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Biblioteca:La agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern/Un disidente tenaz: el Mariátegui de Flores Galindo

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Un disidente tenaz: el Mariátegui de Flores Galindo[1]

Carlos Aguirre - Universidad de Oregón

El Mariátegui del historiador Flores Galindo, el definitivo, era irreverente, apasionado, agónico, el amigo que nunca conocimos, pero que muchos hubiéramos querido tener como compañero de carpeta o de trabajo o de partido. - Carlos Iván Degregori[2]

Alberto Flores Galindo (1949-1990) fue uno de los más importantes y prolíficos historiadores peruanos del siglo XX. Su vasta obra, realizada en menos de dos décadas, cubre un amplio abanico de temas y períodos históricos: los efectos de la conquista sobre los pueblos andinos, la sociedad colonial y sus contradicciones, la rebelión de Túpac Amaru, las guerras de independencia, los movimientos campesinos, el marxismo y las izquierdas, los intelectuales, la violencia, la tradición autoritaria en la sociedad peruana, el racismo, la mentalidad y cultura andinas, y otros. Su libro más conocido e importante, Buscando un Inca. Identidad y utopía en los Andes, por el cual obtuvo el premio Casa de las Américas en 1986, ofreció una interpretación de la historia peruana sustentada en el enfrentamiento entre el mundo andino y Occidente y la recurrencia de lo que él llamó «la utopía andina», una construcción cultural y política que sirvió para dar sentido a diversos proyectos de transformación.[3]

Flores Galindo fue también un intelectual de izquierda, identificado desde su juventud con las banderas del socialismo. Militó en el FRES (Frente Revolucionario de Estudiantes Secundarios) y en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Como ocurrió con tantos otros jóvenes estudiantes de la década de 1960, su despertar intelectual y político se dio bajo el impacto de la Revolución Cubana, las guerrillas, la muerte del Che Guevara, el surgimiento de la llamada «nueva izquierda» y, en el escenario peruano, el nacionalismo militar nacido del golpe del 3 de octubre de 1968. Flores Galindo leyó 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui, cuando era todavía estudiante de secundaria y luego, ya en la Universidad Católica, organizó con otros estudiantes un círculo de estudios para discutir a Mariátegui, de quien leería «casi todas sus obras publicadas».[4] Lector precoz y ecléctico, desarrolló desde joven una curiosidad intelectual y un espíritu crítico y abierto que se oponían al dogmatismo, la rigidez y el sectarismo característicos de ciertos sectores de la izquierda peruana. A partir de su estadía en París, donde cursó estudios doctorales entre 1972 y 1974, optó por alejarse de la militancia partidaria. Según Cecilia Rivera, su esposa, Flores Galindo se convenció de que «tal como se organizaban los partidos políticos —jerárquicos y autoritarios— la militancia en ellos era incompatible con su manera de entender la relación entre conocimiento y política».[5] Ese alejamiento de la militancia no supuso en modo alguno su abandono de la política: su compromiso con la izquierda y el socialismo fue, hasta el final de sus días, tan genuino como libre.

Como historiador, entendió la práctica de su disciplina como un diálogo con el presente y una intervención política en la batalla de las ideas y las visiones sobre el pasado. Ya en su tesis de bachillerato de 1972 sobre «Los mineros de la Cerro de Pasco, 1900-1930» se puede percibir su interés por escribir una «historia desde abajo» e iluminar las experiencias de quienes aspiraban a ser o eran vistos como los sujetos de la revolución y el cambio social.[6] En ese temprano trabajo se ocupó también de Mariátegui, el Partido Socialista, la polémica con Haya de la Torre, los orígenes del movimiento obrero y otros temas que luego retomaría en numerosos escritos y, especialmente, en La agonía de Mariátegui.

Durante su estadía en París, según se deduce de las cartas enviadas a su amigo y colega Manuel Burga, sus intereses historiográficos se orientaban hacia el siglo XVIII, especialmente el estudio de la rebelión de Túpac Amaru, sobre la cual proyectó escribir su tesis doctoral. Sus lecturas y reflexiones sobre las décadas iniciales del siglo XX y otros asuntos de la historia política contemporánea, sin embargo, no se interrumpieron. Al mismo tiempo, profundizaba en su formación teórica y metodológica siguiendo el derrotero de autores y libros marxistas. Un hito importante en la consolidación de sus intereses intelectuales y políticos fue el descubrimiento de Antonio Gramsci. En una carta a Burga del 2 de abril de 1974 escribió:

[Estoy] tratando de terminar un artículo sobre problema nacional y problema campesino, avanzando la tesis y leyendo a Gramsci: las cosas que ha escrito sobre política y los conceptos que ha desarrollado servirían para escribir de nuevo la historia política del Perú. Me he convencido de que es una tontera pensar la historia política en «sí misma», como historia externa. Ha sido externa por el enfoque que se le ha dado: descriptivo, empirista, superficial. El análisis histórico de Gramsci sobre el Resurgimiento italiano muestra otras posibilidades.[7]

Poco después, en carta del 20 de mayo del mismo año, volvería sobre el mismo tema:

[D]urante estos últimos días, en el tiempo que he podido (Metro, cola de restaurante uni, etc.) he emprendido la lectura sistemática de Gramsci. Es realmente un marxista muy lúcido: su planteamiento del problema político, los conceptos que utiliza, el razonamiento, son indispensables para pensar cualquier historia política o cultural. El análisis que realiza Gramsci de los intelectuales en Italia puede servir para pensar ese problema en el Perú [...]. Los [conceptos] de partido, hegemonía, bloque histórico serían indispensables para analizar en el Perú la actuación de los tres personajes principales de la vida política contemporánea: el ejército, el comunismo y el aprismo. Gracias a Gramsci en Italia no se ha descuidado la historia política como en Francia […]. Lo revelador de este mundo teórico es que al parecer el centro del marxismo no está dado por la economía, por el estudio de la estructura, sino por el estudio de la política, pero la política como confluencia de lo político propiamente dicho (un territorio determinado, conceptos, leyes, métodos) [con] la economía, la cultura, la sociedad: volver al hilo conductor de la lucha de clases. Pensar la historia en términos de clase más que de estructuras. Volver a un marxismo viviente, guía de la acción y producto de la acción, romper con el distingo pasado-presente, pensar que toda historia es historia presente. Como ves estoy entusiasmado. El entusiasmo es siempre un buen remedio contra el aislamiento y la soledad.[8]

Resulta imposible no ver en este descubrimiento de Gramsci uno de los ejes teóricos y metodológicos que luego inspirarían su producción historiográfica y, en particular, sus reflexiones sobre Mariátegui: Gramsci ofrecía herramientas para repensar la política, la historia y la cultura, como habrían de descubrirlo también los llamados «gramscianos argentinos», incluyendo a José Aricó, a quien me referiré más adelante.[9]

A mediados de 1974, Flores Galindo volvió al Perú y se reintegró al trabajo universitario. Al mismo tiempo, empezó a participar activamente en debates políticos e intelectuales. El país vivía con incertidumbre los que resultaron ser los meses finales del Gobierno de Velasco Alvarado, asediado por protestas y disturbios populares (5 de febrero de 1975), la precaria salud del presidente y el fortalecimiento de los sectores derechistas de las fuerzas armadas. Flores Galindo maduró como historiador e intelectual público en esa segunda mitad de la década de 1970, por lo demás plena en acontecimientos políticos: la caída de Velasco en agosto de 1975 y la instauración del régimen de Morales Bermúdez y sus políticas antipopulares y represivas, el contundente paro nacional de julio de 1977, las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1978 en las que la izquierda obtuvo el 28 % del voto popular, la muerte de Haya de la Torre en agosto de 1979 y la convocatoria a elecciones generales para mayo de 1980. Fueron años de vertiginosa producción ensayística y periodística para Flores Galindo. Entre 1975 y 1980 publicó, aparte de una gran cantidad de artículos en diarios, suplementos y revistas, un volumen de ensayos sobre Túpac Amaru,[10] un libro sobre la historia regional de Arequipa,[11] diversas compilaciones de ensayos para los estudiantes de la Universidad Católica, y el libro Apogeo y crisis de la República Aristocrática, escrito con Manuel Burga.[12] En 1978 asumió la dirección de la revista Allpanchis, una tarea que lo acercó al estudio del mundo andino y reforzó sus preocupaciones interdisciplinarias.

Eran años de intensos debates al interior de la izquierda peruana: las vías para acceder al poder, el tipo de partido que conduciría la revolución, la necesaria pero compleja articulación del socialismo con lo que se llamó «el problema nacional» y el rol del campesinado y la cultura andina en la construcción del socialismo, entre otros temas, reclamaban atención y generaban interminables discusiones. El experimento de Velasco había mostrado las posibilidades y límites de una revolución desde arriba llevada a cabo por militares y tecnócratas. La caída de Allende en Chile había expuesto, de manera dolorosa, las dificultades para construir el socialismo por la vía pacífica, democrática y plural. Las múltiples corrientes de la izquierda peruana —moscovitas, maoístas, trotskistas, guevaristas, polpotianas y otras— solían invocar, además de Marx, Lenin, Trotsky y Mao, a José Carlos Mariátegui, el fundador incuestionable del pensamiento marxista en el Perú y a cuyos escritos acudían, como los fieles cristianos a la Biblia, en busca de la palabra sagrada que marcara el derrotero a seguir. El grupo más dogmático de todos (aunque en esto tenía seria competencia) utilizaba un eslogan del que luego se derivaría su sobrenombre: «Por el sendero luminoso de José Carlos Mariátegui». Mariátegui se había convertido en un «modelo para armar», como solía repetir Flores Galindo en una expresión con resonancias cortazarianas.[13] Cada partido o facción armaba «su» Mariátegui. Las polémicas de esos años, en las madrugadas frías de la Plaza San Martín o en atiborrados auditorios universitarios, enfrentaban a dirigentes políticos, intelectuales y estudiantes premunidos de libros y listos para arrojarse uno al otro las citas precisas de Mariátegui que «probaban» su verdad: eran los «mariategueros», como los bautizó José Ignacio López Soria.[14]

Al mismo tiempo, sin embargo, y por caminos distintos pero confluyentes, investigadores peruanos y extranjeros estaban empeñados en ofrecer una imagen más compleja de Mariátegui y su época: el Oncenio de Leguía, las luchas obreras, la fundación del Partido Socialista y el APRA, y la polémica y ruptura con Haya de la Torre. Autores como Piedad Pareja, Denis Sulmont, César Germaná, Baltazar Caravedo, Wilfredo Kapsoli y otros, con mayor o menor rigor y originalidad, acudieron a los archivos y hemerotecas y empezaron a dar forma a una imagen mucho más rica de la época y sus protagonistas. Flores Galindo formó parte de ese esfuerzo colectivo, tanto con su libro sobre los mineros de Cerro de Pasco ya mencionado como con una serie de textos sobre Mariátegui. En 1975 publicó un breve artículo sobre la polémica Haya-Mariátegui y fue entrevistado en la revista Mundial en torno a la fundación del Partido Comunista; en 1976 publicó un artículo sobre los comunistas y la crisis del 30; en 1978, dos textos más, «El marxismo peruano de Mariátegui» y «Defensa de Mariátegui. Respuesta a Juan José Vega», ambos en la revista Amauta; en 1979 publicó el ensayo «Marxismo y sociedad andina: derrotero de un malentendido» en la revista Allpanchis; y poco después trató el tema de los intelectuales, el problema nacional y la polémica Haya-Mariátegui en el ya mencionado libro que escribió con Manuel Burga, Apogeo y crisis de la República Aristocrática.[15]

Por otro lado, algunos estudiosos extranjeros empezaron también a analizar rigurosamente a Mariátegui: Antonio Melis en Italia, Robert Paris en Francia, Harry Vanden y Jesús Chavarría en Estados Unidos y, especialmente, José Aricó en Argentina y luego en México, donde estuvo exiliado, ofrecieron interpretaciones novedosas que iban más allá de la mariateguería.[16] Aricó (1931-1991) se había embarcado desde hacía algún tiempo en un doble proyecto teórico y político. Por un lado, la búsqueda de repensar la tradición marxista a través de un proceso de traducción y sistematización de textos, tanto clásicos como otros menos conocidos, y que se plasmó sobre todo en la serie Cuadernos de Pasado y Presente, una colección de 98 títulos publicados a lo largo de quince años.[17] Por otro, la formulación, a través de relecturas y reflexiones propias, de un «marxismo latinoamericano», es decir, una manera «nuestra», propia, de interrogar al marxismo y ofrecer interpretaciones y soluciones acordes con la realidad concreta de los países de la región. Fue en esta búsqueda que Aricó descubrió a Mariátegui. En una entrevista de 1986 recordaría que, aunque se había «ocupado» de Marx y Mariátegui mucho antes de su viaje a México en 1976, «el giro de la investigación, los caminos que recorrió para avanzar en un terreno tan movedizo, los resultados que pueda haber alcanzado, todo esto se hizo en el exilio mexicano y pienso que le deben mucho a él».[18] Por esos años trabajaba en un libro que nunca llegó a terminar y al que se refería coloquialmente como «el mamotreto»: una historia del comunismo y socialismo latinoamericanos (el título y enfoque variaron con el tiempo).[19]

En 1978, dentro de la serie Cuadernos de Pasado y Presente, Aricó publicó el volumen colectivo organizado por él, Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, llamado a generar importantes debates y a renovar los estudios mariateguistas.[20] El volumen ofrecía un panorama muy amplio de temas y autores y su organización en secciones, aunque de títulos algo mecánicos, revela el tipo de asedios a Mariátegui que Aricó buscaba promover.[21] La extensa introducción de Aricó partió de una afirmación contundente: los 7 Ensayos, «con todos los errores o limitaciones que puedan contener […], siguen siendo, a cincuenta años de su publicación, la única obra teórica significativa del marxismo latinoamericano».[22] Aricó hizo un apretado balance de los estudios mariateguistas y trazó las líneas maestras de una nueva interpretación que lo ponía al centro de lo que ya se venía llamando «marxismo latinoamericano». Para Aricó, Mariátegui hizo suya una interpretación «tendencialmente antieconomicista y antidogmática» del marxismo, «en una época en que intentarla desde las filas comunistas era teóricamente inconcebible y políticamente peligrosa».[23] Aricó dedicó algunas páginas a glosar las experiencias italianas de Mariátegui, incluyendo la lectura de autores como Benedetto Croce y Piero Gobetti, a las que atribuyó una influencia decisiva en la formación de su pensamiento. En seguida pasó revista a las múltiples apropiaciones y lecturas de Mariátegui, sobre todo a partir de su muerte, y finalmente ofreció una reconstrucción de los varios elementos históricos, culturales y políticos que ayudan a comprender la formación ideológica de Mariátegui, tanto peruanos —el problema del indio, las revueltas campesinas, el surgimiento del indigenismo, el nacimiento y maduración del movimiento obrero y la ruptura con el APRA— como internacionales —el distanciamiento de la Komintern—. Para Aricó, el marxismo de Mariátegui era consustancial a una lectura de la realidad nacional, como lo dejó estampado en el título de su clásico libro: «Mariátegui nunca aparece más marxista que cuando se afirma en el carácter peculiar de la sociedad peruana para establecer una acción teórica y política transformadora».[24]

Aricó visitó Lima ese mismo año, 1978, invitado por Sinesio López y otros profesores de sociología de la Universidad Católica para dirigir un seminario sobre Gramsci y las posibilidades de formular un «marxismo abierto». Una vez en Lima, Aricó cambió de idea y dedicó el seminario a Mariátegui: «Sus charlas mariateguianas —recordó López en 1991— dejaron huellas profundas y, sobre todo, dieron origen a productos valiosos. El más brillante de todos fue, sin duda, La agonía de Mariátegui de Alberto Flores Galindo, con quien entabló una sólida amistad».[25] En una nota, al comentar esas presentaciones, Flores Galindo resaltó la «especial pasión» con que Aricó trasmitió «una imagen poco convencional de Mariátegui», a quien dibujó como alguien «poco ajustado al “dogma”».[26] Pero las interpretaciones de Aricó fueron también objeto de duras críticas por parte de intelectuales vinculados al Partido Comunista: algunos, como César Lévano, lo acusaron de promover un «reacercamiento al aprismo», mientras que Ricardo Luna Vegas diría, en otro momento, que la lectura que Aricó hacía de Mariátegui era «maliciosa» y «distorsionadora».[27]

La influencia de Aricó en Flores Galindo es innegable, aunque es necesario despejar cualquier tentación de ver en su relación algo parecido a la conocida imagen de maestro-discípulo. Tiene razón Sinesio López en enfatizar las «huellas» de Aricó, pero habría que recordar que Flores Galindo venía escribiendo y reflexionando sobre Mariátegui prácticamente desde comienzos de la década de 1970. Los acercaba la visión que ambos tenían de Mariátegui como un pensador heterodoxo, crítico y con una fuerte carga culturalista, ajeno a las rigideces de la III Internacional y profundamente enraizado en la experiencia peruana. También la convicción de que para entenderlo en su justa dimensión había que colocarlo en unas coordenadas históricas precisas. La agonía de Mariátegui contiene numerosas referencias a Aricó, generalmente para subrayar puntos de acuerdo:

Tratar de recobrar la imagen cotidiana de Mariátegui como político, con sus tensiones y conflictos, sus errores y sus aciertos, descubrir al hombre tras la maraña de la retórica, era el propósito que me había trazado en este libro. Esto me ubica tras los pasos seguidos antes por Jesús Chavarría y José Aricó, si partía admitiendo que Mariátegui significaba una manera propia e independiente de pensar a Marx.[28]

Y en otro momento escribe: «Aricó, un hijo de la derrota del movimiento popular argentino, termina seducido por la posibilidad de elaborar, desde una sociedad atrasada como el Perú, una manera inédita de pensar a Marx».[29] Los separaban, sin embargo, algunas diferencias, tanto en la interpretación de Mariátegui como en la propuesta política que buscaban articular. Una de ellas era la relación entre Mariátegui y Haya de la Torre: Flores Galindo creía percibir en Aricó un esfuerzo por acercarlos, algo que según él no se fundamentaba en las evidencias.[30] Y mientras Aricó apostaba ya, a fines de la década de 1970, por un socialismo democrático,[31] Flores Galindo persistía en una opción revolucionaria que no terminaba de reconciliarse con la democracia liberal. La diferencia principal, sin embargo, radicaba en que, para Flores Galindo, Aricó buscaba «construir un Mariátegui de acuerdo con nuestras necesidades».[32] Algunos años después, en 1986, resumiría así su diferencia fundamental con Aricó:

La discrepancia de fondo [...] es que, a mi entender, a Aricó no le interesa tanto Mariátegui, cuando utiliza a Mariátegui para, a través de él, proponer algunas ideas sobre el socialismo en América Latina. En esencia Aricó hace lo mismo que han hecho otros, llámense trotskistas, maoístas, gramscianos, con Mariátegui: construir un Mariátegui trotskista, un Mariátegui maoísta, un Mariátegui gramsciano. Aricó construye un Mariátegui de acuerdo con su propia concepción del socialismo y emplea como los otros a Mariátegui como si fuese él una especie de megáfono.[33]

Más allá de estas diferencias, el encuentro con Aricó —erudito conocedor de la tradición y los textos del marxismo, agudo lector de Mariátegui y legendario editor de revistas y colecciones— confirmó al joven historiador peruano que su aproximación y muchas de sus interpretaciones estaban bien encaminadas. Aricó fue, sin la menor duda, una influencia decisiva en la concepción y ejecución de La agonía de Mariátegui.

***

En fecha que no he podido precisar, hacia fines de 1979, se reunió en Ayacucho un congreso de sociología en el que participó Flores Galindo. Historiador de formación pero siempre abierto hacia las otras ciencias sociales, presentó en ese evento una ponencia sobre Mariátegui cuyo título se desconoce y cuyo texto original, al parecer, no ha sobrevivido. En ese congreso, según el testimonio de Maruja Martínez, Flores Galindo «polemizó particularmente con algunos profesores ayacuchanos pertenecientes a lo que luego sería más conocido como “Sendero Luminoso”» y fue allí, dice Martínez, que el proyecto de escribir La agonía de Mariátegui «fue concebido».[34] Aunque no lo dice explícitamente, Martínez sugiere que la motivación detrás del proyecto de escribir La agonía de Mariátegui nació de la confrontación con representantes de Sendero Luminoso. No es un dato anecdótico. A su regreso a Lima y durante los siguientes seis meses, según Martínez, Flores Galindo se dedicó a escribir el libro.

El propio Flores Galindo sitúa el origen del libro no en Ayacucho sino en una conversación, también hacia fines de 1979, con Oscar Dancourt, director de la revista Amauta. La izquierda se hallaba por entonces enfrascada en discusiones de tipo electoral con vistas a los comicios de mayo de 1980. Varios partidos de diversa filiación ideológica, incluyendo trotskistas y maoístas, se agruparon en la Alianza Revolucionaria de Izquierda (ARI) que, según Flores Galindo, buscaba construir «una izquierda de masas y con raíces en la sociedad peruana».[35] Dancourt le sugirió a Flores Galindo que escribiera algunos artículos sobre «la defensa que de similares posiciones había hecho Mariátegui, en 1929, en polémica con la Internacional».[36] Flores Galindo, como señalé anteriormente, llevaba ya algún tiempo reflexionando sobre Mariátegui, el socialismo y la elusiva constitución del Perú, un país con una mayoría indígena, en una nación.

Flores Galindo aceptó la invitación de Dancourt y en enero de 1980 inició la publicación en Amauta de una serie de artículos en torno a los temas antes mencionados: «Mariátegui: ¿Un nacionalista burgués? ¿Partido Comunista o Partido Socialista?» (10 de enero); «Mariátegui y el PC: el porqué de una discusión» (31 de enero); «La heterodoxia de Mariátegui» (7 de febrero); «Mariátegui y los indigenistas» (14 de febrero); «Haya, Mariátegui y el europeísmo» (21 de febrero); y «Mariátegui: imagen de un político» (17 de abril). Además, publicó en la revista Nueva Sociedad correspondiente a marzo-abril «Socialismo y problema nacional» y, en la revista Marka, «Mariátegui, cincuenta años de actualidad» (10 de abril). Basta echar una mirada a los títulos de estos textos para reconocer aquí algunos de los ejes temáticos de lo que luego sería La agonía de Mariátegui. Algunos de estos artículos fueron comentados y criticados en distintos predios de la izquierda peruana.[37]

Combinando los testimonios de Maruja Martínez y el propio Flores Galindo sobre la génesis de La agonía de Mariátegui, queda claro que el trabajo para el libro se inició a comienzos de 1980. Fue un libro pensado y fraguado en los debates al interior de la izquierda y trabajado con un sentido de urgencia que no dudo en llamar agónico. Mientras Flores Galindo reflexionaba y escribía sobre Mariátegui, ocurrieron algunos hechos que contribuyeron a alimentar esa sensación de urgencia. En el frente político interno, la ARI terminó rompiéndose por falta de acuerdo entre los partidos que la integraban sobre quiénes debían liderar la alianza, hecho que desató una seria crisis al interior de la izquierda.[38] El 17 de mayo, en la víspera de las elecciones generales, Sendero Luminoso, agitando las banderas ideológicas de Mao y Mariátegui, dio comienzo a su sangrienta guerra por el poder. En el terreno de la reflexión y el pensamiento, un hito decisivo fue la realización del Coloquio Internacional «Mariátegui y la revolución latinoamericana», organizado por José Aricó en la Universidad Autónoma de Sinaloa, en Culiacán, del 14 al 18 de abril de 1980.[39] El evento coincidía con la conmemoración de los cincuenta años de la muerte de Mariátegui.

Flores Galindo participó con una ponencia sobre el joven Mariátegui, su formación intelectual y su extensa obra periodística.[40] En ese evento, que reunió a los más importantes estudiosos de Mariátegui, se produjeron intensas discusiones que enfrentaron a las visiones críticas, renovadoras y heterodoxas sobre Mariátegui con otras más ortodoxas y rígidas.[41] En un artículo escrito luego del coloquio, Flores Galindo criticó ácidamente a quienes «fueron exclusivamente a “celebrar” a Mariátegui (los cincuenta años de su muerte), realizando todas las concesiones posibles al retorismo y el mal gusto». En cambio, celebró la presencia de aquellos «más interesados en “discutir” sus planteamientos, ubicándolos al interior de la conflictiva historia del socialismo y del movimiento comunista».[42] Uno de los temas de discusión fue la relación de Mariátegui con el APRA y la III Internacional. Según Martín Cortés, quien ha tenido acceso a las grabaciones, dada la cercanía del proceso electoral en el Perú, esa relación se discutió «en más de una ocasión en alusión implícita al proceso peruano, sosteniéndose (o rechazándose) una afinidad entre Mariátegui y el APRA —y por ende una distancia mayor con la Internacional— que se leía a la luz de las posiciones a tomar en el proceso electoral». Flores Galindo, según la transcripción de los debates, «se esfuerza por colocar a Mariátegui a distancia tanto de la Internacional como de las posiciones de Haya de la Torre».[43] Tengo la impresión de que Flores Galindo volvió de ese coloquio no solo enriquecido con las ponencias, debates y conversaciones, sino más convencido que antes de la necesidad de sistematizar en un libro la recuperación de Mariátegui como un pensador y político marxista heterodoxo, independiente, crítico, original y, por eso mismo, enfrentado con quienes representaban el dogma, la rigidez intelectual y política y la imposición de consignas elaboradas desde fuera de la realidad peruana. La polémica con la Komintern sería el nudo central que permitió a Flores Galindo reconstruir el período final de la vida de Mariátegui en el que, al tiempo que maduraba su pensamiento, colisionaba con las posiciones dogmáticas de la III Internacional.

A su regreso a Lima, Flores Galindo redobló su dedicación al libro. La secuencia de entrevistas que hizo a testigos de la época y cuyos testimonios cita a lo largo del libro muestra la intensidad y urgencia del esfuerzo: aunque hay una con Javier Mariátegui, hijo de José Carlos, el 12 de abril (casi a punto de viajar a Culiacán), el grueso de entrevistas ocurre en mayo (9), junio (9) y julio (10): 28 entrevistas en tres meses, es decir, prácticamente una cada tres días. Una última, con Estuardo Núñez, se realizó el 18 de agosto. Fueron sin duda meses de actividad febril: no es difícil imaginar a Flores Galindo revisando materiales en hemerotecas, consultando archivos, contactando y reuniéndose con sus entrevistados y luego transcribiendo las conversaciones. Al mismo tiempo ordenaba ideas y fichas y redactaba borradores de capítulos y textos para su publicación, todo eso en medio de múltiples ocupaciones en la universidad, su participación en eventos académicos y políticos y su trabajo en otros proyectos de investigación. En junio de 1980 coordinó un número especial de la revista Allpanchis sobre «Mariátegui y el mundo andino».[44] Hacia octubre de 1980 ya había terminado el libro, cuyo título provisional fue «Mariátegui como político». Con ese anodino título lo leyó su amigo y colega Manuel Burga, de cuya reseña he tomado el dato.[45] Con el inspirado e inmejorable título La agonía de Mariátegui apareció en noviembre publicado por DESCO, un centro que combinaba la promoción del desarrollo con el trabajo intelectual. Casi inmediatamente empezaron a aparecer reseñas y comentarios, a los que me referiré más adelante.

DESCO publicó una segunda edición en 1982, que incluyó como anexo el artículo sobre el joven Mariátegui antes mencionado. En 1989 se publicaría la tercera edición, muy ampliada, a cargo del Instituto de Apoyo Agrario.[46] A partir de esta edición, el libro se organizó en dos partes: la primera, «La polémica con la Komintern», contiene el texto original de la edición de DESCO de 1980; la segunda, «La aventura inconclusa», reúne una serie de artículos de diferente extensión que Flores Galindo escribió alrededor de Mariátegui. Luego se publicaron tres ediciones más: la española de la Editorial Revolución de Madrid en 1991; la edición incluida en el volumen II de las Obras completas de Flores Galindo, aparecido en 1994; y una edición venezolana, publicada en 2009 por la Fundación Editorial El Perro y la Rana.[47]

***

¿Dónde radican la originalidad y el aporte de La agonía de Mariátegui? ¿Cuáles son las virtudes que lo hacen sobresalir dentro de la abundante bibliografía sobre Mariátegui? En el anexo titulado «Sobre las fuentes», Flores Galindo resumió de manera bastante didáctica el propósito que guio la escritura del libro:

Se trataba de emprender la crítica de la imagen mitificada de Mariátegui —esa especie de ícono y de infaltable referencia para avalar cualquier posición política— y encontrar en sustitución al hombre, al personaje histórico: hacía falta entonces ubicar la polémica con la Komintern en la sociedad peruana durante las postrimerías del régimen de Leguía, releerla desde la biografía de Mariátegui y restablecer las vinculaciones entre este y sus contemporáneos. El análisis histórico proporcionaría un cierto «efecto de distanciamiento» imprescindible para no subordinar la interpretación a las tácticas políticas actuales. Ocurre que, al lado de la imagen del ícono, Mariátegui había terminado en una especie de «megáfono» por intermedio del cual la izquierda propalaba sus posturas políticas, al margen de cualquier respeto a la fidelidad del pensamiento mariateguista[48] (énfasis agregados).

Este ejercicio de desmitificación e historización del personaje se tradujo en una serie de argumentos a ratos audaces, siempre ingeniosos y con frecuencia polémicos. Sobre la relación con la Komintern, Flores Galindo presentó una tesis contundente y arriesgada: Mariátegui fue víctima del sectarismo de los funcionarios de la Komintern que no concebían la posibilidad de una manera propia, peruana, indoamericana y asistemática de pensar el marxismo, la revolución y el partido. Mariátegui era visto como un intelectual diletante más que como un hombre de partido, y por eso mismo resultaba sospechoso: su principal libro incluía en el título las palabras «ensayos» y «realidad peruana», inaceptables para quienes concebían el marxismo como una ideología cerrada que no admitía interpretaciones o adaptaciones. Aislado y abandonado, aun por algunos de sus colaboradores más cercanos, Mariátegui preparaba, al momento de su muerte, su salida del Perú para ir a radicarse en Buenos Aires, donde pensaba continuar con su proyecto de Amauta.

El marxismo de Mariátegui, por otro lado, fue «elaborado lejos de cualquier academicismo, envuelto por los acontecimientos, sumergido en la vida cotidiana, vástago de esas mismas calles y multitudes que alentaron el oficio periodístico del joven Mariátegui».[49] Mariátegui, según Flores Galindo, no fue un ideólogo y nunca quiso escribir un manual o un tratado doctrinario; el suyo fue un marxismo hecho al «ritmo rápido, breve y martillante de su máquina de escribir», como solía repetir Flores Galindo, y en relación estrecha con los acontecimientos que lo rodeaban: los movimientos de masas, la vida cotidiana, las lecturas y tertulias, el periodismo, el contacto directo con los trabajadores. Por ello es un marxismo fluido, en ocasiones incoherente, pero siempre original y crítico. Para Mariátegui, escribe Flores Galindo, «el marxismo nunca fue una “teoría”, ni un juego de “conceptos”, sino ante todo una actitud, un estilo de vida, una manera de encarar el mundo».[50] El marxismo de Mariátegui se forjó, sostiene Flores Galindo, en el debate y la confrontación de ideas: «La polémica fue un hecho cotidiano en su biografía, pero, además, terminó siendo el instrumento privilegiado para el desarrollo de su pensamiento, un imprescindible criterio de verdad, una necesidad».[51]

A diferencia de lo que pensaban los funcionarios de la Komintern (y también los seguidores de Haya de la Torre), Mariátegui no era solamente un intelectual: fue, a pesar de las limitaciones de movimiento, un hombre de acción y un organizador —de una revista, de una editorial, de un proyecto de partido—, actividades que deben ser vistas, según Flores Galindo, como parte de un mismo proyecto. Amauta, en ese sentido, fue «la antesala» del partido. Pero, ¿qué tipo de partido postulaba Mariátegui? Ciertamente no uno de estructura cerrada y rígida, y mucho menos uno que respondiera sumisamente a los dictados de una organización supranacional como la Internacional Comunista. Tampoco uno que siguiera la lógica caudillista tradicional de la política peruana y que, a partir de 1928, Haya la de Torre habría de imprimir a su proyecto aprista. Si no era ni lo uno ni lo otro, ¿cuál sería entonces el «modelo» de partido que Mariátegui quería para el socialismo peruano? Flores Galindo, en otra arriesgada interpretación, sostiene que Mariátegui no lo sabía; más aún, que no necesitaba saberlo pues «recusaba la definición de un plan diseñado de antemano, porque de otra manera no se podrían recoger las experiencias y las enseñanzas de los trabajadores: no se trataba de imponer una organización fuera del movimiento de masas».[52] «Se hace partido al andar», podría haber escrito Mariátegui parafraseando a Antonio Machado, no solo en el plano organizativo sino también en el programático. El partido que imaginaba Mariátegui debía ser revolucionario e inspirado por el marxismo, pero también uno que encontrase, en el movimiento popular y las contingencias de la política, su norte y su forma.

Ese movimiento de masas, en un país como el Perú, pasaba necesariamente por incorporar al campesinado, que era de extracción mayoritariamente indígena. Un partido «proletario» no podía organizarse solamente con la todavía incipiente clase obrera industrial. El socialismo peruano, para Mariátegui, tenía que incorporar —y nutrirse de— la experiencia del mundo andino: aquí radicó otro punto de discrepancia entre Mariátegui y la Komintern, reflejado en la frialdad e incluso hostilidad con que fue recibido el texto sobre «El problema de las razas» en la conferencia comunista de Buenos Aires de 1929.

La agonía de Mariátegui es, en cierto sentido, la crónica de una derrota: el partido que Mariátegui contribuyó a fundar se convirtió en algo muy diferente y no pudo «preservar con nitidez su irreductible autonomía: diferenciarse del aprismo sin ser absorbido por la Internacional Comunista».[53] Pero quedarnos en esta constatación no hace justicia ni al libro de Flores Galindo ni al propio Mariátegui, quien luchó hasta el final y elaboró un pensamiento, desplegó una actitud y asumió un compromiso que aún hoy producen admiración e inspiran a quienes están comprometidos con la búsqueda de la justicia social.

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La primera edición de La agonía de Mariátegui, como dije, apareció en noviembre de 1980, poco menos de un año después del congreso de sociología en Ayacucho y la conversación con Oscar Dancourt que mencioné al comienzo de esta introducción. Su aparición no dejó indiferentes a los distintos sectores de la izquierda intelectual y política. No era frecuente en el Perú (y tampoco lo es hoy) que un libro de historia sea reseñado, comentado y criticado tan ampliamente y en medios más políticos que académicos, pero este no era cualquier libro de historia: era un texto que interpelaba a la izquierda y lo hacía desmontando una serie de lugares comunes relacionados con la vida y el legado de Mariátegui, convertido en una suerte de gurú intocable por ciertos sectores de la izquierda. El libro de Flores Galindo, inevitablemente, fue leído en clave del presente. Después de todo, había sido concebido —como lo hubiera querido el propio Mariátegui— al calor de los debates en curso sobre la revolución y el socialismo. Carlos Iván Degregori lo consideró «el Mariátegui ideal para una generación impactada por la Revolución Cubana, la aventura del Che, el mayo francés de 1968 y, sobre todo, por el tsunami de campesinos, trabajadores, migrantes y regiones organizadas que sacudía el país, resquebrajando estructuras y derrumbando prejuicios», y agradeció a Flores Galindo «por rescatar ese Mariátegui en el momento mismo en que otros intelectuales inventaban otro a su medida: marxista leninista, dogmático hasta la caricatura, en todo caso mucho más lejos del que presentan los documentos de la época y los testimonios de sus contemporáneos».[54]

Las reacciones fueron de lo más variadas, como era de esperarse, y casi todas incluyeron críticas de distinto calibre.[55] Carlos Franco, autor del más extenso de los comentarios a La agonía de Mariátegui, observó que «solo quien comprenda el significado del mito [de Mariátegui] y la identificación ideológica, política y personal de la izquierda tradicional con él, será capaz de comprender la profundidad de la herida ocasionada por el libro» de Flores Galindo.[56] Esa «herida» motivó algunas críticas sumamente duras: César Lévano diría, parafraseando a Borges, que «íntimamente este libro adolece de muerte».[57] Uno de los temas más cuestionados fue la imagen de un Mariátegui aislado y derrotado, enfrentado a la III Internacional y listo para salir del Perú e iniciar una nueva etapa, más intelectual que organizativa. Otros apuntaron que la imagen de la Komintern que ofreció Flores Galindo resultaba demasiado estática y monolítica. También fue objeto de discusión el siempre espinoso asunto de la relación entre Mariátegui y el APRA: para algunos, el libro de Flores Galindo no enfatizaba suficientemente la radical diferencia entre Mariátegui y Haya, sobre todo a partir de 1928, mientras que, para otros, por el contrario, Flores Galindo omitía o subvaloraba los puntos de encuentro entre ambos. En ese mismo ámbito, se criticó a Flores Galindo por presentar una supuesta «equidistancia» entre la III Internacional y el APRA: enfrentado a ambos, Mariátegui aparecería, según ese reproche, buscando una posición intermedia, equidistante del reformismo aprista y el comunismo ortodoxo de la Internacional. La cuestión del partido —incluyendo su carácter, afiliación, programa e incluso el nombre— fue también materia de discusión.

No me extiendo más en este resumen pues los lectores podrán revisitar esos intercambios en las páginas del dosier incluido en esta edición, pero sí quisiera comentar brevemente una provocadora observación de Peter Elmore: ¿estamos frente al «Mariátegui de Flores Galindo»? ¿Se trata, acaso, de uno más de los tantos «Mariáteguis» que intelectuales o partidos de izquierda han ido construyendo a lo largo de décadas? Recordemos que una de las motivaciones detrás de la concepción de este libro fue, precisamente, liquidar ese hábito de «apropiarse» de Mariátegui para hacerlo hablar y pensar a la medida de las necesidades políticas de cada autor o grupo político: su conversión en una especie de «megáfono», para usar otra vez la metáfora de Flores Galindo.[58] Pero si bien es cierto que Flores Galindo no buscó «apropiarse» de Mariátegui para defender una postura político-partidaria, creo que, inevitablemente, el Mariátegui de estas páginas es, en efecto, el de Flores Galindo: un pensador heterodoxo, un socialista libertario, un hereje comprometido, un intelectual de carne y hueso, y un luchador agónico contra fuerzas adversas, incluyendo a Leguía, al APRA y a la III Internacional.

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¿Por qué leer La agonía de Mariátegui cuarenta años después de su primera edición y a noventa de la muerte de Mariátegui? ¿Qué lo hace relevante hoy, como libro de historia y como intervención en los debates políticos e intelectuales?

Primero, porque es un libro hermoso, en su concepción y su ejecución. Soy consciente de que este no es un adjetivo de uso común para referirnos a libros de historia o ciencias sociales, pero estoy convencido de que lo merece. El proyecto intelectual y político detrás de su concepción resulta no solo diáfano sino perfectamente coherente: reconstruir la vida, el pensamiento y la obra de un personaje a través de sus escritos, sus experiencias, sus combates y sus derrotas. No es una biografía de Mariátegui, pero el retrato que hace de sus últimos años de vida, me atrevo a decir, no ha sido superado por ninguna biografía, anterior o posterior. Los textos de la segunda parte del libro, sobre todo «Años de iniciación: Juan Croniqueur, 1914-1918», ofrecen una brillante reconstrucción de los años juveniles de Mariátegui —el ambiente urbano en el que vivió, sus vinculaciones con la bohemia intelectual, su abundante producción periodística— y, lo que es aún más relevante, revelan la forma en que esos años de «aprendizaje» moldearon su sensibilidad y su forma de aproximarse al marxismo y al socialismo. Flores Galindo demostró que había, innegablemente, un cordón umbilical entre el Mariátegui joven y el maduro.

Haciendo uso de un recurso propio de las mejores novelas (de las que Flores Galindo era, dicho sea de paso, un asiduo lector), el libro no sigue un derrotero lineal, sino que, como advirtió el propio autor, hace «juegos con el tiempo». La manera como Flores Galindo logró engarzar biografía, ambiente («época») y obra (escrita y organizativa) es admirable y genera en el lector una empatía con quien, enfrentado a la adversidad física y la hostilidad política, luchaba agónicamente por defender sus ideas y convicciones. Carlos Franco, quien escribió el comentario más extenso sobre La agonía de Mariátegui y expresó serias reservas con muchas de sus conclusiones, dejó un testimonio de la impresión que le causó su lectura:

[E]l libro es excelente [y] dejará una huella profunda en sus lectores. Entre claridades y sombras, el libro revela una experiencia humana e histórica apasionante. Cuando concluí su lectura no pude evitar permanecer largo tiempo prendido de mi memoria, esa «dulce abeja de la amargura», recordando los tiempos en que, adolescente precisado de certidumbres, me entregué plenamente a una experiencia política de la cual nunca me he arrepentido. Si la lectura del libro me reenvió al pasado fue no solo por los extraños corredores que comunican el contenido de un libro con la subjetividad del lector, sino porque la imagen de Mariátegui se encontró profundamente enraizada con la ilusión de los que al promediar la década de 1950 descubrimos el marxismo. Pero también por la terrible ambigüedad significativa de la expresión con que se califica la experiencia de Mariátegui. Sí, ciertamente, en el sentido de Unamuno agoniza aquel que vive luchando. Pero recordemos también que, afirmando ese mismo sentido, Mariátegui agrega «luchando contra la vida misma. Y contra la muerte».[59]

La agonía de Mariátegui, por otro lado, nos permite acercarnos al estilo de trabajo de Flores Galindo y su forma de aproximarse a la historia y a la vida. En este libro nos encontramos con algunas de las mejores virtudes del autor: una prosa fluida, una gran habilidad para enhebrar historias y argumentos, un uso imaginativo de las fuentes históricas y el planteamiento de problemas históricos que conectan lo personal con lo social y lo biográfico con lo estructural. Es un libro escrito con pasión crítica, tratando de recuperar a un Mariátegui vivo y creativo, navegando a contracorriente. De alguna manera es también, me atrevo a decir, un libro fuertemente autobiográfico. No son pocos los pasajes en los que se podría decir de Flores Galindo lo mismo que él dice de Mariátegui. Un ejemplo: «La obra que terminó elaborando, con el ritmo rápido, breve y martillante de su máquina de escribir, fue múltiple».[60] Tanto Mariátegui como Flores Galindo bebieron del periodismo, escribieron sin cesar, frecuentaron el ensayo y prefirieron el riesgo de equivocarse a la frialdad analítica. De Flores Galindo podría decirse también que «ese cotidiano ejercicio de la máquina de escribir, a la par que le fue permitiendo un cierto dominio sobre la lengua, lo vinculó a un público y le enseñó a observar la vida cotidiana».[61] Por otro lado, Flores Galindo destacó el «afán polémico» de Mariátegui, «no para “epatar” a los burgueses rutinarios, sino para intercambiar ideas, para dialogar, para discutir».[62] La polémica y la discusión, elementos constitutivos del pensamiento marxista de Mariátegui, lo fueron también para Flores Galindo.[63]

Pero sin duda lo que más los emparenta es la rara combinación de un compromiso vital con la construcción de una nueva sociedad y un espíritu abierto, espontáneo, crítico, inquieto; en otras palabras, la búsqueda de un socialismo en el que «la imaginación y la intuición, lo creativo y lo espontáneo»[64] tuvieran un lugar central. Flores Galindo llamó a Mariátegui «un disidente tenaz»,[65] no en el sentido de un renegado o traidor, sino de alguien dispuesto a disentir y cuestionar (y cuestionarse). El término bien podría usarse para describir al propio Flores Galindo.

Finalmente, hay que leer La agonía de Mariátegui porque nos ayudará a volver a Mariátegui sin las anteojeras ideológicas y profundamente ahistóricas que este libro combatió con lucidez y creatividad. Si en sus orígenes estuvo el deseo de contribuir a refundar una izquierda nacional y de masas, ese desafío es hoy más urgente que nunca. El libro de Flores Galindo, con su valoración del pensamiento crítico, la heterodoxia, la dimensión moral de la política, la apertura a otras interpretaciones y, especialmente, la terca voluntad de luchar por una sociedad justa, puede y debe servir de inspiración para enfrentar los desafíos del presente.

  1. ↑ Agradezco a Charles Walker y Ricardo Portocarrero los comentarios y sugerencias que hicieron a una versión preliminar de este prólogo. Ricardo, además, compartió conmigo su artículo inédito «Aportes de Alberto Flores Galindo al debate sobre el socialismo de José Carlos Mariátegui, 1975-1986», que resultó útil para reconstruir algunos episodios mencionados aquí.
  2. ↑ Carlos Iván Degregori, «Otro mundo es posible», en Libros & Artes, 11, agosto de 2005, p. 3.
  3. ↑ Entre la amplia bibliografía sobre Flores Galindo ver Carlos Aguirre y Charles Walker, Alberto Flores Galindo. Utopía, historia y revolución. Lima, La Siniestra Ensayos, 2020; Augusto Ruiz Zevallos, «Alberto Flores Galindo: marco sociopolítico, fronteras teóricas y proyecto político», en Histórica, Lima, xxxv, 1, 2011, pp. 11-51; y los números monográficos de las revistas Márgenes (iv, 8, diciembre de 1991) y Libros & Artes (11, agosto de 2005).
  4. ↑ Alberto Flores Galindo, «Reencontrar a Mariátegui», entrevista de Jorge Oshiro, agosto de 1986, en Amauta, Lima, VI, 60, 14 de junio de 1990. «Conocí a Mariátegui antes de conocer el marxismo», diría en la misma entrevista, subrayando la importancia de esa «ventaja» en su aproximación tanto al personaje como a su pensamiento.
  5. ↑ Cecilia Rivera, «Diálogo en el desierto», en Manuel Burga, compilador, Alberto Flores Galindo. Cartas de Francia, 1973-1974. Lima, SUR y Asamblea Nacional de Rectores, 2010, pp. 13-15, cita de la p. 14.
  6. ↑ El título completo de la tesis fue «Los mineros de la Cerro de Pasco, 1900-1930. (Un intento de caracterización social y política)». Se publicó como libro por la Universidad Católica en 1974.
  7. ↑ Manuel Burga, compilador, Alberto Flores Galindo, ed. cit., p. 70.
  8. ↑ Manuel Burga, compilador, Alberto Flores Galindo, ed. cit., p. 73.
  9. ↑ Ver, especialmente, Raúl Burgos, Los gramscianos argentinos. Cultura y política en la experiencia de Pasado y Presente. Buenos Aires, Siglo XXI, 2005. Sobre la influencia de Gramsci en Aricó, ver Martín Cortés, Un nuevo marxismo para América Latina. José Aricó: traductor, editor, intelectual. Buenos Aires, Siglo XXI, 2015. Aricó «descubrió» a Mariátegui en 1959 e inmediatamente lo asoció con Gramsci. En una carta al intelectual comunista argentino Héctor Agosti del 28 de septiembre de ese año le dice: «Ha llegado a mis manos un librito de Mariátegui llamado El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy. Lo componen una serie de ensayos entre los que se cuentan los dedicados a Italia y sus personalidades culturales durante la época en que él estuvo (es decir de la tercera década). Y me encuentro con una evidencia clara: la similitud de formación, de interés intelectual, de sufrimientos entre Gramsci y Mariátegui que podría dar lugar a un interesante paralelo histórico. ¿Lo pensó alguna vez?». Martín Cortés, «José Aricó y el coloquio mariateguiano (1980) de la Universidad Autónoma de Sinaloa», en Cuadernos Americanos, México, 165, 2018, pp. 65-82, cita en pp. 76 y 77. Burgos anota que el descubrimiento de Mariátegui tuvo para el grupo de marxistas argentinos que él estudia «la fuerza de un hallazgo que se asemeja al descubrimiento de Gramsci en una época anterior». Raúl Burgos, Los gramscianos argentinos, ed. cit., p. 274.
  10. ↑ Alberto Flores Galindo, ed., Sociedad colonial y sublevaciones populares. Túpac Amaru II 1780. Antología. Lima, Retablo de Papel Ediciones, 1976.
  11. ↑ Alberto Flores Galindo, Arequipa y el sur andino. Ensayo de historia regional, siglos XVIII-XX. Lima, Editorial Horizonte, 1977.
  12. ↑ Lima, Rikchay Perú, 1980.
  13. ↑ Julio Cortázar, 62. Modelo para armar. Buenos Aires, Sudamericana, 1968.
  14. ↑ José Ignacio López Soria, «La vuelta a Mariátegui», en Análisis, Lima, 10, enero-abril de 1982, pp. 104-110, cita de la p. 104. Esta reseña está incluida en el dosier que acompaña este volumen.
  15. ↑ En una entrevista de 1986 diría que este era un libro «sobre el escenario, la época y el período en que vivió Mariátegui» y que bien pudo titularse «El Perú de Mariátegui y de Haya de la Torre».
  16. ↑ Antonio Melis, «Mariátegui, primer marxista de América», en Casa de las Américas, La Habana, 48, mayo-junio de 1968; Robert Paris y otros, El marxismo latinoamericano de Mariátegui. Buenos Aires, Crisis, 1973; Harry Vanden, Mariátegui. Influencias en su formación ideológica. Lima, Biblioteca Amauta, 1975; Jesús Chavarría, José Carlos Mariátegui and the Rise of Modern Peru. Albuquerque, University of New Mexico Press, 1979 (basado en su tesis doctoral de 1967). Las contribuciones de Aricó se citan a continuación.
  17. ↑ Sobre esta impresionante tarea editorial de Aricó, que incluyó varios títulos traducidos por él mismo, ver Martín Cortés, Un nuevo marxismo para América Latina, ed. cit., pp. 64-80. Cortés identifica tres grandes ejes temáticos en la colección de Cuadernos: «Para una relectura crítica de Marx y el marxismo», «Dilemas de la teoría y la práctica política» y «Hacia una historia de las izquierdas».
  18. ↑ «Debemos reinventar América Latina, pero… ¿desde qué conceptos “pensar” América?». Entrevista de Waldo Ansaldi, en Horacio Crespo, ed., José Aricó. Entrevistas 1974-1991. Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, 2014, p. 241.
  19. ↑ Martín Cortés, Un nuevo marxismo para América Latina, ed. cit., pp. 80-88.
  20. ↑ México: Ediciones Pasado y Presente, Siglo XXI Editores, 1978.
  21. ↑ Los títulos de las secciones son: «Mariátegui, ¿aprista o marxista?», «Mariátegui, ¿populista o marxista?», «Mariátegui, ¿soreliano o marxista?», «El marxismo latinoamericano de Mariátegui» y «Contribuciones al análisis de los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana».
  22. ↑ José Aricó, «Introducción», en Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, ed. cit., p. XIX. La introducción de Aricó se publicó en Lima en Socialismo y Participación, 5, diciembre de 1978, pp. 13-43.
  23. ↑ José Aricó, «Introducción», ed. cit., p. xiv.
  24. ↑ Ibídem, p. LI.
  25. ↑ Sinesio López, «Pancho Aricó», en Socialismo y Participación, Lima, 56, diciembre de 1991.
  26. ↑ Aberto Flores Galindo, «El marxismo peruano de Mariátegui», en Amauta, 196, 31 de octubre de 1978.
  27. ↑ Guillermo Ricca, Nada por perdido. Política en José M. Aricó. Córdoba, Universidad Nacional de Río Cuarto y CLACSO, 2015, p. 305.
  28. ↑ Ver pp. 237 y 238 de esta edición.
  29. ↑ Ver p. 251 de esta edición.
  30. ↑ Esto escribió Aricó en un texto publicado en 1982: «Una lectura cuidadosa y desprejuiciada de las dos obras teóricas más significativas del pensamiento social latinoamericano: los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de Mariátegui y El antimperialismo y el APRA, de Haya de la Torre, precedido este por otro libro de gran significado como Por la emancipación de América Latina, muestra que utilizando ambas al marxismo como un instrumento de análisis antes que como una teoría prescriptiva, llegan a un idéntico reconocimiento nacional, más allá del cual aparecen sin embargo las diferencias que habrán de convertirse luego en rupturas». José Aricó, «Marxismo latinoamericano» [1982], en José Aricó, Dilemas del marxismo en América Latina. Antología esencial. Edición, selección y prólogo de Martín Cortés. Buenos Aires, CLACSO, 2017, pp. 591-617, cita en p. 608. Por su parte, Flores Galindo, preguntado en una entrevista de 1982 si él estaba de acuerdo en que las diferencias entre Haya y Mariátegui «no eran tantas», respondió tajantemente: «De ningún modo […] tenían una diferencia de fondo sobre cómo hacer la revolución». Ver Federico de Cárdenas y Peter Elmore, «La agonía de Mariátegui. Entrevista con Alberto Flores Galindo», en El Observador, Lima, 24 de febrero de 1982, incluida en el dosier que acompaña esta edición.
  31. ↑ Horacio Crespo se refiere a la «“socialdemocratización” del pensamiento y la acción política» de Aricó y sitúa su desarrollo en los años de exilio en México entre 1976 y 1983. Ver Crespo, «El marxismo latinoamericano de Aricó. La búsqueda de la autonomía de lo político en la falla de Marx», en José M. Aricó, Marx y América Latina [1980]. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 9-48, cita en pp. 12 y 13.
  32. ↑ Ver p. 235 de esta edición.
  33. ↑ Alberto Flores Galindo, «Reencontrar a Mariátegui», ed. cit. Raúl Burgos dice algo muy parecido pero no para criticar a Aricó sino para elogiarlo: «Aricó aprovecha el texto sobre Mariátegui para su propia tentativa de ajustar cuentas con la tradición dogmática del marxismo latinoamericano. El texto es, desde esta perspectiva, una pieza fundamental». Raúl Burgos, Los gramscianos argentinos, ed. cit., pp. 271 y 272.
  34. ↑ Alberto Flores Galindo, Obras completas, tomo II, Lima, SUR y Fundación Andina, 1994, p. 605. El testimonio de Maruja Martínez, amiga y colaboradora de Flores Galindo en SUR Casa de Estudios del Socialismo, y luego encargada de la edición de las Obras completas del historiador, aparece en la primera nota correspondiente a La agonía de Mariátegui.
  35. ↑ Ver p. 249 de este volumen. La ARI no fue la única alianza electoral de izquierda formada ese año: otra, llamada Unidad de Izquierda, se forjó alrededor del Partido Comunista Peruano de tendencia prosoviética.
  36. ↑ Ídem. Subrayado mío.
  37. ↑ Ver, por ejemplo, Ramón Fernández, «Mariátegui y la fundación del PCP», en Unidad, Lima, 722, 24 de enero de 1980.
  38. ↑ Según Osmar Gonzales, «el estallido de ARI fue traumático y dramático pues, en una relación medio perversa, se quería la unidad pero en la práctica se la corroía. La ruptura de la precaria alianza puso a los dirigentes frente a su propia responsabilidad, ya no podía echarse la culpa a ninguna fuerza exterior, al imperialismo, a la oligarquía, a la burguesía, a nadie». Osmar Gonzales, «La izquierda peruana: una estructura ausente», en Alberto Adrianzén, editor, Apogeo y crisis de la izquierda peruana. Hablan sus protagonistas. Lima, Universidad Ruiz de Montoya e IDEA Internacional, 2011, p. 33. La otra alianza, Unidad de Izquierda, también fracasó. Al final, la izquierda presentó no dos sino siete candidaturas presidenciales en los comicios de mayo de 1980 y obtuvo en total el 14% de los votos, muy por debajo de su histórica marca de 1978.
  39. ↑ Sobre este evento, ver Martín Cortés, «José Aricó y el coloquio mariateguiano», ed. cit. Cortés, uno de los mejores conocedores de la obra de Aricó, prepara actualmente con Diego García una edición de las ponencias y debates del coloquio de Sinaloa.
  40. ↑ Esa ponencia fue incorporada a La agonía de Mariátegui a partir de la segunda edición. Ver pp. 171-202 de este volumen.
  41. ↑ Fernanda Beigel acuñó el término «la generación de Sinaloa» para referirse a aquellos que buscaban «la recuperación de la historicidad de Mariátegui». De los debates de Sinaloa, dice Beigel, «surgió, además, la legitimación de peruanidad de su proyecto, así como los primeros pasos en la investigación de las relaciones entre su praxis política y sus concepciones ideológicas». Fernanda Beigel, El itinerario y la brújula. El vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui. Buenos Aires, Biblos, 2003, pp. 17 y 18.
  42. ↑ Alberto Flores Galindo, «Usos y abusos de Mariátegui», en Amauta, 253, 30 de abril de 1980, p. 8.
  43. ↑ Martín Cortés, «José Aricó y el coloquio mariateguiano», ed. cit., p. 79.
  44. ↑ Allpanchis, Cusco, 16, junio de 1980. Colaboraron Robert Paris, Carlos Franco, José Tamayo Herrera, Moisés Arroyo Posadas y Manuel Marzal.
  45. ↑ Manuel Burga, «Lecturas. La agonía de Mariátegui», en Tarea, 2, octubre de 1980, p. 79. Esta reseña está incluida en el dosier que acompaña este volumen.
  46. ↑ Además de los textos agregados, Flores Galindo hizo revisiones a lo largo de todo el texto. No es este el lugar de hacer un recuento de esos cambios. Según Manuel Burga, «en la edición de 1980 hay una disimulada actitud desacralizadora y hasta destructiva que cambia a humanizadora y constructiva en la edición de 1989». Manuel Burga, La historia y los historiadores en el Perú. Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Universidad Inca Garcilaso de la Vega, 2005, p. 117. Los interesados en hacer un seguimiento de esos cambios deberán consultar las notas de Maruja Martínez a la edición incluida en las Obras completas de Flores Galindo.
  47. ↑ Esta última reprodujo la primera edición de 1980 y no tomó en cuenta los cambios y adiciones realizados en sucesivas ediciones.
  48. ↑ Ver pp. 249 y 250 de este volumen.
  49. ↑ Ver p. 53 de este volumen
  50. ↑ Ver p. 100 de este volumen.
  51. ↑ Ver p. 166 de este volumen.
  52. ↑ Ver p. 135 de este volumen.
  53. ↑ Ver p. 165 de este volumen.
  54. ↑ Carlos Iván Degregori, «Otro mundo es posible», ed. cit. , p. 3. En una comunicación personal (1 de agosto de 2020), Peter Elmore compartió conmigo este testimonio: «Leí La agonía de Mariátegui cuando era estudiante universitario y militante de izquierda. La revolución era (o nos parecía que era) uno de los desenlaces posibles en esa década y el debate sobre el tipo de partido a construir nos parecía una tarea tan urgente como lo había sido para Mariátegui en los 20. Muchos de los que pensábamos así entramos luego, en el 84, al PUM. El libro de Tito fue una inspiración en todo ese proceso».
  55. ↑ Ver el dosier que acompaña esta edición, que incluye una muestra representativa de los comentarios que generó La agonía de Mariátegui. Preguntado en 1986 por los méritos e impacto de La agonía de Mariátegui en el Perú, Flores Galindo, luego de conceder que el mejor trabajo sobre Mariátegui no era el suyo sino el de Robert Paris, que había circulado poco en el Perú, reconoció, sin ironía, que si su libro tuvo alguna influencia ello «fue posible gracias a que el libro fue criticado […] a veces de manera terriblemente ácida». Alberto Flores Galindo, «Reencontrar a Mariátegui», ed. cit.
  56. ↑ Carlos Franco, «La agonía de Mariátegui: una lectura», en este volumen, pp. 291-311, cita de la p. 300.
  57. ↑ La frase original de Borges, «Íntimamente los libros de Fernán Silva Valdés adolecen de muerte», está en «Los romances de Fernán Silva Valdés», en Sur, Buenos Aires, IX, 54, marzo de 1939, reproducido en Borges en Sur, 1931-1980. Buenos Aires, Emecé, 1999, pp. 160-163, cita de la p. 163.
  58. ↑ Ver p. 232 de este volumen.
  59. ↑ Carlos Franco, «La agonía de Mariátegui: una lectura», ed. cit., p. 310 de este volumen.
  60. ↑ Ver p. 40 de este volumen.
  61. ↑ Ver p. 176 de este volumen.
  62. ↑ Ver p. 52 de este volumen.
  63. ↑ Sobre esto, ver Carlos Aguirre, «Cultura política de izquierda y cultura impresa en el Perú contemporáneo: la formación de un intelectual público», en Carlos Aguirre y Charles Walker, Alberto Flores Galindo. Utopía, historia y revolución, ed. cit.
  64. ↑ Ver p. 242 de este volumen.
  65. ↑ Ver p. 167 de este volumen.