freud, traducido por primera vez al español, verdadera primicia en América Latina. Posteriormente se editó un número especial (marzo 1929) dedicado al poeta José María Eguren: su poesía intimista había sido marginada en los años de apogeo de Chocano, en contra de lo cual Amauta intentó su reivindicación. Pero al lado de las finas acuarelas de Eguren, se publica también un ensayo de dura prosa escrito por Eudocio Ravines sobre el capital financiero. Acerca de un tema similar, el número 9 de Amauta había publicado un documentado estudio que era también una denuncia del imperialismo norteamericano: «Mientras ellos se extienden», firmado por Jorge Basadre. El número 16 fue un justo homenaje a González Prada. Hasta la polémica de 1928, Haya de la Torre será un persistente colaborador de la revista; siguieron siéndolo otros peruanos en el exterior como Magda Portal, Manuel Seoane y desde luego ese viejo amigo de Mariátegui que era César Falcón. Al repasar los treinta y dos números de Amauta se encuentran también artículos de Miguel de Unamuno, Georges Sorel y Waldo Frank, junto a colaboraciones de André Breton, César Moro y Xavier Abril. Amauta supo de esta manera combinar la vanguardia artística con la vanguardia política —para emplear términos de Melis— para realizar una revista de cultura, donde el pensamiento crítico y el marxismo se amparan mutuamente. Fue la obra de un hombre que tenía la rara capacidad —incluso en el Perú de la década de 1920— de admirar y comprender por igual el mesianismo de Valcárcel y el intimismo de Eguren.[3]

En los treinta y nueve meses de vida que tuvo Amauta, sin contar la prolongada interrupción de 1927, apenas se publicó una información de la Internacional Comunista sobre el problema del Chaco y un artículo de Stalin sobre la agricultura soviética, al lado de otro de Trotsky en dos partes sobre Lenin. Parece sintomático que el artículo de Stalin apareciese en el número 31, dos meses después de fallecido Mariátegui.

Amauta no fue pensada como la obra exclusiva de Mariátegui; por el contrario, estaba destinada a ser el órgano de una generación, el mecanismo para agrupar a los intelectuales peruanos y cohesionarlos frente a la cultura dominante. Resulta sintomático que el proyecto surgiera en una revista y no desde los claustros universitarios. Fue una generación antiacadémica, que se formó precisamente en las redacciones periodísticas.

El propio Mariátegui había empezado como periodista. Sus años de iniciación transcurrieron en La Prensa, cuando el diario agrupaba a las corrientes liberales y a los partidarios de Billinghurst. El periodismo de entonces fue una especie de grieta en el monopolio cultural ejercido por la oligarquía, y por ese resquicio ingresaron muchos jóvenes de procedencia mesocrática y actitud radical. Inicialmente la crónica periodística pretendió vincularse con la creación literaria: fue el proyecto de Yerovi[4] o Valdelomar y también de Juan Croniqueur. Pero luego el editorial acabó acoplándose con el ensayo social. En ambos casos el periodismo peruano alcanzó una calidad intelectual, una exigencia en el estilo, en la información, en la cultura de los redactores, difícil de imaginar ahora.[5]

El estilo periodístico contagió incluso a los eruditos de procedencia universitaria: frases cortas, precisión acompañada por una adjetivación sobria; fue también el estilo que iría desarrollando José Carlos Mariátegui.[6] «Al revés de lo que aconteciera antes —recuerda Gastón Roger, el creador de la columna “Peruanicemos el Perú”—, en que la Universidad se antojaba divorciada del periodismo, en que ni Víctor Andrés Belaunde, ni Carlos Concha, ni Raymundo Morales de la Torre, ni Juan Bautista de Lavalle —cabe la excepción harto explicable de Oscar Miró Quesada— tuvieron nexo ni contacto con los diarios, con la vida agitada y febril de las redacciones, los nuevos estudiantes inquietos [...] viven dentro del periódico, se familiarizan con el periódico, se nutren con la savia intelectual del periódico».[7]

El periodismo fue para Mariátegui, ante todo, un ejercicio de observación de la vida cotidiana, una ocasión para reflexionar sobre los acontecimientos. Aquí nace una evidente diferencia entre el mariateguismo y el marxismo occidental: no fue la obra de un «profesor universitario» y no se le puede reclamar exigencias académicas: haber agotado las lecturas, citar con precisión, disponer de un adecuado «marco teórico»... Nunca tuvo la ambición de escribir un gran libro: nada en Mariátegui puede evocar a La cuestión agraria, de Kautsky, El desarrollo del capitalismo en Rusia, de Lenin, o La acumulación del capital, de Rosa Luxemburgo. Su estilo de trabajo era incompatible con la investigación detenida y con la reflexión prolongada sobre una monografía, porque recusaba el aislamiento. El mariateguismo fue la obra de un periodista, un hombre en estrecho contacto con otros hombres, sumergido en la vida cotidiana, interesado más por el impacto de sus ideas, por la emoción que generaba en sus contemporáneos que por la certeza cartesiana de su pensamiento: de ahí la tesis del marxismo como un mito —fuerza movilizadora, un elan, una agonía, un entusiasmo vital— de nuestro tiempo. Por eso también la importancia de una obra como Amauta, hecha día a día y elaborada en colaboración con otros intelectuales, desde el llano y no desde la altura de la cátedra universitaria. Mariátegui acostumbraba citar a Lenin: «Sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria», pero en todo caso su visión era a la inversa. Cualquier proyecto intelectual nacía de la praxis, unido a la acción y, por medio de ella, a la historia. Mariátegui fue un intelectual: es su ubicación en una ficha sociológica. Pero por encima de esa condición fue un político: nunca estuvo enclaustrado, siempre se interesó por el público, por agitar a las multitudes, y en esa perspectiva una revista —empresa donde el individuo se diluía en la generación o el grupo— podía ser más importante y necesaria que la elaboración de un tratado sobre Marx o de un estudio con abundantes estadísticas, documentos directos y una cantidad apreciable de citas sobre la renta de la tierra en la agricultura de la costa norte peruana. La temprana iniciación periodística de Mariátegui lo inmunizó contra esta tentación «teoricista» y el engarce con el movimiento social lo alejó de cualquier enclaustramiento, quedando para el olvido su juvenil retiro en el Convento de Los Descalzos.

La inquietud periodística en Mariátegui estuvo unida a su interés por la cultura. Nuevamente tenemos que referirnos a sus años de iniciación para recordar sus comentarios sobre pintura, sus primeros bocetos críticos y añadir la importancia que posteriormente tuvieron la educación, la evolución literaria o el factor religioso en su comprensión de la «realidad peruana». Es evidente que su valoración de la cultura no obedeció solo a la influencia de una generación «literaria»; el entusiasmo por la práctica contribuyó a su alejamiento del determinismo: nadie más distante de la comprensión mecanicista de la historia; por eso, a diferencia de Haya o Codovilla, pudo preguntarse sobre la posibilidad del socialismo en una sociedad atrasada como era el Perú de 1920.

El periodismo fue en Mariátegui, de otro lado, un ejercicio polémico, en lo cual mantuvo una obvia similitud con Marx y Lenin: el marxismo nació como confrontación, en polémica con Dühring o Proudhon; de igual manera el mariateguismo se fue entretejiendo agónicamente en las polémicas periodísticas mantenidas desde un inicio con intelectuales tradicionales, como el pintor Teófilo Castillo o el historiador José de la Riva-Agüero; luego vendrían las discrepancias con los anarquistas sobre el problema del partido y la organización política; en 1927 se produjo la diferencia con Luis Alberto Sánchez sobre el indigenismo y la cultura nacional: es al interior de estos antecedentes que deben ubicarse las polémicas con el aprismo y la Internacional.

El periodismo fue también un vínculo de unión entre Mariátegui y sus contemporáneos. La referencia de Gastón Roger hecha páginas atrás es suficientemente ilustrativa. Añadamos que el deterioro de la Universidad durante el Oncenio y el exilio voluntario de los intelectuales civilistas, alentó por contrapartida la actividad periodística. El propio Leguía tuvo algún papel apoyando publicaciones oficiosas como Mundial y Variedades. Para ellas colaboró Mariátegui —a pesar del malestar que producía entre personajes adictos al Oncenio—, con sus semanales análisis de política internacional o sus comentarios sobre novedades bibliográficas europeas.

Esa vocación periodística de Mariátegui lo condujo al proyecto de organizar una publicación independiente, donde no experimentara el carácter subordinado y la situación insegura que tuvo en El Tiempo o después en Variedades. Ese viejo proyecto se inició con Nuestra Época, concebida bajo la imagen europea de la revista España; vino luego La Razón, un órgano militante desde donde Mariátegui y Falcón secundaron las luchas estudiantiles y el paro por las subsistencias en mayo de 1919. Al regreso de Europa, Mariátegui sucedió a Haya de la Torre en la dirección de Claridad: desde el título era evidente la influencia de Barbusse, quien dirigía en París Clarté; pero no se trataba de un simple remedo. Era una publicación que pretendía articularse al movimiento social, convirtiéndose en una expresión de las inquietudes obreras y estudiantiles expresadas en mayo de 1923, aspirando a constituirse en el germen de la oposición al régimen.[8]

Amauta no fue una revista de coyuntura: queremos decir que no se proponía analizar la actualidad inmediata, indicar qué se debía hacer, trazar una táctica. Era —es necesario repetirlo— una revista de cultura, indispensable para crear un nuevo ambiente, un espacio ideológico diferente, que a su vez fuera el marco adecuado para la reflexión del marxismo peruano. Tenía que combinar adecuadamente lo social con lo artístico, porque el proyecto implicaba recoger los mejores avances de Occidente, junto con esas inquietudes que contemporáneamente habían germinado en las provincias andinas a través de los círculos indigenistas. Zum Felde acertó cuando dijo, en un artículo titulado «El Perú de Mariátegui», que el centro cultural de la nueva sociedad peruana no era la Universidad de San Marcos, sino la revista Amauta.[9]

El origen inmediato de Amauta hay que buscarlo en la casa de la calle Washington. Esta casa, ubicada a medio camino entre el centro de la ciudad y el nuevo barrio proletario de Breña, si bien mostraba una fachada angosta, tenía una considerable profundidad interior, lo que permitía disponer a la familia Mariátegui de varias habitaciones. Una de ellas fue separada como escritorio: allí estaban los libros, repartidos en una estantería ordenada; sobre la mesa central figuraban las novedades, los textos que llegaban de Buenos Aires, México o París, las revistas a las que estaba suscrito Mariátegui, desde luego la indispensable máquina de escribir; las sillas estaban dispuestas en desorden, pero en una esquina se encontraba un sillón angular, encima del cual en una repisa se podía ver cerámica incaica o preincaica, poco común en las casas de Lima durante esos años. Ese ángulo era el «rincón rojo».[10] En este cuarto, de lunes a viernes, entre las 6 y 8 de la noche, desde que regresó de Europa hasta su muerte, José Carlos Mariátegui reunió una tertulia amable a la que acudían personajes tan diferentes como Antonio Navarro Madrid, Martínez de la Torre, fundadores del Partido Socialista; y José Sabogal, María Wiesse, Carmen Saco, Ángela Ramos, Julio del Prado, artistas y connotados bohemios. También fue Jorge Basadre; Valcárcel y Romero cuando se encontraban en Lima. Incluso Sebastián Lorente, funcionario gubernamental, y Carlos Roe, médico. Entre los jóvenes, se acercaron a la tertulia Rafael de la Fuente Benavides (que comenzaba a ser Martín Adán), Estuardo Núñez y César Miró, entonces un poeta precoz. La tertulia no era solo una reunión de intelectuales. Acudían también estudiantes y obreros. Fue allí donde comenzó a gestarse lo que después sería el grupo rojo «Vanguardia» de la Universidad de San Marcos.[11] Los intelectuales extranjeros de paso por Lima encontraban un ambiente acogedor: lo podrían haber testimoniado la uruguaya Blanca Luz Brum, el norteamericano Waldo Frank y el boliviano Tristán Maroff. Recuerda Basadre que el rasgo más evidente de esa reunión era la espontaneidad. Se llegaba cuando uno quería, no había temas fijados con antelación, nadie se proponía hacer grandes cosas ni decir frases categóricas; simplemente se trataba de ejercitar un viejo uso limeño, que Mariátegui había cultivado en las redacciones periodísticas: la conversación. Pero, a diferencia de otros ambientes, se desterraban las bromas inútiles; en sustitución quedaba la proximidad cotidiana con los problemas significativos del país.

Mariátegui nunca aspiraba a ser el centro de la reunión. A veces se terminaba formando más de un grupo y surgían varios corrillos. Ocurre que una persona como Martínez de la Torre era poco comprensiva con los nuevos intelectuales como Martín Adán. Entre algunos indigenistas y Eguren era difícil encontrar temas comunes de conversación. Pero todos estaban allí atraídos por Mariátegui y nadie pensaba en imponerse o prescribir al otro. En la espontaneidad a veces se podía derivar —al margen del parecer de Martínez de la Torre— en la improvisación de un recital como los que acostumbraba Blanca Luz Brum, quien además de recitadora era poetisa: viuda de Parra del Riego, había venido al país para difundir la obra de su marido, pero su juventud, mostrada en su seductor talle, intensa mirada y los recordados cabellos negros cayendo sobre sus hombros, le imposibilitaba ejecutar el recogimiento que la pacata sociedad limeña reclamaba a la viudez y acabó convertida en angustia y obsesión para algunos de los asistentes a la tertulia. Todo derivó en una desconsolada historia de amor cuando César Alfredo Miró Quesada, a pesar de la oposición familiar, marchó a Chile siguiendo los pasos de Blanca Luz.[12]

Menos apasionada fue la historia de Miguel Adler y Nomi Müllsteim: ambos eran estudiantes, formaban parte de la colonia judía de Lima, posiblemente rumanos. Adler traducía del ruso y el alemán para Amauta. Dijimos anteriormente que bajo su influencia asumió la empresa de publicar Repertorio Hebreo, revista también de cultura, pero donde se hacía una exaltación de los judíos (Mariátegui fue un acerbo crítico del antisemitismo sin derivar en posturas sionistas, porque a pesar de su entusiasmo por el renacimiento judío, desconfiaba de un movimiento alentado por Gran Bretaña). Adler y Müllsteim compartieron con Mariátegui el entusiasmo por Marx y Freud. Lo acompañaron hasta el final. Estuvieron en la Clínica Villarán y luego en el entierro. Después se fueron del país.

En este ambiente, donde a veces se confundían los sentimientos con las reflexiones, se fue elaborando Amauta, con la misma espontaneidad de las conversaciones: Mariátegui le mostraba, por ejemplo, a Estuardo Núñez una reciente publicación alemana y le proponía una reseña; se veía la necesidad de traducir a Panait Istrati y alguien sugería a Garro; se comentaban los proyectos publicistas de Sánchez y a cualquiera se le podía ocurrir solicitarle un adelanto de su Don Manuel.

Al igual que la tertulia, Amauta carecía de un programa, de una trayectoria previamente concebida y trazada, porque según Mariátegui le era suficiente con tener un objeto: el estudio y la discusión de los problemas peruanos. En otro lugar hemos señalado que para la generación intelectual de 1920, el Perú además de ser un tema, estudiado en su historia (Porras, Jorge Guillermo Leguía), en la economía (Romero, Ugarte), la cultura (Sánchez), era sobre todo un problema, motivo de discusiones e imágenes contrapuestas, dado que si bien coincidían en la crítica al pasado o en definir lo que no era el país, pocos concordaban sobre su destino: desde luego que la cuestión nacional no se podría resolver en la redacción de una revista, pero en todo caso era una buena ocasión de plantear el problema. Siendo una publicación abierta al debate, la exposición de un programa en su primer número habría sido contraproducente, aparte de imposible.

Esta instintiva espontaneidad, que agradaba a todos, correspondía a una imagen del marxismo como un «método» y no como un «programa rígido», simplemente una «brújula», «derrotero» o «carta geográfica» para el viaje. No existía el temor al pensamiento crítico porque tampoco había la aceptación de afirmaciones rígidas e inamovibles. El elogio de la «herejía» en Mariátegui puede aparecer contrastado con sus invocaciones al «dogma», pero ocurre que esta palabra, extraída del léxico religioso, tenía solo la acepción, precisada explícitamente, de doctrina que necesitaba ser fecundada con esa renovación constante que solo confería la herejía, siempre y cuando no se tratara de un acto aislado. La heterodoxia solitaria era apenas la expresión del estéril individualismo de ciertos intelectuales. La revista era por el contrario una empresa colectiva —podríamos decir generacional— donde la vanguardia política podía confluir con la vanguardia cultural.

Nadie —entre los asistentes a la tertulia, los amigos o los familiares de Mariátegui— tuvo en ningún momento la sensación de estar en la casa de un hombre enfermo, cuyos días estaban casi determinados. El rasgo personal que todos recuerdan es la inconfundible risa de Mariátegui: espontánea, cálida, amigable.[13] Siempre contagiosa. Sabía matizar su conversación con ironías y bromas: nunca asumió el aire señero del «maestro», ni pretendía tomarse «demasiado en serio». Hasta en la vida cotidiana, Mariátegui sabía mostrar su desdén por la rigidez académica.

Amauta exigió de Mariátegui un ritmo de trabajo cada vez más intenso. Las mañanas quedaron reservadas para la redacción de sus artículos y cartas, con la ayuda de algún mecanógrafo.[14] En las tardes, Mariátegui leía las publicaciones recibidas y a partir de las 6 empezaba la tertulia. A veces el trabajo se prolongaba durante las noches. El agravamiento de su enfermedad complicó su horario porque tuvo que destinar varias horas de la mañana a sus curaciones. Día a día, los dolores eran más intensos. Pero aun en esas circunstancias no perdió su sonrisa característica: así fue conservada su imagen en una película filmada por Martínez de la Torre o en las fotografías de Malanca.[15] Su esposa, el obrero Juan Larrea, el estudiante Navarro o la niña que entonces era Amalia Cavero, ninguno de ellos ha podido olvidar ese gesto optimista, el temple esperanzador, la voluntad afirmativa que se resumía en esa risa tantas veces escuchada en la casa de Washington. Pocos recordaban que años antes, ese mismo hombre había pensado publicar un poemario titulado Tristeza.

Eudocio Ravines recuerda que «discutía con agudeza, en medio de risas constantes y de frases ingeniosas. De su silla de ruedas se alzaba como una estremecedora paradoja: una maravillosa alegría de vivir y, sobre todas las cosas, un vehemente deseo de alargar su vida».[16] Poco tiempo después de su muerte, los estudiantes que comenzaron a editar el periódico universitario Vanguardia, testimoniaron «la alegría matinal de José Carlos, su sonrisa burlona y llena de fina ironía».[17]

Sería erróneo pensar que Amauta fue una revista limeña. Frente a Leguía y el agobiante centralismo, las provincias reclamaban sus derechos. El regionalismo fue otra preocupación generacional. De manera que Mariátegui pensó que su revista podría servir para vincular a los grupos que se habían formado en las ciudades del interior. Hubo varios mecanismos: el intercambio de colaboraciones, el canje de una revista por otra, la incorporación al equipo de los provincianos, primero como distribuidores de Amauta y después como propagandistas de sus ideas. En Trujillo se vincularon de esa manera con el diario El Norte y con Antenor Orrego. En Chiclayo fue el grupo formado por el poeta Nicanor de la Fuente y el periodista Arbulú Miranda, a los que se añadió el cajamarquino Nazario Chávez.[18] Un lugar especialmente significativo fue la sierra central, donde existía un agitado centro de irradiación cultural en Jauja: allí los intelectuales, como Moisés Arroyo o Nicolás Terreros, se habían confundido con los obreros y artesanos, propagandistas del anarcosindicalismo como el impresor Máximo Pecho. Desde Jauja Amauta podía irradiarse a los centros mineros, especialmente a Oroya y Morococha. En esta última localidad apartada —a una altitud superior a los 4000 m.s.n.m.—, Mariátegui tuvo dos buenos colaboradores en Gamaniel Blanco y Adrián Sovero.[19] Pero los grupos mayores se encontraban en el sur andino. En Arequipa, el grupo «Aquelarre», formado por Gibson, había sido desplazado por el iconoclasta «Revolución», donde entre otros destacaba un joven pintor, Jorge del Prado.[20] En Puno, el grupo «Orkopata» difundía las novedades literarias de Lima y también de La Paz y Buenos Aires.[21] En el Cusco, al lado del grupo «Resurgimiento», existía una agresiva agrupación de universitarios llamada «Kuntur»: entre ambos se desarrolló una intensa polémica sobre lo indígena y la revolución social.[22] Esta red de comunicaciones, que comprendía una parte significativa del territorio peruano, se expandió cuando en noviembre de 1928 el esfuerzo de Amauta fue secundado por Labor: aspiraba a constituirse en un quincenario y después tal vez en un periódico, desde cuyas páginas se apoyaría la organización de la Central General de Trabajadores del Perú (CGTP), pero a causa de la represión solo alcanzaron a editarse diez números y un boletín.

Una proyección anacrónica nos llevaría a imaginar que Amauta era la revista destinada a los intelectuales y Labor, a los obreros. La diferencia entre ambas publicaciones radicaba solo en la preponderancia de unos temas sobre otros, en el formato y en la periodicidad pero no necesariamente en el público. La división capitalista del trabajo era rechazada por los izquierdistas de la generación de Mariátegui (José Aricó). Precisamente trataron, desde las Universidades Populares o las páginas de Claridad, de acortar las distancias entre los obreros y los intelectuales. El trato igualitario entre ambos (recordemos lo dicho sobre la amistad entre Mariátegui y Portocarrero) abolía —como observa Guillermo Nugent— cualquier proposición sobre lo que ahora se ha dado en llamar la «difusión popular».[23] La cultura obrera de entonces no hubiera tolerado un trato diferente. Estas concepciones eran acordes con el marxismo: El Capital fue pensado por Marx como una lectura obrera. De igual manera ocurría con Amauta.

Mariátegui, que no era amante de escribir cartas, obligado por su revista debió convertirse en un asiduo corresponsal. A esa tarea reservaba las primeras horas de la mañana. En algunas ocasiones tenía la ayuda de Navarro Madrid o Martínez de la Torre. También Armando Bazán contribuía a mantener el frecuente intercambio con las provincias. Desde el interior llegaban sugerencias: «Acojo con simpatía y adhesión su iniciativa para crear en Labor una página dedicada a los comuneros indígenas», respondía Mariátegui a Arroyo Posadas.[24] Labor permitió la constitución de «núcleos de simpatizantes» en las ciudades de provincias y los barrios obreros de Lima. Fue así como el órgano periodístico y cultural que era Amauta confluyó con las tareas de organización política.

Desde el «rincón rojo» de la calle Washington, Amauta adquirió una dimensión nacional. Tal vez por eso, a diferencia de otras revistas, persistió, pudo durar, no fue una obra efímera. La tenacidad del equipo logró sortear los obstáculos de la represión del régimen leguiista. Poco tiempo después de la clausura de 1927, Armando Bazán le escribía a Nicanor de la Fuente: «Estamos en pleno trabajo para conseguir la reaparición de Amauta. Hay posibilidades para ello. Por esta razón, en Chiclayo también debe iniciarse el trabajo en este sentido. Avísanos a la brevedad posible qué hay de las acciones. Habla con Arbulú Miranda y dile que ya es tiempo de actuar con un poco más de precisión».[25]

Gracias al correo, Mariátegui, ese hombre inmovilizado en Lima, que desde el agravamiento de su enfermedad en mayo de 1924 pocas veces salía de su casa, pudo informarse directamente de los sucesos en el interior del país, propalar sus ideas, incluso sugerir procedimientos organizativos. El hecho no fue ignorado por el Ministerio de Gobierno. Las autoridades policiales optaron por interceptar, revisar y a veces sustraer la correspondencia de Mariátegui. Se tuvo que tomar precauciones: la mayoría de las veces las cartas aparecían remitidas por Anna Chiappe, su esposa, otras por Sandro, su menor hijo. Bazán le decía a Nicanor Mujica que las cartas dirigidas a Mariátegui o a él fueran a la dirección de Jorge Delmar Pinedo. Pero estas precauciones no fueron suficientes para contrarrestar el hostigamiento de Leguía. En ocasiones no se recibían cartas, se interrumpía bruscamente la correspondencia con alguna provincia, o durante meses no se tenía la menor noticia de un colaborador. Todo esto sirvió para generar esa sensación de acoso y aislamiento sentida en los meses finales por Mariátegui.

Fue de similar intensidad el intercambio epistolar con los peruanos en el exilio. Existen cartas intercambiadas entre Mariátegui y César Vallejo. Igualmente con Eudocio Ravines. Las solicitudes de colaboraciones se reiteran en una y otra carta: «Cuando le envié un ejemplar del número de Amauta en que se publicó su lied —le decía a Alfonso de Silva—, le escribí unas líneas pidiéndole nueva colaboración [...] Envíeme para Amauta versos o música. Le mando la revista regularmente a la Legación».[26]

Pero, regresando a la tarea colectiva que fue Amauta, su persistencia también se explica por la «gestión empresarial» que debió desplegar Mariátegui. Era una empresa: se editaban 5000 ejemplares por número que exigían un adecuado sistema de distribución. Para mantener su precaria economía, se recurrió al sistema de avisajes: la increíble capacidad de seducción y convencimiento de Mariátegui explica que entre los auspiciadores, aparte de estudios jurídicos, médicos o librerías, figurasen también empresas industriales, bancos, grandes corporaciones. Los biógrafos de Mariátegui han omitido considerar su capacidad como empresario. Esa vocación databa también de su juventud, cuando partiendo con un magro capital convirtió en una próspera y eficiente empresa periodística a la revista El Turf, desde donde se consiguió popularizar el juego de la polla.[27]

Amauta encontró apoyo financiero en la editorial Minerva, consecuencia de la asociación entre José Carlos Mariátegui y su hermano Julio, fundada en 1927. Minerva proyectó desarrollar tres líneas editoriales: la Biblioteca Moderna, donde se publicarían obras representativas del espíritu contemporáneo, como podrían ser tempranas traducciones de Freud o reediciones de Sorel; la Biblioteca Amauta, donde predominarían los ensayos de contenido social, los estudios sobre las civilizaciones americanas, los análisis sobre la economía y la cultura indígena; finalmente la Biblioteca de Vanguardia, destinada exclusivamente para difundir obras literarias. Venían después algunas traducciones, como la que se hizo de Kyra Kyralina, de Panait Istrati.[28] De todo el proyecto se alcanzó a publicar algunos libros: mencionamos anteriormente a Tempestad en los Andes, al que se añadió una antología de Eguren;[29] El nuevo absoluto, texto compuesto por el joven filósofo Mariano Iberico; y también La escena contemporánea y 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana. Antes de la muerte de Mariátegui estaban anunciados textos de Orrego, Uriel García, Falcón, Basadre y Sánchez. La editorial se enmarcaba dentro de la misma amplitud que la revista.

Amauta y la editorial Minerva aspiraban a una dimensión continental. Por esos años circulaban importantes publicaciones latinoamericanas como la Revista de Avance en Cuba, Repertorio Americano en Costa Rica o La Vida Literaria en Buenos Aires. Desde un inicio, Mariátegui había diseñado a su revista como una «tribuna americana», para lo cual reclamaba, por ejemplo, a Emilio Roig de La Habana, un intercambio de textos originales con los grupos de vanguardia peruanos. De igual modo que con las ciudades de provincias, Amauta debería permitir unir, relacionar y mantener en una estrecha comunicación a los grupos culturales, formados por gente joven y radical, activos en el continente. El país, para los hombres de la época de Mariátegui, se confundía con Latinoamérica, sobre todo cuando existían núcleos de peruanos dispersos desde México hasta Buenos Aires.[30]

México y Buenos Aires, precisamente, acabaron siendo los dos grandes puntos de referencia geográfica en el mapa latinoamericano de Amauta. Pero la imagen se repite entre los redactores de Boletín Titikaka e incluso la podemos encontrar en algún ensayo coetáneo de Sánchez. Eran además las dos vertientes de América Latina: lo vernáculo frente a lo cosmopolita, lo autóctono frente a lo europeo.[31] En un extremo la Reforma Universitaria y en el otro la revolución agraria: dos fenómenos continentales que explican también a Amauta.

De esta manera Amauta quebraba ese tradicional aislamiento cultural andino. Mariátegui, a partir de su revista, desarrolló un activo intercambio epistolar con Samuel Glusberg: le mandaba ejemplares de Amauta y recibía La Vida Literaria, pero también intercambiaron libros entre Minerva y Babel.[32] Glusberg pensó en un número especial de su revista dedicado al Perú donde, además de Mariátegui, colaborarían Eguren y Núñez. Todos estos intercambios derivaron, como veremos posteriormente, en el proyectado viaje que Mariátegui haría a Buenos Aires.[33]

Amauta fue un nexo entre Lima y las provincias, de un lado, y Lima y el continente, del otro. A veces las fronteras se expandieron, en el intercambio epistolar entre Mariátegui y Henri Barbusse. A la casa de Washington llegaron también ejemplares de La Verité y otros órganos de la naciente oposición de izquierda parisina. Desde luego que también llegaba La Correspondencia Internacional, en favor de cuya difusión instaba Mariátegui a sus colaboradores provincianos. Amauta terminó por ser algo más que una revista: fue la antesala del partido.

  1. ↑ Jorge Basadre, Equivocaciones. Ensayos sobre literatura penúltima, Lima, Casa Editorial La Opinión Nacional, 1928, p. 41.
  2. ↑ Antenor Orrego (1892-1960), filósofo y ensayista [CA].
  3. ↑ El mejor estudio sobre Amauta se debe a Alberto Tauro, Amauta y su influencia, Lima, Empresa Editora Amauta, 1960. En las páginas que siguen hemos aprovechado múltiples referencias del importante libro de Estuardo Núñez, La experiencia europea de Mariátegui, Lima, Empresa Editora Amauta, 1978; las observaciones eruditas se intercalan con recuerdos del propio Núñez, joven contertulio de Mariátegui en la casa de Washington izquierda.
  4. ↑ Leonidas Yerovi (1881-1917), escritor y periodista.
  5. ↑ «Del periodismo, crecido y modernizado en los primeros quince años del siglo, surgió una personalidad que la Universidad no había podido producir». Jorge Basadre, Perú: problema y posibilidad, ed. cit., pp. 194 y 195.
  6. ↑ Jorge Basadre, «La literatura peruana», en La Sierra, Lima, año II, No. 16-17, mayo de 1928.
  7. ↑ Gastón Roger, «José Carlos Mariátegui», en Mercurio Peruano, Lima, año XIII, vol. xx, No. 139-140, pp. 205 y 206.
  8. ↑ «Es de gran importancia que la clase obrera tenga una imprenta y una prensa de su propiedad donde pueda revelar su pensamiento y su opinión frente a todos los problemas de carácter económico, social y político que se le presentan a diario». «Boletín de la editorial obrera Claridad», en Biblioteca Nacional, Lima, Volantes, 19 de julio de 1926.
  9. ↑ Alberto Zum Felde, «El Perú de Mariátegui», en Mercurio Peruano, Lima, año XII, vol. xviii, mayo-junio de 1929, pp. 129 y 130.
  10. ↑ Entrevista a Jorge del Prado, en Unidad, Lima, No. 516, 17 de enero de 1975, p. 11. Entrevistas a Amalia Cavero (28 de mayo de 1980), Estuardo Núñez (18 de julio de 1980) y Ángela Ramos (21 de julio de 1980).
  11. ↑ Entrevistas a Antonio Navarro Madrid (21 de mayo de 1980) y Moisés Arroyo Posadas (2 de julio de 1980).
  12. ↑ Entrevistas a Estuardo Núñez (18 de agosto de 1980) y César Miró (1º de julio de 1980).
  13. ↑ Entrevista a Gloria Ferrer (4 de julio de 1980).
  14. ↑ Entrevista a Anna Chiappe (24 de mayo de 1980).
  15. ↑ José Malanca (1897-1967), pintor y fotógrafo argentino, autor de algunos de los retratos más conocidos de Mariátegui [CA].
  16. ↑ Eudocio Ravines, La gran estafa (la penetración del Kremlin en Iberoamérica), México, Libros y Revistas S.A., 1952, p. 157.
  17. ↑ Vanguardia, Lima, No. 2, junio de 1930, p. 2, Archivo Moisés Arroyo Posadas.
  18. ↑ Wilfredo Kapsoli, «Mariátegui y la cultura nacional», en Suceso, Lima, 8 de octubre de 1978.
  19. ↑ Entrevistas a Moisés Arroyo (9 de julio de 1980) e Isaías Contreras (29 de mayo de 1980).
  20. ↑ Entrevista a Jorge del Prado (15 de julio de 1980).
  21. ↑ Cfr. Editorial Titikaka, después convertido en Boletín Titikaka.
  22. ↑ Entrevistas a Julio Gutiérrez (Cusco, 7 de junio de 1980), Román Saavedra (Cusco, 9 de junio de 1980) y Estela Bocángel (Cusco, 9 de junio 1980). Estas entrevistas fueron conseguidas gracias a la invalorable ayuda que nos prestó José Tamayo Herrera, a quien encontramos en Cusco cuando proseguía su investigación sobre el indigenismo en el sur andino.
  23. ↑ Conferencia dictada por Guillermo Nugent en la Facultad de Letras de la Universidad Católica en 1981 [MM].
  24. ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Moisés Arroyo Posadas, Lima, 5 de junio de 1929, Archivo Arroyo Posadas.
  25. ↑ Carta de Armando Bazán a Nicanor de la Fuente, citada en Oscar Castillo Paz, El movimiento obrero en Lambayeque, 1900-1930, Lima, TAICSE-CEAR, 1977. Gracias a la ayuda de Oscar Castillo pudimos entrevistar a Carlos Arbulú Miranda (21 de junio de 1980).
  26. ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Alfonso de Silva, Lima, 28 de febrero de 1927, Archivo Juan Mejía Baca.
  27. ↑ Entrevista a Patricio Ricketts (24 de mayo de 1980).
  28. ↑ Traducida por J. Eugenio Garro, Editorial Minerva publicó esta novela en 1926 [CA].
  29. ↑ José María Eguren, Poesías, Lima, Editorial Minerva, 1929 [CA].
  30. ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Emilio Roig, 23 de octubre de 1926, citada por Winston Orrillo, «La solidaridad cubana con Mariátegui: cartas inéditas», en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Lima, No. 4, 1976, p. 134.
  31. ↑ Luis Alberto Sánchez, Se han sublevado los indios. Esta novela peruana, Lima, Casa Editorial La Opinión Nacional, 1928; Boletín Titikaka, Puno, agosto de 1926, p. 1: «desde México, el gran país cuya autoctonía orienta los ideales de América, hasta Buenos Aires, donde se confunden las herencias de Europa y producen un nuevo tipo de cultura».
  32. ↑ Babel fue un sello editorial fundado por Samuel Glusberg en Buenos Aires a comienzos de la década de 1920. También fue el título de una revista dirigida por él y que se publicó entre 1921 y 1928 [CA].
  33. ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Samuel Glusberg, Lima, 18 de febrero de 1930, Archivo José Carlos Mariátegui. Mariátegui, por intermedio de Glusberg, envió el libro Poesías, de José María Eguren, a Jorge Luis Borges.