Menú alternativo
Menú alternativo personal
No has accedido
Tu dirección IP será visible si haces alguna edición

Biblioteca:La agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern/Capítulo I: El inicio de una polémica: Buenos Aires, 1929

De ProleWiki, la enciclopedia proletaria
Revisión del 03:54 23 oct 2025 de Ismael (discusión | contribs.) (Página creada con «El tema de este ensayo —la polémica entre Mariátegui y la III Internacional o Komintern— transcurre entre dos acontecimientos: la supuesta conspiración comunista develada por el Gobierno de Leguía el 5 de junio de 1927, que nos permitirá mostrar cómo hasta entonces no existía vinculación orgánica alguna entre los socialistas peruanos y Moscú, y por otro lado, el inevitable final impuesto por la muerte de José Carlos Mariátegui, el 16 de abril de 1930.…»)
(difs.) ← Revisión anterior | Revisión actual (difs.) | Revisión siguiente → (difs.)

El tema de este ensayo —la polémica entre Mariátegui y la III Internacional o Komintern— transcurre entre dos acontecimientos: la supuesta conspiración comunista develada por el Gobierno de Leguía el 5 de junio de 1927, que nos permitirá mostrar cómo hasta entonces no existía vinculación orgánica alguna entre los socialistas peruanos y Moscú, y por otro lado, el inevitable final impuesto por la muerte de José Carlos Mariátegui, el 16 de abril de 1930. En el transcurso de esos tres años o, con mayor precisión, treinta y cinco meses, Mariátegui tuvo que diversificar sus escasas fuerzas: periódicamente debía entregar sus colaboraciones dedicadas a escrutar la vida internacional y a comentar publicaciones recientes tanto para Variedades como para Mundial, además de alguna eventual colaboración en revistas del extranjero como Repertorio Americano o La Vida Literaria; desde la editorial Minerva emprendió la doble tarea de editar Amauta y Labor; tuvo que convertirse en un asiduo corresponsal para de esa manera mantener con algún éxito sus debates con el aprismo y la Internacional; pero tal vez la tarea más importante fue la menos advertida por sus contemporáneos: la organización del proletariado y del partido, hecha con cuidado y silencio, alejada del triunfalismo.

Las páginas que siguen, aunque no omitirán los hechos anteriores, no deben ser leídas como parte de una biografía. No nos preocupa toda la vida de Mariátegui, sino que centraremos la atención casi exclusivamente en la polémica —muchas veces olvidada y soslayada— con la Internacional. Esta polémica nos permitirá encontrar a Mariátegui como político, en respuesta a quienes, desde 1928, se empeñan en retratarlo solo como el «intelectual» por contraposición a Haya de la Torre, a quien precisamente Luis Alberto Sánchez le dedicó una emotiva crónica biográfica titulada Haya de la Torre o el político, como si hubiera sido el único entre sus contemporáneos.[1] En realidad, Haya y Mariátegui (a los que se debe añadir la persona de Eudocio Ravines) encarnaron tres maneras diferentes, contrapuestas y enfrentadas de entender la política. Trataremos de mostrarlo.

El texto estará articulado en torno al debate con la Internacional, iniciado en Buenos Aires, en junio de 1929. Tratar de esclarecer los términos del debate nos ha obligado a desligarnos de una narración cronológica y, en la medida que otorgamos más importancia a la interpretación que al relato, algunas veces tendremos que retroceder para rastrear el origen de una idea, detenernos para relacionarla con las estructuras sociales del país en ese entonces o adelantar un desenlace previsible. Ojalá que estos «juegos con el tiempo», siempre reprochables en un historiador, se mantengan fieles a la preocupación central de este ensayo.

En los años finales de su vida, José Carlos Mariátegui terminó sintiéndose acosado por el régimen de Leguía[2] a pesar de tener amigos y parientes que, como Sebastián Lorente o Foción Mariátegui, eran personajes próximos al dictador. Esa sensación de acoso puede sorprender a quienes olvidan los aspectos represivos del Oncenio (1919-1930) generalmente ocultados tras las imágenes festivas de los carnavales y las grandes celebraciones nacionales (el centenario de la Independencia y de la batalla de Ayacucho) o bajo el esplendor fugaz de las obras públicas, la modernización de las ciudades, el trazo de las amplias avenidas y los utópicos proyectos de irrigación; pero ocurre que Leguía también se preocupó por la expansión de los aparatos del Estado y garantizó su prolongada permanencia en el poder, no solo con el recurso a la demagogia sino que necesariamente reposó en mecanismos represivos más eficientes: son años en los que, con el apoyo de una misión española, se estructura la policía y se fomentan otros organismos conexos, uno de los cuales recibiría popularmente el gráfico nombre de «soplonaje».

En principio las relaciones entre Mariátegui y el régimen eran claras. A José Carlos Mariátegui no le interesaba, por el momento, conspirar contra Augusto B. Leguía dado que no se proponía tampoco sustituir a un dictador por un presidente; la transformación sustancial del Perú sería el resultado de una tarea prolongada y silenciosa para la cual —aunque sonara paradójico— el Gobierno de Leguía aportaba algunos beneficios: dados sus propósitos antioligárquicos y su afán por desarrollar el capitalismo, no solo facilitaba la lucha contra la feudalidad y la vieja cultura tradicional, sino que además obligaba a plantear el socialismo como alternativa, único medio para desplegar una oposición radical y consecuente. Los proyectos de Leguía perseguían cambios en la sociedad peruana, enunciados como la edificación de una «Patria Nueva», pero en dirección del capitalismo. Para cumplir ese cometido, Leguía afectó el poder de la vieja oligarquía, aliada con los gamonales, trató de fomentar a las clases medias y sobre todo encontró sustento en las inversiones y cuantiosos préstamos imperialistas. Una consecuencia de estos cambios fue que se debilitó ostensiblemente el viejo control monopólico ejercido por la clase dominante en la vida cultural del país. A su vez, se facilitó el ingreso de las clases medias provincianas en las universidades, las profesiones liberales y el periodismo. Tanto en la ciudad como en el campo, Leguía alentó con estruendo todo proyecto conducente al desarrollo del capitalismo. No siempre se cumplieron, la gran mayoría de las veces apenas se trazaron, pero todo esto acabó infundiendo temor entre los viejos terratenientes y muchos optaron por el camino del exilio. Fueron precedidos por los intelectuales. Tiempo antes los hermanos García Calderón habían dejado el país para establecerse en Europa. Con el ascenso de Leguía, ese camino fue seguido por José de la Riva-Agüero y Víctor Andrés Belaunde. Acabaron dejando el campo libre a los jóvenes intelectuales y también a las nuevas opciones políticas, dado que durante esos años, como luego lo reconocería con pesimismo el propio Belaunde, fueron incapaces de elaborar una alternativa al proyecto de Leguía.

José Carlos Mariátegui supo distinguir con claridad entre el Oncenio y los Gobiernos anteriores. La República Aristocrática había representado, entre 1895 y 1919, la realización en el Estado de la confluencia de intereses entre oligarcas y gamonales, a partir de la marginación política de las grandes mayorías. El Oncenio era igualmente antidemocrático, pero sus proyectadas reformas abrían la posibilidad política de nuevas opciones y replanteaban otras. En efecto, ya no era posible —siempre desde la perspectiva mariateguista— predicar desde una postura radical el desarrollo del capitalismo en la sociedad peruana, porque eso era un proyecto asumido desde el Estado por el propio Leguía. Entonces, a pesar del atraso de la sociedad peruana, el socialismo podía aparecer como una exigencia histórica. La caracterización del Oncenio fue una de las primeras discrepancias de José Carlos Mariátegui con Haya de la Torre, para quien Leguía no era más que una variante, con los rasgos represivos acentuados, del viejo gamonalismo y por lo tanto existía una continuidad entre el civilismo y la «Patria Nueva».

Se entiende, a partir de su visión del régimen leguiista, que Mariátegui no ensayara una oposición inmediata. Se debe añadir además sus escasas fuerzas, la debilidad del naciente socialismo peruano, la necesidad de persistir y durar, única manera de garantizar una obra colectiva y de largo aliento: la ansiada edificación del partido y del proyecto socialista. Es por todo esto que Mariátegui se cuidó de no dirigir ataques frontales a Leguía. Pero la respuesta del dictador no fue exactamente una política de tolerancia. Es cierto que Amauta circulaba, pero también es cierto que fue cerrada en dos ocasiones. Labor fue clausurada definitivamente cuando solo había llegado al número 10.[3] A Mariátegui se le permitían cotidianas reuniones en su casa, escribir en los diarios adictos al Gobierno, propagar el socialismo y defender a la Revolución Soviética, pero a medida que fue transcurriendo el tiempo, y sobre todo cuando comenzó a deteriorarse la situación económica y ciertos signos crepusculares se fueron anunciando, Mariátegui comenzó a ser observado, espiado, perseguido: su correspondencia era muchas veces interceptada y leída, se presionó a los directores de Mundial o Variedades para que prescindieran de su colaboración, se tenía bajo vigilancia a sus amigos más cercanos. Todo este asedio empezó en junio de 1927, cuando la policía requisó Amauta, detuvo a José Carlos Mariátegui y lo confinó por seis días en el hospital militar de San Bartolomé, y paralelamente llevó a cabo una redada como consecuencia de la cual acabaron en la isla San Lorenzo alrededor de cuarenta intelectuales y obreros, entre los que figuraban Nicolás Terreros, Arturo Sabroso, Armando Bazán y Julio Portocarrero.[4] El Ministerio de Gobierno denunció un supuesto complot que habría sido organizado por los «comunistas criollos». En el editorial de Variedades, en la página titulada «De jueves a jueves», se argumentó sobre la necesidad y el derecho que amparaban al régimen para defenderse.[5]

Fue la primera vez que se denunció desde el Estado la amenaza comunista. Dejando de lado el aparente disparate de pensar que desde la calle Washington[6] se podía asaltar el Palacio de Gobierno, ¿qué había de cierto en la acusación? ¿Cuáles eran las vinculaciones entre Mariátegui y sus amigos con la Internacional Comunista? En junio de 1927, al parecer, no existía —lo cual es otro ejemplo de la clásica ineficiencia policíaca— relación alguna entre Mariátegui y la Komintern. En una carta publicada en La Prensa y destinada a levantar los cargos hechos por la policía, Mariátegui no temía confesar su definición marxista y asumirla en voz alta, no podía proceder de otra manera para ser consecuente con los primeros editoriales de Amauta y con la concepción de la política compatible con la verdad; pero en dicha carta negaba de manera igualmente rotunda «mi supuesta conexión con la central comunista de Rusia».[7]

Cuando Mariátegui estuvo en Europa asistió a la fundación del Partido Comunista de Italia, estableció amistad con muchos intelectuales comunistas, como Barbusse y el grupo de Clarté en Francia, pero nunca llegó a establecer vinculación alguna con la Internacional. Ni siquiera pudo viajar a Rusia. Es cierto que —casi como en uno de esos juramentos románticos— Mariátegui y otros peruanos de paso por Europa, como César Falcón, adquirieron en Génova el compromiso de edificar un Partido Socialista en el Perú y que, por lo tanto, cuando desembarcó en el Callao traía ya ese proyecto, pero en junio de 1927 todavía continuaba su lenta gestación y al margen de la III Internacional.[8]

Para mostrar que entre Mariátegui y la Internacional Comunista no existía relación alguna, puede ser útil pasar revista a los telegramas de solidaridad que comenzaron a llegar: estaban firmados por Gabriela Mistral, Alfredo Palacios, José Vasconcelos, Manuel Ugarte, Waldo Frank, Miguel de Unamuno, todos personajes importantes de la cultura en habla hispana, algunos colaboradores de Amauta, la mayoría de izquierda, pero ninguno de ellos comunista. En 1927, Mariátegui no existía para la Internacional.

Años antes, en marzo de 1919, en Moscú, el Primer Congreso de la Internacional Comunista había lanzado el llamado mundial para la formación de partidos comunistas. Fue rápidamente escuchado en Europa. Algo después en Latinoamérica: en México, en septiembre de 1919, un indio, un norteamericano y un ruso formaron el Partido Comunista de ese país; luego se establecieron partidos similares en Argentina (diciembre, 1920), Uruguay (abril, 1921), Chile (enero, 1922), Brasil (noviembre, 1921)... Al poco tiempo desplegaron diversos tipos de acciones y no dejaron de inaugurar siempre una significativa actividad periodística con A Classe Operária en Brasil, Los Comuneros en Paraguay o La Humanidad en Colombia. El Perú quedó al margen de este movimiento tal vez porque aquí la clase obrera era más reducida y joven que en esos países, a lo que debe añadirse la carencia de un Partido Socialista al estilo de la II Internacional. En la medida en que el comunismo nacía como una disidencia al interior de los partidos social-demócratas, la tarea se facilitaba en países como Argentina o Chile y se dificultaba en otros como Perú o Bolivia. De hecho, la Komintern pudo ingresar con mayor facilidad en el lado más occidental de América Latina.

Pero, a pesar de la existencia de partidos comunistas en la gran mayoría de países latinoamericanos, el interés de la Internacional por el continente, como lo ha señalado José Aricó, fue muy escaso: primero, porque su atención había estado dirigida casi exclusivamente a Europa, y después, porque entre los países atrasados sus funcionarios se terminaron interesando prioritariamente por Asia. La situación se modificó sustancialmente luego del VI Congreso de la Internacional Comunista, celebrado entre julio y septiembre de 1928, cuando se previó la inminencia de una situación revolucionaria como consecuencia de la dura crisis que debería afrontar en los próximos años el sistema capitalista. Para el nuevo combate, que transcurriría a escala mundial, la Internacional opta por reagrupar y adecuar sus filas. Es así como se decide la organización de la que sería la I Conferencia Comunista Latinoamericana.

Es interesante señalar que en el órgano periodístico del Buró Sudamericano de la Internacional, establecido en Buenos Aires, el Perú era entonces todavía una gran ausencia. Efectivamente, si uno revisa las páginas de La Correspondencia Sudamericana, puede constatar el interés por Chile o Argentina, países con clase obrera numerosa, de tradición casi europea; por Colombia, donde se han producido radicales enfrentamientos de clase; desde luego por México, a pesar de no comprender bien la experiencia agrarista; incluso por Nicaragua, dada la lucha contra el imperialismo; pero desde luego que muy poco, casi nada de interés por los países andinos. Incluso en el temario inicial de la Conferencia aparecían solo ocho puntos, faltaba uno que luego sería el IV punto, es decir, el problema de las razas en América Latina. La mayoría de informantes eran lógicamente mexicanos, argentinos, uruguayos o chilenos. El Perú fue un invitado tardío y postrero de la reunión. A todos sus inconvenientes estructurales —desde la perspectiva de la Internacional— se añadía otro: la existencia apenas de un pequeño Partido Socialista, de futuro incierto, comandado por un intelectual y que por razones para ellos hasta el momento incomprensibles, se resistía a asumir la denominación comunista.

Antes de la I Conferencia Comunista de Buenos Aires, pero después de la redada de 1927 —tal vez como consecuencia precisamente de ella—, se produjeron los primeros contactos entre Mariátegui y la Internacional. A fines de ese año se le hizo llegar a Mariátegui una invitación para que los obreros peruanos intervinieran en el VI Congreso Sindical Rojo (Profintern) a realizarse en Moscú entre el 15 y el 24 de marzo de 1928. Para la delegación peruana se pensó en dos nombres: Armando Bazán y Julio Portocarrero; ambos se habían conocido no hacía mucho en la prisión, en San Lorenzo.

Portocarrero llevó una ponencia sobre la situación de la clase obrera en el Perú. El hombre escogido por Mariátegui provenía de la tradición anarcosindicalista, era obrero textil, se había formado en las primeras luchas laborales emprendidas desde Vitarte (un distrito cercano a Lima, con una población mayoritariamente proletaria conformada alrededor de algunas fábricas textiles). Si bien la clase obrera de principios de siglo era reducida y joven, albergaba núcleos muy modernos, como esos textiles a cuyas filas pertenecía Portocarrero, que laboraban en empresas tecnificadas, con gran concentración de trabajadores y que supieron asumir tempranamente el sindicalismo. En Vitarte y con los anarquistas, Portocarrero acabó convencido de la imprescindible independencia de clase y de la autonomía obrera, tal vez consecuencia de la cultura que consiguieron erigir: César Lévano ha referido en varias ocasiones la existencia de un teatro, de una música y de una poesía inspirada en temas proletarios y realizados por los propios trabajadores. De manera que Julio Portocarrero, formado en ese medio, aunque conocía muy poco de marxismo y casi nada de leninismo, tenía una cultura suficientemente sólida como para exponer con claridad sus ideas y saber defenderlas. Fue lo que hizo en Moscú.[9]

Armando Bazán, compañero de Portocarrero en Moscú, era un joven intelectual, muy vinculado a la revista Amauta y a los trabajadores, galardonado en un certamen político organizado por los obreros de Vitarte.

Los delegados peruanos no se limitaron a escuchar y ejecutar las sugerencias de los organizadores. Mostraron que, como provenientes de una tradición diferente a la de los otros delegados comunistas, pensaban algunas veces de otra manera y no temían exponer sus ideas. Un pequeño incidente tras el escenario de la conferencia ilustra lo que venimos diciendo: comenzaba en 1927 la segregación del «trotskismo» y se pidió a un grupo de delegados, entre los que estaban Portocarrero y Bazán, firmar un documento contra Andrés Nin, un militante español vinculado a la Oposición de Izquierda. Todos aceptaron firmar, menos Portocarrero y Bazán, argumentando que solo conocían una versión del problema y que adicionalmente se trataba de una cuestión que no atañía directamente a los trabajadores. Habían ido como delegados obreros y para tratar problemas obreros. Evidentemente ni Portocarrero ni Bazán conocían los problemas que en esos momentos escindían al Partido Comunista de la Unión Soviética, pero, dado eso mismo, no consideraban conveniente tomar posición sobre un asunto que no alcanzaban a entender y sobre el que no tenían información suficiente. Portocarrero no fue a Moscú a obedecer o ejecutar órdenes de Mariátegui porque, en primer lugar, este no le dio ninguna y, en segundo lugar —como veremos reiteradamente—, no era su estilo en la relación con los trabajadores. De manera que la discusión en torno a Andrés Nin, que derivaría en una polémica con Vittorio Codovilla, uno de los principales dirigentes de la Internacional para América Latina, fue hecha sin que Mariátegui la auspiciara. Cuando regresó a Lima, Julio Portocarrero traía algunas dudas comprensibles sobre la validez de su actuación pero Mariátegui, que lo recibió al poco tiempo de su regreso, no pudo negarle su respaldo: «ha hecho Ud. bien», le habría dicho.[10]

Desde el inicio, las relaciones entre los peruanos y la Internacional no fueron armónicas. En Portocarrero se mostró una voluntad poco apta para aclimatarse dócilmente a los dictados exteriores. En la misma reunión, Portocarrero no secundó la condena al aprismo que desde entonces propugnaba la Komintern: recién se iniciaba el debate entre socialistas y apristas en el Perú.[11] Para entender de dónde salía esta capacidad de votar en contra, a pesar de que eso implicara un enfrentamiento con un organismo tan poderoso como la Internacional y en pleno Moscú, hay que pensar que si bien eran obreros carentes de una prolongada tradición histórica, habían desarrollado una autonomía de clase marcada y obsesiva desde sus primeras luchas y contaban con una cultura propia y robusta que avalaba esa misma autonomía.

La relación entre José Carlos Mariátegui y Julio Portocarrero no fue en ningún momento la relación de dependencia, muchas veces reiterada, entre el intelectual y el obrero, porque Mariátegui nunca asumió la figura del intelectual que lleva la luz y la ciencia a la clase revolucionaria; por el contrario, se trató de una relación igualitaria, que siempre transcurrió en el mismo plano: un diálogo, un intercambio de opiniones y de experiencias. Portocarrero tampoco hubiera admitido otra relación. Eran pares, iguales, la dependencia quedaba, por decisión de ambos, desechada.

Cuando llega la invitación a la Conferencia Comunista de Buenos Aires, dado el antecedente de lo ocurrido en Moscú, Mariátegui propone que integren la delegación peruana Julio Portocarrero, quien debería asistir un mes antes a la Primera Conferencia Sindical Latinoamericana de Montevideo, y el médico Hugo Pesce. Ambos formaban parte del núcleo central del recién fundado Partido Socialista (octubre de 1928). Pesce era hombre de una cultura muy amplia que, trascendiendo a la propia medicina, sustentaba una detenida y sólida formación marxista. Había nacido con el siglo en la ciudad de Tarma; realizó sus estudios en Italia y se graduó en la Universidad de Génova. El intelectual y el obrero —Pesce y Portocarrero— terminaron constituyendo un buen equipo. Eran jóvenes, 29 y 30 años, respectivamente.

Pesce, Portocarrero, Mariátegui y Martínez de la Torre[12] prepararon las tesis y ponencias que serían llevadas a Montevideo y a Buenos Aires. Para la I Conferencia Comunista se elaboraron específicamente «El problema de las razas en América Latina» y «Punto de vista antiimperialista». Antes de que partiera la delegación, se reunieron todos los nombrados para discutir, con evidente premura, la situación del país y los aspectos organizativos del Partido Socialista; pero en Buenos Aires tanto Portocarrero como Pesce no solo fueron portadores de las ideas del grupo de Lima, sino que además llevaron sus propios planteamientos, con los cuales intentaron defenderse y argumentar frente a las continuas objeciones que desde un inicio recibirían en la Conferencia.

El director de orquesta —si se permite la comparación— de la Conferencia de Buenos Aires era Vittorio Codovilla, un hombre que parecía empeñarse en hablar con un marcado acento italiano, «cocoliche», como decían los argentinos. Este hombre, que hasta en su dicción mostraba ser poco latinoamericano, presentó el informe inicial, base para los debates que se desarrollaron entre el 1º y el 12 de junio de 1929. En el prolongado texto a que dio lectura, destinado a caracterizar la coyuntura por la que pasaba el continente y a realizar un balance provisorio de la situación comunista, la delegación que recibía más críticas, mencionada con su nombre propio, fue la delegación peruana. De todas, hay una que llama especialmente la atención porque, aunque se refería a una cuestión muy específica, ilustraba la contraposición entre dos maneras de razonar y entender el marxismo. Se trata de la cuestión de Tacna y Arica.

La cuestión de Tacna y Arica se remontaba a la Guerra del Pacífico porque venía arrastrándose desde la firma del Tratado de Ancón, donde se prescribía la realización de un plebiscito para definir la situación de esas dos provincias, que hasta antes de 1883 habían pertenecido al Perú. Chile argumentó el incumplimiento de ciertas cláusulas y persistentemente se opuso a la realización de ese acuerdo, llegando incluso a una política de hostigamiento a los peruanos residentes en esos lugares, acompañada por el fomento de la migración chilena al norte; todo lo cual configura el cuadro de un conflicto permanente, más agudo en la medida que los recuerdos de la guerra de 1879 eran todavía muy vivos, la herida estaba abierta. La cuestión de Tacna y Arica fue tema en los debates parlamentarios, motivo de artículos y editoriales periodísticos, inspiración para la creación popular en pinturas, composiciones musicales, alocuciones patrióticas. Desde luego que no pudo faltar el chauvinismo. Para el Gobierno de Leguía fue una ocasión de remitir al exterior los problemas internos y sobre todo de recubrir con un supuesto patriotismo a una política internacional caracterizada por la subordinación a los intereses norteamericanos. Si se pasa revista a los editoriales de Variedades, especialmente a partir de 1927, es raro no encontrar todos los jueves una mención al problema con Chile; lo mismo se puede observar en las portadas o en las caricaturas de esa misma publicación. Tal vez fue por esto —por la identificación entre la cuestión de Tacna y Arica, y el régimen— que ese problema está ausente en la obra de Mariátegui: apenas hay una breve mención sin firma en Amauta y una alusión indirecta a propósito del conflicto entre Bolivia y Paraguay, donde Mariátegui sostiene, frente al hecho de la guerra, la tesis convencional de la unidad latinoamericana. En este punto coincidía con la temprana prédica integracionista de Haya de la Torre, pero difería de otros intelectuales como Raúl Porras, Jorge Basadre o José Jiménez Borja, para quienes, sin ser leguiistas, la cuestión nacional en el Perú empezaba por ese problema fronterizo. Aunque explicable, fue un silencio significativo en la obra de Mariátegui.

La Internacional, a través del informe de Codovilla, criticó a la delegación peruana específicamente por no haber lanzado como alternativa en el problema fronterizo la consigna de un «plebiscito mediante el contralor obrero y campesino»,[13] con la finalidad de fomentar una resistencia popular a una solución que según Codovilla era impuesta por los yanquis, con «descontento en ciertas capas de la población»,[14] y destinada a constituir posteriormente en la zona una base norteamericana de operaciones militares apta para sofocar cualquier insurrección. Esta apreciación se enmarcaba al interior de un razonamiento que consideraba inminentes los conflictos interimperialistas en Latinoamérica, la agudización de la situación económica y la emergencia de movimientos sociales con un perfil insurreccional. La cuestión de Tacna y Arica era un aspecto importante de la estrategia norteamericana en el Pacífico, aunque no había sido percibida así por los peruanos, dado su desconocimiento de la cuestión nacional y de la coyuntura por la que pasaba América Latina. Para Codovilla, los comunistas consecuentes solo podían tener una respuesta frente a ese problema, de ahí que sin la menor duda dijera en pocas palabras cuál debía haber sido la consigna necesaria.

Terminada la intervención de Codovilla, Saco, seudónimo utilizado por Hugo Pesce, no tuvo el menor reparo en pedir la palabra y objetar esa intervención: «Nosotros, comunistas, debemos estudiar un punto importantísimo: cuál ha sido la posición de las distintas capas sociales frente a un conflicto determinado»,[15] lo que significaba argumentar que ante un mismo problema las masas no realizan necesariamente un tipo condicionado y único de respuesta. En efecto, «las masas se sintieron —continuaba refiriendo Pesce— desde el primer momento, ajenas a tales manifestaciones patrióticas y se mantuvieron espontáneamente neutrales».[16] La discrepancia con Codovilla no era solo un problema de información; Pesce esgrimía un razonamiento que subordinaba la acción política a la situación de las clases, que no omitía las condiciones objetivas y la conciencia social y desde el cual resultaba imposible elaborar una táctica al margen de estas consideraciones. En la manera de argumentar mostrada por Pesce y Portocarrero, a diferencia de las otras delegaciones, escasean, son prácticamente inexistentes, las citas de Marx o de Lenin, las menciones al ejemplo de la Unión Soviética, y en cambio abundan las referencias a la realidad: datos, información histórica, descripciones sociológicas... Resultaba evidente que para ellos el marxismo no era una biblia, sino un instrumento de análisis, una especie de gramática, una manera de interrogar a la realidad más que un conjunto de definiciones y preceptivas.

Desde luego que este estilo de razonar no fue comprendido por Codovilla y probablemente acabó siendo atribuido a un escaso conocimiento del marxismo (presunción absolutamente infundada en el caso de Pesce). Siguiendo el desarrollo de la conferencia, a continuación Vittorio Codovilla ensayó una réplica poco exitosa, que en definitiva fue la repetición de sus argumentos iniciales y la reafirmación machacona de su conclusión: «Sea como fuere, el partido no podía estar ausente, no podía dejar de hacer conocer sus consignas, que debieron ser: contra el Gobierno dictatorial de Leguía, vendido al imperialismo yanqui; contra el imperialismo yanqui, único beneficiado en dicho arreglo; por el derecho de autodeterminación de los habitantes de Tacna y Arica; por el plebiscito bajo el contralor obrero y campesino; etc.».[17] Es interesante reparar en el tono impositivo que tiene la réplica: «debieron ser», para lo cual el respaldo que no encuentra en la realidad —conocía muy poco sobre el Perú— cree tenerlo evidentemente en una supuesta teoría marxista; de ahí que esa realidad (lo que sucede con las clases populares) acabe importando muy poco: «sea como fuere». Eran dos maneras de razonar completamente antagónicas las que inicialmente, desde la primera confrontación, evidenciaron Vittorio Codovilla y Hugo Pesce. Desde luego que la mayoría de los delegados se fueron agrupando en torno al primero. El aislamiento de los peruanos comenzó a ser visible incluso al momento de almorzar, comer o tomar el café: ambos solos, soportando críticas y objeciones en todo momento.

Tal vez con un cierto afán conciliador y para romper la marginación que comenzó a gestarse, en una de las interrupciones de la reunión, Pesce se acercó a Codovilla para entregarle algo que era motivo de orgullo y afirmación de los delegados peruanos: un ejemplar de los 7 Ensayos de interpretación de la realidad peruana.[18] Codovilla, que tenía en esos momentos también por azar el folleto de Ricardo Martínez de la Torre sobre el movimiento obrero en 1919, mirando a Pesce y con la seguridad de ser escuchado por los otros delegados, dijo en su habitual entonación enfática que la obra de Mariátegui tenía muy escaso valor y, por el contrario, el ejemplo a seguir, el libro marxista sobre el Perú, era ese folleto de Martínez de la Torre.[19] La anécdota fue referida por Pesce y refrendada por Julio Portocarrero.

A Codovilla le incomodaba, le resultaba insoportable, un libro en cuyo título se juntaran las palabras «ensayo» y «realidad peruana». Ensayo implicaba asumir un estilo que recordaba a los escritos de autores burgueses y reaccionarios como Rodó o Henríquez Ureña, aparte de implicar un cierto tanteo, un carácter provisional en las afirmaciones, y evidentemente un hombre como Codovilla, así como no podía admitir un error, menos toleraba la incertidumbre: los partidos o eran comunistas o no lo eran, se estaba con el proletariado o con la burguesía, no podía haber nunca otras posibilidades.

La realidad estaba nítidamente demarcada, de manera que se debía hacer una u otra cosa; la línea correcta no admitía discusión, los «ensayos» quedaban para los intelectuales. Mariátegui precisamente era un «intelectual» y tanto para Codovilla como para Humbert-Droz, un comunista suizo presente en la reunión, todos los intelectuales eran peligrosos porque si no eran todavía traidores, acabarían siéndolo: no se podía confiar en ellos, nunca debería bajarse la guardia, era necesario someterlos a vigilancia permanente. Un intelectual dirigiendo un movimiento quedaba condenado a persistir en la deriva, en función de cualquier viento o corriente. Eran años en los que la Internacional Comunista, previendo una nueva coyuntura revolucionaria, se proponía la extrema y acelerada proletarización de sus cuadros: la problemática de la hegemonía obrera pasó a ocupar un lugar central y decisivo.

El otro término insoportable para Codovilla era «realidad peruana», porque para la Komintern solo existían los países «semicoloniales», definidos por una específica relación de dependencia al capital imperialista, y era esta condición —como interpreta José Aricó— la que permitía trazar una táctica y una estrategia definidas a nivel continental. No existían las especificidades nacionales. El Perú era igual que México o la Argentina. De ahí que no fuera necesario indagar por el pasado de cada uno de esos países y que bastara con una aproximación al conjunto del continente. Como no existía una «realidad peruana», no hacía falta tampoco pensar en los rasgos distintivos del partido revolucionario en el Perú: dada la condición de país semicolonial, el partido peruano no tenía por qué diferenciarse de su similar argentino o mexicano.

Una breve revisión del contenido de los 7 Ensayos habría reafirmado a Codovilla en sus objeciones: escaso espacio a la economía, un tratamiento abusivo de los problemas culturales, un descuido de la actualidad inmediata; indudablemente, habría concluido, la obra de «un intelectual pequeño burgués». Los comentarios elogiosos sobre Mariátegui en los círculos intelectuales argentinos, incluso entre algunos conservadores como Leopoldo Lugones,[20] acabarían confirmando a Codovilla en su desprecio hacia ese libro que pretendía estudiar la inexistente «realidad peruana». De ahí que fuera suficiente recurrir a la ironía para refutar a Mariátegui.

En el transcurso de la Conferencia, desde estos razonamientos diferentes se fueron desplegando posiciones igualmente antagónicas sobre los temas tratados. No es difícil encontrar las discrepancias, hasta el punto que uno puede acabar preguntándose qué hacían en Buenos Aires Portocarrero y Pesce, por qué seguían en una reunión donde eran personajes desconcertantes y marginales, a los que en cada momento era imposible no objetar o replicar y que a pesar de todo se resistían a entender cuestiones que para el resto eran demasiado claras y evidentes.

La discrepancia fue muy nítida en el tratamiento del fenómeno imperialista. Para la Internacional el imperialismo mantenía la feudalidad en Latinoamérica, pero para Pesce, al igual que para Mariátegui, la realidad no era tan simple porque si bien el imperialismo no era sinónimo de progreso, tampoco era cierto que se articulara con una realidad estática y que la mantuviera inamovible. En el Perú, desde la era del guano, se había iniciado un lento aunque irreversible proceso de desarrollo del capitalismo, continuado con las inversiones imperialistas de principios de siglo y posteriormente auspiciado desde el Estado por Leguía, todo lo cual configuraba una peculiar estructura agraria, donde al lado de las formas feudales que persistían especialmente en la hacienda andina tradicional, comenzaban a emerger las primeras y embrionarias formas de capitalismo. Entonces no se podía hablar —como lo hacía Luis, seudónimo de Humbert-Droz— de un feudalismo latinoamericano igual al feudalismo clásico europeo; había que pensar en una situación de transición para cuya definición tal vez resultaba más adecuado el término de «semifeudalidad». La caracterización de una América Latina feudal era coherente con la propuesta de una revolución democrático-burguesa.

Para Hugo Pesce, en lo cual también concordaba plenamente con Mariátegui, capitalismo no era, insistimos, un necesario sinónimo de progreso; todo lo contrario, en la medida en que su desarrollo aparecía unido con la expansión imperialista, el capitalismo en Latinoamérica derivaba, a diferencia de Europa, en dependencia, subordinación, atraso, destrucción de las peculiaridades nacionales. Esto no era percibido ni por Codovilla ni por Humbert-Droz, porque así como las naciones latinoamericanas se esfumaban ante la imagen del continente, este acaba confundido con Europa perdiendo sus características propias. Pensando al marxismo como un cuerpo cerrado de doctrina o como una teoría con validez universal, para que funcionara en América Latina, este continente tenía forzosamente que asemejarse a la Europa donde se había generado ese marxismo y donde se estaba conquistando los logros de la Revolución Soviética.

Existían un proletariado y una burguesía, en el razonamiento de la Internacional. En cambio para Portocarrero existía un proletariado con determinada historia, cultura, conciencia de clase, condiciones de vida: un proletariado peruano. Las clases sufrían también la mediación nacional. Nuevamente encontramos en una intervención de Zamora, el seudónimo utilizado por Julio Portocarrero, ese terco afán por argumentar desde la realidad, partiendo de los hechos. Refiriéndose a la conciencia de clase del proletariado observaba que: «En el sector del Perú, esta economía (el capitalismo, AFG) está poco desarrollada y si la fábrica es la formadora de conciencia de clase del proletariado, es lógico que este tenga una conciencia política poco desarrollada. De aquí deducimos que las directivas que para nuestros países importa el Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista, tienen que ser diferentes, porque diferentes son las condiciones de cada región».[21] Se reitera la afirmación de las peculiaridades nacionales. La clase obrera peruana era joven y numéricamente reducida. Esto último obliga a prestar atención a otros sectores sociales igualmente explotados. El escaso número del proletariado industrial podría compensarse si se le unían los campesinos, los obreros agrícolas que laboraban en las plantaciones azucareras y algodoneras y los artesanos. La intervención de Portocarrero es casi la única, a lo largo de toda la Conferencia, en la que se hizo mención de los artesanos, personajes precisamente no secundarios en la América Latina de entonces. En el Perú, al interior de los grupos heterogéneos que formaban el artesanado, tenían cierto liderazgo los zapateros, los carpinteros, los sastres. Ellos fueron los protagonistas de las primeras luchas que convulsionaron a Lima con los inicios del siglo.

Para la definición de una clase, los socialistas peruanos asignaban una importancia decisiva al comportamiento, a la acción y a la historia anterior de los hombres que la conformaban: la praxis.

Es así que cuando Portocarrero y Pesce, en otro momento de la conferencia, reivindican el papel de los campesinos, lo hacen pensando en su condición de explotados pero también por la tradición de movimientos y sublevaciones acumulada en el país. Pero, como ocurría con los obreros, lo importante es buscar las peculiaridades de esos campesinos, que en el área andina nacían de una especial unión entre la condición de clase y la situación étnica, es decir, eran campesinos pero también indios: hombres que mantenían tercamente una cultura a pesar de la dominación colonial española y la persistencia de la feudalidad en la república. Pero si la cultura indígena había logrado permanecer con su lengua y sus costumbres, eso se debía a que las bases materiales de esa cultura seguían siendo consistentes.

Ni la conquista, ni la colonia, ni menos la república criolla habían podido destruir a la comunidad. Era a través de la comunidad indígena que se mantenían supérstites[22] rasgos y formas colectivistas heredadas del pasado prehispánico. Antes que se estableciera la civilización incaica, en el territorio andino se había estructurado un conjunto de grupos étnicos —como los llamaríamos ahora— bajo un régimen de «comunismo agrario», que no fue destruido por el Estado que fundaron los incas y que por encima de todo mostraría una gran impermeabilidad a los cambios posteriores y una resistencia a los embates procedentes de Europa e incluso, ya en los años más recientes, al capitalismo. Ese colectivismo comunal podía servir de base para el desarrollo del socialismo en el Perú. Esta era una tesis fundamental porque de allí se derivaba una imagen muy peculiar de la sociedad peruana: mientras que para la Internacional se le podía definir simplemente como una sociedad «semicolonial y feudal», para los socialistas peruanos se trataba de un mundo donde coexistían conflictivamente el naciente capitalismo, con el feudalismo heredado de la colonia y el comunismo agrario que daba vida a las grandes masas campesinas. Los rasgos colectivistas permitían que el campesinado pudiera escuchar y secundar la prédica socialista; es por esto que el término «proletariado» tenía una acepción más genérica —como ha reparado Robert Paris— para los socialistas peruanos, englobando en su interior a obreros y también a campesinos. Mariátegui, en «El informe sobre las razas»,[23] sostenía que «una conciencia revolucionaria indígena tardará quizá en formarse pero una vez que el indio haya hecho suya la idea socialista, la servirá con una disciplina, una tenacidad y una fuerza, en la que pocos proletarios de otros medios podrán aventajarlos».[24] Al incluir a los indígenas en el término proletariado se terminaba comprendiendo de una manera diferente la alianza entre obreros y campesinos. Desaparecía la imposición o la sobreposición de la clase obrera y en sustitución emergía una relación igualitaria: ambas clases eran revolucionarias, lucharían por el socialismo, harían el Perú nuevo. Otro tema de discrepancia con la Internacional donde resultaba que ni siquiera en el contenido asignado a los términos estaban de acuerdo.

Todo lo anterior hace comprensible que al momento de pensar en la alternativa necesaria para Latinoamérica, los socialistas peruanos y la Internacional optaran por caminos diferentes. Para la Internacional se trataba, como ya lo anotamos, de luchar por una revolución «democrático-burguesa»; para los peruanos la meta era, con absoluta claridad, una revolución socialista. A esa conclusión arribaron antes de la polémica con Haya y dada la necesidad de una oposición consecuente a Leguía. Teniendo en cuenta que el socialismo reivindicaba las viejas tradiciones nacionales, estaba llamado a solucionar tanto el problema del atraso y la miseria del Perú como a realizar un imprescindible arreglo de cuentas con la conquista española, para así dejar de ser una sociedad vencida y frustrada: vencida desde la implantación del colonialismo, frustrada por el fracaso de los proyectos anticoloniales durante la independencia. El socialismo, al liberarnos de esas taras del pasado, sería la herramienta indispensable para construir la nación.

Ocurre que en el razonamiento de Mariátegui, Pesce y Portocarrero, el Perú reunía los elementos de una nación, aunque todavía no lo era: la historia anterior, así como había dispuesto esos elementos, había también obstaculizado su confluencia y el país era apenas un proyecto de nación. Un problema y una posibilidad, parafraseando el título de un libro célebre.[25] Codovilla, repitiendo ciertos enfoques que procedían de textos estalinistas, contrapuso la tesis de las nacionalidades: en el Perú, como en Bolivia o el Paraguay, existían, al lado de una nacionalidad occidental y criolla dominante, otras nacionalidades subordinadas, principalmente los quechuas y los aymaras: el Perú era, como Rusia, una sociedad multinacional. Desde luego que en Codovilla persistía el razonamiento apriorístico. Solo en los delegados peruanos hubo una notable y característica referencia al pasado nacional como consecuencia de querer reposar una estrategia política en la historia del país.

En cierta manera todas estas discrepancias estaban llamadas a culminar en la cuestión del partido político, pero como allí también estaba uno de los pocos elementos de confluencia, esa cuestión central acabó siendo uno de los temas más confusos, oscuros y hasta enrevesados de toda la Conferencia.

Los socialistas peruanos necesitaban de la Internacional Comunista. Antes que ellos existieran para la Komintern, Mariátegui ya se había referido en sus conferencias en las Universidades Populares o en los artículos periodísticos que serían recopilados en La escena contemporánea (1925), a la Rusia soviética, Lenin y la nueva Internacional, mostrándose en franca discrepancia con los partidos socialdemócratas y el marxismo conservador revisado por los socialistas alemanes y austríacos. La revolución tenía un aspecto internacional.

No era evidentemente un rasgo exclusivo de las revoluciones proletarias porque había ocurrido anteriormente con las revoluciones burguesas y con la independencia norteamericana, pero la dimensión internacional del imperialismo acrecentaba en nuestra época ese aspecto continental y mundial del hecho revolucionario. Por eso es que Mariátegui aceptó la invitación a Buenos Aires y por eso es que Pesce y Portocarrero persistieron en la reunión. Incluso, y no sin cierta contradicción con sus afirmaciones nacionales, Mariátegui criticó a la II Internacional la «excesiva autonomía de sus secciones», porque «era imposible que este mecanismo no afectara a su coordinación y disciplina en materia internacional».[26] Sería necesario añadir que todavía eran admitidas las discrepancias al interior del movimiento comunista, pero es evidente que estas tenían ciertos límites. Luego de tantas diferencias en los enfoques, razonamientos y conclusiones sobre el imperialismo, las formaciones sociales latinoamericanas, el carácter de la revolución, las clases sociales, existía un tema donde si bien las discrepancias eran igualmente irreductibles, la persistencia en la Internacional y tal vez esa «disciplina» que obsesionaba a Mariátegui, exigía atenuar los puntos de vista y anular algunas aristas aunque fuera a riesgo de la coherencia: era la cuestión del partido. Pero en las intervenciones de Pesce y Portocarrero este recurso fue más inconsciente que previamente delineado, porque ocurría que sobre esa cuestión no existía una posición definida entre los socialistas peruanos. Exactamente no era un retraso en la discusión, ni un descuido del tema, sino que obedecía a la manera de encararlo: dado que el partido era el resultado del movimiento social, era imposible proponer desde el inicio un modelo destinado a ser ejecutado y aplicado. El partido se iba construyendo pacientemente, en la teoría y en la práctica, pero siempre en el interior del movimiento de masas. Este proceso fue interrumpido y a la vez acelerado, como veremos después, por la polémica con el aprismo. El camino era todavía más difícil y escabroso si se tiene en cuenta que de una manera espontánea se fueron alejando de las rutas conocidas y se internaron en lugares en ese entonces poco explorados: los terrenos de la nación y la conciencia de clase. Eran frecuentes las dudas, incertidumbres e incluso discrepancias entre los socialistas peruanos.

Los peruanos necesitaban ganar tiempo para aclarar sus ideas; tampoco querían derivar en un antagonismo total con la Internacional. Después de la experiencia con Haya de la Torre sabían que una polémica a veces puede desembocar en derroteros incontrolables; por otro lado, en ningún momento dejaron de pensar que las discrepancias con la Komintern no tenían el cariz antagónico que tuvo el enfrentamiento con el APRA. Estas consideraciones nos ayudan a comprender la cautela inicial y también las contradicciones de Pesce y Portocarrero en Buenos Aires. Debemos considerar, por último, que no necesariamente ellos compartían a plenitud las ideas de Mariátegui; por entonces múltiples fisuras comenzaban a escindir al socialismo peruano.

«Tomando en consideración —decía Julio Portocarrero— nuestra situación económica y nuestro nivel político, hemos creído conveniente constituir un partido socialista que abarque la gran masa del artesanado, campesinado pobre, obreros agrícolas, proletariado y algunos intelectuales honestos. Para constituir este partido, hemos considerado: primero, que es necesario que este se desarrolle sobre la base del proletariado».[27] Es aquí que, ante la necesidad de encontrar un puente con la Internacional Comunista, se esbozará la «tesis» de un núcleo comunista al interior de un partido socialista. En otras palabras: la perspectiva comunista a largo plazo pero, dadas las condiciones de la sociedad peruana, la posible represión y la escasa madurez del proletariado, en lo inmediato una agrupación socialista. El aparente reformismo inicial permitiría proteger y auspiciar el asentamiento del germen revolucionario conservado en su interior. La célula secreta, el núcleo central, los fundadores se definirían como comunistas, completamente acordes con la Internacional, pero esto no sería exigible al conjunto de los miembros. Esta tesis, apenas sugerida por Julio Portocarrero en Buenos Aires, ha sido tiempo después presentada como la interpretación oficial del mariateguismo: permite reducir las discrepancias con la Internacional a un problema táctico, solo una cuestión de nombres o etapas. También la ha recogido Patricio Ricketts, en sugerentes artículos dedicados a estudiar el pensamiento de Mariátegui, al proponer la imagen de las «matrushkas» de Mariátegui: ese juego ruso donde una muñeca grande mantiene en su interior a otra de inferior tamaño evocaría la imagen perfecta del partido concebido y delineado por Mariátegui.[28] Pero los recuerdos de Portocarrero, Larrea y Navarro Madrid desmienten esta figura.

El mayor inconveniente que tiene el modelo del partido bifronte es que cuestiona la democracia interna porque, si la mayoría ignora la existencia de esa célula, quiere decir que la mayoría ignora también hacia dónde se enrumba la organización y se trata, por lo tanto, de una refinada o burda —según como se le interprete— manipulación, que evidentemente entra en contradicción con esa idea de la política confundida con la verdad que Mariátegui sostenía. ¿Una contradicción? En este caso no existe, porque tampoco existió ese juego de «matrushkas». Fue un recurso de Portocarrero, casi improvisado en el lugar mismo de la Conferencia, para atenuar las aristas y las discrepancias pero que no pasó inadvertido. En efecto, ¿qué pasaría en el Partido Socialista si los reformistas mantenían su predominio y los comunistas no alcanzaban la hegemonía? Portocarrero, criado al interior de una tradición sindical democrática, no pudo sino responder que en ese caso «habremos hecho que el proletariado haya dado un paso en su evolución y educación política»,[29] con lo que se volvía al razonamiento de un trabajo paciente, en el interior de las masas, de lenta formación de una conciencia de clase, incompatible con las apremiantes necesidades de la Internacional.

Uno de los menos convencidos por la argumentación de Portocarrero fue Peters;[30] «Nuestros camaradas del Perú proponen la creación de un “partido socialista” y argumentan diciendo que este partido no será más que la máscara legal del Partido Comunista, pero los mismos camaradas del Perú se refutan, cuando nos dicen que ese partido socialista tendrá una composición social amplia, que será formado por obreros, campesinos, pequeños burgueses, etc. En suma, no se trata de “una máscara legal”, sino de otro partido político más “accesible”, como dicen los mismos camaradas peruanos».[31]

La Internacional exigía partidos monolíticos, obreros, disciplinados; los peruanos pensaban en un partido de masas: dos perspectivas diferentes, pero admitirlo, dado el carácter fundamental de la cuestión, significaba colocarse al borde de la ruptura, en torno a un tema sobre el cual los delegados peruanos no tenían en esos momentos la misma claridad que al abordar la cuestión del imperialismo o las clases sociales. Era materia de intensos debates en los grupos de Lima, provincias y también en los círculos de exiliados peruanos establecidos en París, México o La Paz. Es de presumir que al intervenir en la Conferencia tanto Portocarrero como Pesce se plantearan una pregunta de imposible respuesta en esos momentos: ¿era posible persistir en la revolución fuera de la Internacional? ¿Se podía luchar por el socialismo sin ser comunista? ¿Un revolucionario podía oponerse a la Komintern?

Partido Socialista o Partido Comunista: no era solo una cuestión de nombre, pero también era un problema de nomenclatura. Mariátegui sabía que una de las veintiuna condiciones impuestas por Lenin para el ingreso a la III Internacional era abolir el nombre socialista (identificado con reformismo y claudicación frente a la burguesía) para reemplazarlo por el de comunista, sin ocultarlo, en voz alta y clara. El tema se planteó con nitidez en la fundación del Partido Comunista de Italia, en cuyo órgano periodístico oficial se propalaron las veintiuna condiciones; es innecesario añadir que nunca fueron publicadas en Amauta. Pero ni Codovilla, ni Humbert-Droz, ni González Alberdi[32] podían pasar por alto la cuestión del nombre. Una vez más, Codovilla lo acabó diciendo sin ambages y de manera categórica: el nombre socialista «significa la traición a los intereses proletarios y la capitulación ante la burguesía».[33] Sería difícil ser más claro.

A pesar de todos los ataques y reparos, del aislamiento y las críticas persistentes, Codovilla esperaba que los peruanos terminaran por rectificarse.

Pudieron alentar esta esperanza la incertidumbre y las dudas que mostraron en el debate sobre el partido. Pero un cambio de línea significaba también una reorganización de los dirigentes y si se trataba de insuflar el espíritu obrero en la nueva organización, no podía continuar como dirigente un intelectual pequeño burgués —traidor en potencia—, como era José Carlos Mariátegui. Tampoco, claro está, se trataba de propiciar una condena pública porque el prestigio de Mariátegui podría acarrear algunos perjuicios inocultables al nuevo partido. Entonces acabó optando por el camino sinuoso de la conspiración y la maniobra detrás del escenario: le propuso a Portocarrero, dejando al margen todas las discrepancias, que asumiera la dirección del grupo despojando de su condición a Mariátegui. Julio Portocarrero se negó rotundamente.[34] El hombre de recambio tenía que ser alguien formado fuera del Perú, lejos de Mariátegui, con una contextura marxista tan sólida como próxima a la Internacional: Eudocio Ravines.

Al terminar la Conferencia Comunista de Buenos Aires, apenas se había planteado un debate político que seguiría por el camino de las ideas y también forzosamente por el de las maniobras y la lucha por el poder. Desde la manera de hablar o razonar eran visibles las diferencias entre la delegación peruana y los otros asistentes a Buenos Aires. Exagerando la figura, podríamos decir que mientras los otros delegados desde el comunismo querían aproximarse a la realidad latinoamericana, en el caso de Portocarrero, Pesce o Mariátegui era a la inversa: desde el Perú llegaban al comunismo; de ahí que aspiraran a realizar algo diferente, un nuevo tipo de partido.

De las muchas cuestiones en discrepancia hay tres que terminan por definir el perfil de los delegados peruanos: el afán por engarzarse en el interior de la tradición histórica andina, el rol relevante asignado a los intelectuales y la solución que estaban dando (era un proceso) al problema del partido. A discutir estos temas se dedican los tres capítulos siguientes: en ellos tendremos que referirnos a los antecedentes de la Conferencia y recién después estaremos en condiciones de presentar las repercusiones del debate iniciado en Buenos Aires al interior del socialismo peruano, tema del capítulo final.

  1. ↑ Luis Alberto Sánchez, Raúl Haya de la Torre o el político. Crónica de una vida sin tregua, Santiago de Chile, Ercilla, 1934 [MM].
  2. ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Samuel Glusberg, 10 de enero de 1928, Archivo José Carlos Mariátegui.
  3. ↑ El quincenario Labor, concebido para ofrecer información y debates relacionados con la situación de la clase obrera, fue fundado por Mariátegui en noviembre de 1928 [CA].
  4. ↑ Jorge Basadre, La vida y la historia, Lima, Fondo del Libro del Banco Industrial, 1975, p. 218. Basadre también fue detenido. La Correspondencia Sudamericana, Buenos Aires, 29, 15 de agosto de 1927 (carta de Mariátegui). Entrevista a César Miró (1º de junio de 1980).
  5. ↑ Variedades, Lima, año XXIII, 1006, 11 de junio de 1927. Según Ricardo Martínez de la Torre, el término «comunistas criollos» —popularizado años después por Seoane y los apristas— fue acuñado por Leguía.
  6. ↑ La casa de Mariátegui estaba ubicada en la calle Washington, sector de la izquierda. Las expresiones «la calle Washington» o, más comúnmente, «Washington izquierda», usadas en este libro, remiten al domicilio de Mariátegui [CA].
  7. ↑ Carta de Mariátegui a La Prensa, Lima, 10 de junio de 1927, reproducida en Ricardo Martínez de la Torre, Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú, 4 tomos, Lima, Empresa Editora Peruana, 1947-1949, t. II, p. 274.
  8. ↑ Carta de José Carlos Mariátegui a Samuel Glusberg, Archivo José Carlos Mariátegui; entrevista a Javier Mariátegui (12 de abril de 1980).
  9. ↑ Entrevista a Julio Portocarrero (29 de mayo de 1980).
  10. ↑ Entrevista a Julio Portocarrero (22 de mayo de 1980). Posteriormente, en una conferencia dictada por Julio Portocarrero en la Universidad Católica de Lima (17 de julio de 1980), expuso una versión diferente, según la cual el encuentro con Mariátegui se habría producido tiempo después de su regreso de Moscú y lo que conversaron se habría borrado de su memoria. Pero, como observó después de dicha conferencia Lino Larrea, resulta poco verosímil que, dada la importancia del viaje a Moscú, Mariátegui y Portocarrero no se reunieran tan pronto este regresó. De manera que la primera versión —espontánea— nos parece más fidedigna.
  11. ↑ Hubo otros temas en debate que omitimos reseñar, como por ejemplo la discrepancia con Codovilla acerca del acuerdo para enviar a Cuba a Julio Antonio Mella, pero la oposición no sería suficiente y el dirigente comunista debió partir. En México sería asesinado por Machado; previendo este desenlace, dados los antecedentes de Machado y lo conocido que era Mella, Portocarrero se había opuesto a que viajase a Latinoamérica.
  12. ↑ Ricardo Martínez de la Torre fue un cercano colaborador de Mariátegui. A la muerte de este asumió la dirección de Amauta, pero solo alcanzó a publicar tres números [CA].
  13. ↑ SSIC, El movimiento revolucionario latinoamericano, ed. cit., p. 30.
  14. ↑ Ídem (el énfasis es nuestro).
  15. ↑ Ibídem, p. 52.
  16. ↑ Ídem.
  17. ↑ SSIC, El movimiento revolucionario latinoamericano, ed. cit., p. 70.
  18. ↑ La primera edición del clásico libro de Mariátegui apareció en Lima, en 1928, publicada por Editorial Minerva como parte de su Biblioteca Amauta [CA].
  19. ↑ Ricardo Martínez de la Torre, El movimiento obrero en 1919. Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú, Lima, Ediciones Amauta, 1928 [MM].
  20. ↑ Fue gracias a Lugones, de hecho, que Samuel Glusberg leyó a Mariátegui y a partir de allí se inició su intenso intercambio epistolar. Mariátegui también tuvo expresiones de admiración por Lugones, a pesar de sus radicales diferencias ideológicas. En carta a Glusberg del 30 de abril de 1927 Mariátegui escribió: «En Lugones he admirado siempre al artista, al pensador que se expresa sin equívoco y sin oportunismo. Ideológicamente estamos en campos adversos […] siempre es una ventaja encontrarse con adversarios de su estatura». Reproducida en Mariátegui total, ed. cit., t. II, p. 1853 [CA].
  21. ↑ SSIC, El movimiento revolucionario latinoamericano, ed. cit., p. 153.
  22. ↑ Del lat. superstes, -stĭtis. adj. Der. Que sobrevive. (Diccionario de la RAE)
  23. ↑ Flores Galindo se refiere al documento titulado «El problema de las razas en la América Latina», en Ibídem, pp. 261-291 [CA].
  24. ↑ Ibídem, p. 290.
  25. ↑ Jorge Basadre, Perú: problema y posibilidad, Lima, Librería Francesa Científica y Casa Editorial E. Rosay, 1931 [MM]
  26. ↑ José Carlos Mariátegui, 25 años de sucesos extranjeros, Lima, Ediciones Palabra en Defensa de la Cultura, 1945, p. 11 (Variedades, Lima, año XXV, 1096, 6 de marzo de 1929).
  27. ↑ SSIC, El movimiento revolucionario latinoamericano, ed. cit. p. 154.
  28. ↑ Patricio Ricketts, «La bigamia política de Mariátegui», en Correo, Lima, 3 de agosto de 1974, p. 13. El tema fue retomado en Realidad, Lima, Nos. 8 y 9, octubre-noviembre de 1979. Ricketts argumenta la tesis de los «dos partidos» citando lo que sería el programa máximo y el programa mínimo del P. S. De otro lado, considera con acierto que era una organización apenas en sus inicios, sin una estructuración definida.
  29. ↑ Martínez de la Torre, Apuntes para una interpretación marxista de historia social del Perú, ed. cit., t. II, p. 420 [CA].
  30. ↑ «Peters» era el seudónimo del ruso Zacharij Mijailovich Rabinovich, delegado de la Internacional Juvenil Comunista, también identificado como «Pierre». Ver Lazar Jeifets y Víctor Jeifets, América Latina en la Internacional Comunista (1919-1943). Diccionario Biográfico, 3ª edición, Buenos Aires, CLACSO, 2017, p. 571 [CA].
  31. ↑ SSIC, El movimiento revolucionario latinoamericano, ed. cit., p. 162.
  32. ↑ Paulino González Alberdi (1903-1989) fue un destacado miembro del Partido Comunista Argentino. Según el Diccionario Biográfico antes citado, fue propuesto por el Secretariado Sudamericano de la Komintern para ir al Perú a «luchar contra el grupo “Amauta” sobre la cuestión del partido de clase y de los indígenas y para coordinar la actividad de los grupos comunistas de Bolivia y Ecuador». De hecho, a la muerte de Mariátegui, viajó a Lima para apoyar la reestructuración del partido. Ver Lazar Jeifets y Víctor Jeifets, América Latina en la Internacional Comunista, ed. cit., pp. 203, 290 [CA].
  33. ↑ SSIC, El movimiento revolucionario latinoamericano, ed. cit., p. 189. Énfasis original.
  34. ↑ Entrevista a Julio Portocarrero (9 de junio de 1980).